miércoles, 21 de noviembre de 2007

En el dosmilcincuentaisiete...

- Abuelo, enséñame el álbum otra vez. ¡Enséñamelo!.

- Anda, ven aquí, vamos a verlo, no te cansas nunca, me recuerdas a tu bisabuelo.

- ¿A qué bisabuelo?.

- Tienes razón, más que a uno de ellos, me recuerdas a ambos. ¿Sabes una cosa? Tanto mi padre como el padre de tu abuela, eran dos grandes hombres. Tenaces, testarudos, trabajadores y muy constantes. Cuando enganchaban una cantinela no había manera de convencerlos. Tu madre también es así. Será porque pasó su infancia de casa en casa, fue muy disfrutada por todos y hasta su bisabuela que es tu tatarabuela tuvo la dicha de vivir sus gracietas y trastadas. ¡Que tiempos! Esta fotografía es del día de mi boda. Ahí los tienes a todos. Qué día más especial. Mira tu abuela que guapa iba.

-¿Y cómo se llamaban, abuelo?.

-Por parte de tu abuela. Este que va con el uniforme es tu bisabuelo Antonio Rivero. Era marino y muy sevillista. Este, era mi padre. Un tío de los de una vez, íntegro, bético, como todos nosotros, todo lo que soy se lo debo a él, se llamaba Miguel Navarro...Y estas dos son tus bisabuelas Maria de la Luz Barrera y Pilar Onorato, ¡qué grandes señoras! La de la mantilla era mi madre y se abrazan mientras sonríen. ¡Qué bien estuvimos!. ¿Sabes? Antes del casamiento el más nervioso era yo y entre ambas fueron capaces de calmarme porque tenían una habilidad especial para abrirte los ojos y hacerte comprender. ¡Cómo me acuerdo de las dos!.

-Abuelo, y...

-Deja, otro día seguimos. Vamos adentro, que va a empezar el partido y todos los días no juega el Betis la final de la Intercontinental.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Lo que hay que aguantar

Sucede que, a veces, las personas más cercanas son las que -no seré quien dude de la intención- más daño pueden llegar a hacerte: bien por un excesivo celo protector, bien por una dejadez alarmante. Sucede que, a veces, la actitud de esos allegados puede llegar a hacer un mal de consecuencias imprevisibles y sucede, también, que lo mismo esa enfermedad no presenta síntomas visibles a primera mirada porque el afectado es celoso de su intimidad o, porque no es, principalmente, el destinatario sino una víctima colateral.
En las relaciones interpersonales, es habitual que diferentes personalidades coexistan porque los caracteres se corresponden a tipos muy definidos. Un poné: quien se cree el centro de atención, quien pretende pasar de puntillas por la vida, los prepotentes, los humildes, los envidiosos, los vanidosos, los acomplejados... y así, un millón más. Todo carácter tiene un antagónico.
Colocar en el escaparate fastuoso que es la convivencia a todos los títeres y darles cuerda para que no se enreden es un trabajo de arquitectura divina. Los roces, las divergencias, son más humanos y, contra estos, sólo queda una solución, tomar medidas bien para que no se repitan bien para terminar con ellos, eso sí, estas tienen que ser válidas para todas las partes porque no son de recibo los agravios. En determinados casos, en el teatrillo del mundo, ciertos actores piensan que los nuevos tienen que pagar un peaje de servidumbre para ser aceptados, pidiéndoles mansedumbre y sumisión. Sucede -es mi caso- que hay quien es más remiso y entonces viene el lío pues comienza un duelo en el que cada parte defiende lo suyo. No es lícito pensar que todo vale. Hay ciertas reglas básicas que cuando se está tan preparado como algunos a sí mismos se consideran, hay que acatar y no es ético, ni honrado, ni decente pretender tomar como rehenes, para vencer, a terceras personas y usarlas como escudo protector para llegado el caso condicionar su papel en la obra que representamos todos como colectivo.
Por eso, aviso a navegantes, este personaje visto como bufón por algunas y, claramente, protagonista de este acto, no va a tener un pulso tembloroso de ahora en adelante. Se terminaron los preámbulos y si hay que morir matando -rico refranero el hispano- se hará porque como dijo el célebre Martín Fierro: Soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno...y ya va bonito de tocarle los cojones a uno. ¿Comprendido?.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Que es aquello

Postrado en una cama, convaleciente de una enfermedad, aislado en el retiro tranquilo de lo que entonces no eran más que una minúscula colección de casas apiladas, unas junto a otras, para dar forma a una hilera de calles de las cuales, algunas iban a morir a una alegre plaza donde amanecía oliendo a aceite de calentitos, las más a una larga avenida que dividía en dos la población y, la totalidad, al olivar circundante, el Maestro, esperaba ansioso lo que algunos días atrás le había llamado la atención para, anochecida a anochecida, irsele metiendo en la sesera. Un soniquete, un estribillo, le tenía vivamente cautivado. Primero se concentró en conocer de donde procedían los ritmos, quienes eran los cantores y que instrumentos eran capaces de producir tan bella sinfonía. Reconocía, a lo lejos, las voces de un coro que, en la ensoñación de una fiebre que le atacaba con especial virulencia al atardecer, se le antojaba enormemente conjuntado. Había deducido que lo conformarían, exclusivamente, hombres y tenía la certeza de que las edades eran dispares por las diferentes tonalidades de las voces, la especial gravedad de algunas y la fina agudeza de otras.
Era todo cuanto tenía, eso y una curiosidad que no lo dejaba concentrarse en otra cosa que no fuera el reloj de cuco que, en la sala, le cantaba el lento discurrir de unas horas que sólo alegraban esos momentos, tan esperados, de un Noviembre que marchitaba las hojas de un desgastado almanaque. Decidió que de esa madrugada no pasaría y llamó a la sirvienta. La mandó primero arreglar su cuarto y arrimar, lo más posible, el catre a la ventana. Luego, tendría que ir a la misa de las siete con un único cometido: atraer a la calle llamada Convento, donde moraba, a esos gentiles puesto que, ella misma le había contado que de allí partía la comitiva. Todo se dispuso como ordenó y así se consumieron los gozosos instantes previos al primer encuentro, cara a cara, con una idea que en su alma de músico ya llevaba el bendito germen de lo que, posteriormente, terminó siendo. No serían ni las nueve cuando la luna, llena por más señas, puso luz a la fina blandura que caía sobre las cabezas de aquellos niños y padres. Tintinearon las metálicas chapas enhebradas en un alambre que la periciosa mano de aquel labriego movía con un estilo muy peculiar, una alpargata golpeó un cántaro, el triángulo sonó y aquel cante, castillejano por más saber, rompió la negrura que sólo un quinqué alumbraba desde una mesita de noche... "Que es aquello que tanto reluce en lo alto de un cerro que tan bello está". Así nació la célebre marcha Pasan los campanilleros, el regalo que todo un pueblo hizo a la Semana Santa sevillana y que el maestro Farfán tan bien supo llevar al pentagrama, durante su estancia en nuestra población. Un cante que en las noches de Otoño del mes de los muertos recorre las arterias de una vecindad, que no deja de asombrarse ante lo sencillo y armónico de una manera tan especial de rezar.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Blas Infante

Días atrás y, cito textualmente, "amparándose en el ejercicio de la libertad de expresión para opinar frente a particularismos etnicistas que imponen una ley de terror asfixiante" sucedió lo de siempre. Con la excusa de atacar a esos nacionalismos que -dicen- están desmembrando el Estado, rompieron la cuerda por el lado más débil. Con total impunidad y ese odio a lo que no entienden como suyo y que, por tanto, es digno de desprecio, porque no tiene prestigio y se lo quita al conjunto, porque no tiene clase, porque es, en garbanzos y chícharos, andaluz. Vidal-Quadras, omito su nombre porque lo que ha dicho no lo tiene tampoco, un casposo, un inútil, un gilipollas (si no lo escribo reviento), un Eurodiputado del Partido Popular, se descolgó y, no precisamente, de la cuerda donde lo haría a estas horas si lo hubiese dicho de Sabino Arana o de Tarradellas, afirmando que, Blas Infante, Padre de nuestra Patria , era "cretino, extremista, independentista, estrafalario, un personaje grotesco". Repitió durante dos semanas consecutivas la misma cantinela pese a ofrecérsele una salida airosa en forma de rectificación. Lo argumentó con anécdotas y glosó sus fracasos para ser Diputado. Se divirtió riéndose de nuestra inventada e imaginaria Historia, de esa burda manipulación. Claro, se comió que a este prohombre que era Notario (ahí es nada), le dieron el paseillo (si son, como yo, catetos, entenderán la expresión) unos coleguitas suyos de Falange en Agosto del 36... Y se quedó tan ancho. Así que, ahora, en ejercicio de mi libertad de expresión, de la mía, sólo te voy a decir una cosita. Breve, que no tengo todo el día para entretenerme con tipejos como tú, con chupasangres sin oficio conocido salvo vivir de esa cosa llamada política que sirve para recojer (más jerga de pueblo) a mentecatos: Blas Infante era un idealista, un señor que murió agarrado a una bandera que sentía como suya, a unos pensamientos integradores, a un sueño al que puso letra, música y hasta colores, pero, mira tú que diferencia más tonta, pensando que eramos parte de un todo llamado España (me permito recordar su Himno), fue esposo, padre, consuelo y justicia para los necesitados, honrado a carta cabal y, todo esto, arriesgando su patrimonio. A ver si dentro de setenta años pueden decir, para que se te entere la familia que te quede como tu has hecho con la de este ser humano, lo mismo de ti, espabilado.

domingo, 4 de noviembre de 2007

La bodega

Sigues ahí, muda testiga del correr de los años y las modas, del discurrir de la vida. Desde mil ochocientos cincuenta y cinco, desde antes que el negro asfalto todo lo tomara, desde días en que caballo y hombre eran -mítico centauro- uno solo. Poseedora de mil secretos, mil historias, mil vivencias, mil tertulias. Templo de las raciones pequeñas de chacina fresca, en esa vajilla de La Cartuja que es un papelón de estraza para la gente sencilla, que no corriente. Paraíso del bollo mordido a pellizcos. Tan frágil y tan fuerte, erguida en unos cuantos arcos, sujeta a unos nerviosos cimientos, mirando pasar el mundo en tu rinconcito de La Pañoleta mientras dentro, se asoleraban los vermús, la mistela, el mosto, esencia que se fue, dejando un poso de sentimientos encontrados, desde la admiración por ese saber envejecer, al odio por no ser capaz de sujetar esas maneras tan irrepetibles que ya murieron.
Ayer, mientras te contemplaba desde el curioso observatorio que es el volante de un autobús, te noté triste, ensimismada en unos negros temores, temblorosa y empequeñecida ante un oscuro presagio porque tu espalda, ya no la protege del crudo invierno mas que la nada, eres islote de lo viejo entre futuras construcciones nuevas. Y yo me pregunto si es el sino de los tiempos que lo que es clásico lo determinen en las concejalías de urbanismo, quien es nadie para matar el alma de pueblos y ciudades, donde va a parar la amenaza de muerte para lugares tan nuestros como la Bodega San Rafael.
Aún crujen las cascaras de avellana en el adoquín de tu suelo, aun chirría el gozne tenebroso de tu portalón cerrando, aún es pronto para llorar por tu partida, esa que -Dios quiera- no tengan que ver estos ojos que se comerá la bendita tierra de ese Aljarafe, que cuando terminen con él no lo va a conocer ni la madre que lo parió.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Halloween

No me gusta Halloween. No me gusta porque no soy americano, norteamericano para ser más preciso. No me gusta porque mi manera de entender el mundo y la vida, me indican que me meten, con calzador, una tradición que no tiene nada que ver con nosotros. No me gusta porque para ser más moderno no hay que perder las señas que nos hicieron, colectivamente hablando, ser lo que somos expresándonos en términos de identidad nacional. No me gusta porque, en esa fecha, había, hay, otra fiesta muchísimo más ibérica. No me gusta porque disfrazarse es más de febrero, más de Carnaval. No me gusta porque me parece ridículo. No me gusta porque noviembre, en mi subconsciente, es una escalera que sujeta a una enlutada dama que encala una tumba, mientras le cuenta a la lápida como le va la vida a los que quedaron fuera. No me gusta porque no es lo que nos enseñaron nuestros mayores con lágrimas a punto de caer por las mejillas. No me gusta porque no hay nada más respetuoso que llegar con un manojo de claveles a la puerta de un cementerio, ese mismo ramo que marchitará y volverá a brotar frente a una cara sin vida en una fotografía en blanco y negro, frente a un blanco mármol, frente a unas letras de acero, frente a un difunto que no se merece que en torno a su recuerdo se haya montado una mascarada.