viernes, 29 de junio de 2007

La estrella miguelín

Si hay algo que me molesta, especialmente, es que me digan que tengo que hacer y donde tengo que hacerlo y más si de lo que estamos hablando es de comer. Temas gastronómicos los denominan los entendidos como si entendidos no fuesemos todos dado que, si no estoy mal informado, la nutrición es una necesidad de todos los seres vivos. A lo que vamos. Resulta que ahora algo de lo más "in" es calificar los restaurantes según parametros de categoría. ¿Y cuales son esos parametros, si puede saberse? Pues parece ser que los que determine tal o cual crítico que trabaje para esta o aquella guía. Y ya, en el colmo de lo retorcido, hasta estos catálogos están, a su vez, clasificados según su rango. Por todo ello, no es de extrañar, que si para la publicación tal el local cual tiene una estrella, dos cuchillos, tres tenedores o cuatro cucharas que así de estúpidas son las formas en que se numeran los méritos, para el club goúrmet X esta no tiene sentido y en la visita juzgan con más o menos mérito. Alucinante. Lo mejor viene cuando te enteras de que se exige para tener más o menos caché. Miran decoración, accesos, aparcamientos, ubicación, servicio, carta de vinos y, finalmente, la originalidad de la carta así como la presentación de los platos de comida y de las bebidas (vamos vajilla y cristaleria).Lo que tienen todos y cada uno hace según gusto y posibilidades. El precio, explican, lo puntúan según la relación calidad-precio. Total ,si el Ayuntamiento de la localidad donde se ubique el sitio tuvo a bien conceder licencia de apertura a un establecimiento, en función de unos accesos que autorizó un técnico municipal que en la mayoría de los casos, es, mínimo aparejador, siendo el marco legal vigente de aquel tiempo el sustento de tal decisión y llega el gurú de turno y no cabe por la puerta, porque tiene un culo como la parte de atrás de un Land Rover de tanto comer todos los días en bares, puedes haber perdido unos puntos que son como los de la Liga de fútbol, difïcilmente recuperables. Y si te ha dado por decorar el local con muebles clásicos de estilo isabelino y el entendido es fan del minimalismo, ¡hala! a hacer puñetas otros cuantos. Y si tu casa se llama, un poné -como se dice en mi maravillosomundo- Casa Pepe y está ubicada en un pueblo empinado a más no poder con el aparcamiento abajo y la entrada arriba y el susodicho llega con dos metros de lengua pues nada, vete despidiendo que no tendras ni una misera navaja de catalogación. Más. Y si guisa como los ángeles tu cocinero/a (no se me vayan a enfadar las asociaciones reivindicativas de supresión del género neutro) pero, con la prisa del trabajo en la cocina, no le ha dado lugar de quitar el borde salsero que en los platos, del vaivén de llevarlos a la mesa, queda. ¡Zas!. En esas estamos y es tan difícil, no ya que te den el mérito, sino mantenerlo ante los caprichosos jueces que se mueven por modas cambiantes, que vemos el nacimiento de templos que duran lo que un euro en el mostrador de un banco.Y a mi, me van a perdonar, todas esas excusas me suenan a una manera barroca de disfrazar una verdad cual es que, económicamente, el prestigio es comprable pero la aceptación no y así queremos influir en la elección del cliente y todo ello, ni de lejos, para dejarlos satisfechos. En fin, propongo que olvidemos las modas y seamos más autónomos e independientes y guiemos nuestro apetito a la senda donde nos traten bien, nos cobren lo razonable y comamos a gusto. Esta es mi vara de medir y aviso a todos los restauradores: Quien logre que pase un buen rato a mesa y mantel, tendrá la que desde ahora bautizo como Estrella Miguelín.