domingo, 5 de agosto de 2007

Silencio

Se lo ha dicho Diego, el de los Hermanos Reyes, a Calichi, Camarón de la Isla, que pasaba por allí, a Paco Toronjo y este a Antonio Mairena. El rumor tiene alborotá a media gloria. Cantiñean la Paquera de Jerez y su paisana, Lola Flores, con Manolo Caracol y el Pescailla. Rocio Jurado, que está escuchando y no da con su compadre Juanito Valderrama para que lo confirme, le dice a Estrellita Castro que le haga el favor de decirle a doña Concha Píquer -que usted sabe que no andamos bien las dos- que le pregunte a Antonio Machín si es cierto que llega. Bulería, tango, fandango, sevillana, alegría, soleá, martinete, copla, todos buscan a su hermana, que está rodeada de ángeles que la consuelan. Una madre, Carmelita, a la que acompaña el Tiquitá viejo, mira, por entre las nubes, a esa Plaza de Santiago donde hasta los naranjos callan tristes, mientras Leopoldito busca esa enorme llave -que abajo abría una carnicería y aquí menea el cerrojo de la cancela del cielo- para tenerla a mano, y, así, cuando llegue Rogelio, el chófer, con el taxi al que esta tarde le ha mirado el aceite Tortosa, el del taller, y Valencia de acompañante con él, estar preparados. Don Andrés Gaviño le ha encargado a Inés Rosales que prepare la merienda. Cortadillos, bizcochadas, polvorón y tortas de aceite con café de Abelardo. Simón, el del vino, a Joselito, el de los langostinos, por si se alarga. Don Rufino de los Reyes le ha mandado recado a don Rafael Bellido, el cura, para que tenga listo el recibimiento y lo ha apuntado en la libreta donde los tiene censados por orden de llegada...Y San Pedro, atónito ante tanta revolución, ha tenido que subir desde la portería a pedir silencio. Silencio, dicen que le dijo la chatita, ¿cómo el que se hacía el Viernes Santo cuando salía el Señor?. Sí, dicen que repuso este, silencio que acaba de llegar Luis Cabrera y viene cantando saetas.