lunes, 13 de agosto de 2007

Atardecer en Don Lorenzo

Ahora que tanto se habla de la vuelta a lo auténtico. Ahora que tanto se pregonan las bondades de la vida sana, del contacto con la Naturaleza, de vivir con los valores de antaño. Ahora, precisamente ahora, conviene recordar que hay regiones que nunca, NUNCA, abandonaron esa senda. Nuestros vecinos de maravillosomundo, sin ir más lejos, los de la azotea y eso, porque son gentes apegadas a sus ancestrales costumbres. Costumbres heredadas por vía genética. Costumbres que les hacen ser genuinos y fácilmente reconocibles. Costumbres recibidas con mimo de sus mayores. Mi abuelo, al que desgraciadamente tan poco tiempo tuve, era de allí, pacense por más señas de Segura de León, como mi abuela, como la mitad de mi sangre y, si es verdad que en el mestizaje está la riqueza, soy rico y no porque mezcle mi corazón Andalucía y Extremadura (que también), sino porque he sabido interpretar la voz de la dehesa, del campo, de ese inmenso trozo de Iberia que sigue siendo fiel a sí mismo, algo tan ajeno a nuestros días. Puede que por eso me encuentre tan inmensamente dichoso entre estos benditos catetos.
Tengo constancia del momento exacto en que sucedió. Estrenaba coche (y digo lo de estrenar si obviamos el importante detalle de que el vehículo en cuestión tenía dieciocho años) y para disfrutar un poco del artefacto, cafetera o molano (que con este extraño nombre conocemos en casa los chismes más propios para desguace que para circular) programamos una excursión a las raíces familiares. Padre, Madre y el firmante (después fuímos muchísimos más de los que tenemos mi segundo apellido). Allí, en ese concentrado habitáculo, recordando vivencias a lo largo de la corta hora y cuarto que duró el viaje, mientras caía desde la Cuesta de la Media Fanega a El Ronquillo en dirección, primero a Santa Olalla, luego Cala, Arroyomolinos, todo derechito por la carretera a Fregenal, pero sin llegar, que antes te para un Cristo abrazado a una Reja, allí, me reitero, sucedió. Gané una tierra como los Templarios de Tentudía, recuperé fantasmas de mi infancia, unos que habían marchado a buscarse, como tantos de ese lugar, los chícharos, andando sin mirar atrás, a conquistar otros amaneceres con un único patrimonio, sus manos. Allí, contemplando mientras tiritaba de frío, absorto por la sencilla belleza, la pétrea muralla de un Castillo que rasgaba el horizonte, entendí que mi alma también era segureña, y allí también, recibí el único legado que mis difuntos abuelos dejaron para sus nietos y que, por el momento que se sepa, sólo he recogido yo, la llamada de la tierra. Abuelo, Abuela, Tía Carmen, Tías abuela Isabel y Francisca, únicos Barrera con la dicha de ser nacidos donde tantos Conquistadores, este humilde juntaletras os escucha alto y claro, mirando el hermano Castillo de Medellín, desde este tibio estío de la Dehesa Don Lorenzo, Don Benito al fondo, el Sol perdiéndose entre las aguas del arroyuelo, justo ahora que atardece, seguid hablando donde quiera que estéis, seguid mirando por todos nosotros, decirle al viento que seguiremos luchando, como nos enseñasteis, por más que nos sople en la cara, por más que nos intente alejar de nuestra cuna, porque somos, ahí es nada, EXTREMEÑOS.