sábado, 8 de septiembre de 2007

El nudo gordo

Varón blanco, nacido o residente en Sevilla, complexión variable, estatura y peso sin definir, cristiano no practicante, conservador moderado, políticamente correcto y poco dado a expresiones folclóricas, a no ser que el componente etílico le haga perder esas formas que tanto cuida y sin las que no es nadie, vestido de primeras y caras marcas, siempre presente en actos de crónica social, de vida de Hermandad, de caseta clásica y postinera, siempre de traje y este, invariablemente, gris, negro o azul y, como colofón, en el mejor de los casos, hecha a medida con las iniciales bordadas, con una corbata ni clara ni oscura, ni moderna ni antigua, una corbata con estilo, claro está y que cierra hasta el último botón, una camisa que abrocha con un nudo gordo, gordísimo, como su ego, el ego de sevillanito recalcitrante, el ego de una ciudad ombliguista y trasnochada, una ciudad donde no eres nadie si no eres así, una ciudad que se ha quedado parada mirando un reló que no avanza hacia el progreso porque nadie le da cuerda al impedirle el protocolo remangarse, una ciudad que me duele, porque es la mía, pero que ha sido adelantada porque mientras aquí estamos encantados de conocernos en otros lares no se conforman y quieren siempre más. Que pena de tanta preparación empleada en nada porque quienes la tienen prefieren abrazar al becerro de oro y subirse al carro de lo pre-establecido. Que pena de nudo gordo, el nudo gordo de una corbata que es soga de la que los demás, riendo divertidos, tiran mientras nos ahorcamos en un patíbulo, de ornamentada madera de caoba, eso sí.