sábado, 22 de septiembre de 2007

Paco y Starbucks

Dicen que antes los catetos -curioso término- íbamos a las ciudades o al médico o a comprar a El Corte Inglés y que, en torno a este acto mitad social mitad necesidad, había una auténtica liturgia que arrancaba con el instante en que te arreglabas en tu casa y que concluía con la parada obligatoria -en La Campana o en Las niñas en la Plaza de la Magdalena- para tomar café los mayores y los niños un batido o una leche merengada con pasteles. Dicen que los usos estaban generalizados para los diferentes habitantes de los pueblos de la periferia e incluso de provincias hermanas y, que podían reconocerse por su atuendo, los ayuntamientos en que censaban los diferentes adquirientes. Dicen que los autobuses eran, principalmente, el medio de locomoción que usaban para transportarse y, también, que si hacían esto era por la poca destreza que tenían quienes manejaban los llamados en castellano coloquial turismos. Dicen, en fin, que era fácil engañarlos, que alucinaban con los escaparates y que volvían cargados de bolsas, preferentemente al anochecer.
Parece ser que la situación comenzó a cambiar cuando, gracias Dios mio, el precio de la vivienda empezó a ser alto en la urbe y, los hijos de quienes juzgaban tan alegremente tal tipo de vida, empezaron a colonizar el mundo rural y a dotar de cierta dosis de estilo -perdón, me estoy riendo- a tan infaustos personajes. Comenzó entonces una frenética carrera por apagar campanas cuyos decibelios eran insoportables por las noches (el tráfico, como todos sabemos, se hace empujando los coches sus ocupantes con el motor parado en las metrópolis), por terminar con fiestas que, con pólvora, promovían la vigilia las vísperas gozosas, por promulgar normas que concienciaran a los moradores de la necesidad de tener un cierto orden estético en las fachadas del mal llamado caserío clásico -curiosamente lo más feo de nuestras edificaciones suele ser lo último construido- .Y, ahí, justo ahí, se nos desenroscó a todos la boina y empezamos, simple y llanamente, a ser personas y no animales, al rebufo de sus hijos, al contacto de gente criada en capitales. Aún el término es usado por habitantes de ciertos barrios en tono despectivo y, se lo dice uno, para nosotros más que un insulto es un orgullo, un sello de distinción, porque lo único no corrupto, no corrompido, puro, que queda en nuestra sociedad es lo cateto. Desgraciadamente, cada vez se está perdiendo más de la particular idiosincrasia de nuestro estilo. Nuestra gastronomía, nuestra manera de relacionarnos, nuestras costumbres. Cual plaga bíblica de langosta han ido ocupando corrales, campos de olivar, calles enteras y han ido haciendo más grande esa conurbación con la consiguiente pérdida de identidad. Nos han ido trayendo sus multinacionales, sus marcas, eso sí, sin traernos el verdadero progreso, las vías con las que se accede. Más hay una cosa que no vamos a consentir, no nos van a cambiar los gustos.
Vaya por delante que el hecho de sentirse cateto no tiene nada que ver con el sitio donde hayas visto la primera luz y, por esta causa, se puede sentir uno así sin ser nacido en villa o aldea. Un ejemplo: mi amigo Paco. Mi amigo Paco es malagueño y ha tenido la inmensa dicha de pasar por las prestigiosas bancas de la Universidad, ha viajado y eso te hace crecer como persona o , por lo menos te abre la mente. No es sospechoso, por tanto, de no tener preparación y de no haber rozado lo más selecto de nuestro maravillosomundo (aunque viendo lo que hace el estudio superior con la personalidad de algunos hay veces que uno piensa que mejor que no hubiesen puesto allí un pie ciertos individuos). Paco, me reitero, siente cateto y por eso ciertas cosas le parecen extrañísimas. Un poné, que en aras de una mal entendida modernidad te soplen por un café cuatro euros y pico a Paco, a mi, a mi señor Padre y hasta a la Virgen de Setefilla de Lora del Río nos parece un abuso (verás la que se va a liar como a algún parroquiano un poquitín más beato de la cuenta le de por leer aquí). Que encima te den el brebaje en un vaso de cartón, lo tengas que mover con un palito de plástico y levantarte por el azúcar, un chuleo. Pero que te digan que este líquido que sabe igual aquí que en Nueva Orleans, es mejor que el que te ponen en la cafetería de tu pueblo, en la de toda la vida, eso es pensar que tu no tienes criterio y que te tienen que resetear el cerebro para que aprendas lo que es bueno y lo que no...Y por ahí, no pasamos ni Paco ni yo. Catetos sí, a mucha honra, pero carajotes no, que quieren que les diga. No seré quien señale lo que te vendan en Starbucks como algo que no haya que probar (que yo lo he hecho) pero, a cuatro euros, de todas todas, me quedo con el de Abelardo que es más barato, igual de moderno, tiene mucha más calidad y, por encima de todas las cosas, es nuestro.