domingo, 14 de octubre de 2007

No te cases

No te cases, esa es la frase que más escucho cuando, en cualquier conversación, expreso que estoy en capilla. No te cases, asiente incluso algunas veces su esposa o esposo, si se encuentra presente. No te cases, la cantinela que me parece sorprendente porque viene de personas de diferentes condiciones, maneras de ser y de sentir, procedencias, sexo... Y tanto escuchar la dichosita frase, me hizo pensar: ¿Qué es lo que querrán advertirme que sucede después de recibir el Santo Sacramento?.
Pero para eso no hay una respuesta tan unánime como sentenciosa es la frase con la que te avisan y, no la hay, porque de lo que te intentan apartar es del mal más grande que, a su juicio, tiene la vida en pareja: la convivencia. Y mira tú por donde, eso es lo que menos nos preocupa a Pilar y a mi porque juntos, llevamos conviviendo, prácticamente, desde el bendito día que nos conocimos y, a estas alturas, ya sabemos bien lo que ambos somos, lo que nos gusta, si tenemos un mal día sólo con mirarnos a la cara, lo superfluo y lo importante de nuestros respectivos caracteres, por lo que llegado el instante del sí quiero no habrá lugar a engaños ni por su parte ni por la mía, será, en garbanzos y chícharos, la gozosa continuación de nuestra amada existencia, esa que ciertos días es aburrida y otros una noria de pura locura.
Ahora bien, de lo que nadie te quiere separar, quizás porque esa es la parte más amable de las bodas y en la que mejor se lo pasan incluso los más escépticos del matrimonio, es de la ceremonia en sí y de su posterior festejo. No he escuchado aún a nadie decirme, no lo celebres y (esto es sintomático de lo frívolo en que hemos convertido un día que es menos especial que negocio) me parece que esa era la frase que más tendría que hacernos reflexionar: en que se ha convertido este día para la pareja que se desposa.
Podemos empezar distinguiendo entre enlace civil o religioso. La cuestión no es baladí. Si decides que tus creencias son primordiales y que quieres ponerlas por delante en tu tabla de prioridades, prepárate. Cursos prematrimoniales eternos donde parejas como la tuya se someten al lavado de cerebro que te dejará apto para poder arrodillarte esa fecha junto al altar. Papeleo con curas que creen que, en la tierra, la justicia divina son ellos y que te hablan desde una superioridad tal que te sientes mala persona sólo por dudar entre tal o cual mandamiento o, simplemente, por querer poner determinada flor en la Iglesia que, por si te quedaba duda, es su casa y no la de todos los que creéis en Dios. Después viene elegir donde quieres servir el banquete y ahí, empequeñeces con unos precios que te hacen entender porque quien tiene la opción, vende en exclusiva su boda al medio de comunicación que quiera comprarla. Vestirse tampoco es barato precisamente. Alguien podría explicar por qué cuesta lo que cuesta un vestido de novia. Las fotos y el vídeo para que comentar... Y las invitaciones. Coches de época, presentes para los invitados, autobuses (sí, que ahora tienen la culpa los novios que se controle la tasa de alcoholemia en las carreteras), quienes son los invitados y como se sentaran, mil y un matices que no se te pueden escapar antes de merecerte esa luna de miel que es el colofón a tanta parafernalia.
Por eso, queridos amigos, no te cases no es la frase con la que podéis ahorrar sufrimiento a quienes ya han decidido que lo harán. La frase que puede suponer que se casen más o menos pendientes del euribor o es no lo celebres, se lo dice uno que lo tiene clarísimo.