martes, 30 de octubre de 2007

La realidad del tráfico en el Aljarafe

Fue la otra mañana, mientras iba en sentido contrario al atasco de las siete y lo que vi, me hizo caerme del santiaguino caballo blanco en el que andaba subido. Era una sucesión enorme de descerebrados egoístas, a uno por vehículo sin distinción de sexo, condición social o edad, que eran incapaces de perder el urbano hábito de llegar a aparcar a la puerta de su trabajo, con lo que, de repente, noté como sería inútil todo esfuerzo administrativo que no fuese acompañado por uno de cada individuo allí presente. De nada servirían ni las ampliaciones de las autovías, ni las futuras rondas de circunvalación, ni la creación de carriles específicos. No serían solución ni siquiera el metro, ni el teleférico, ni la recuperación de las viejas estaciones ferroviarias del anillo de cercanías porque no era, en su totalidad, un problema estructural. Era un problema de civismo y, estupefacto, atónito, perplejo si prefieren, comprendí que, mientras en la cabeza del personal no anide la idea de que la solución es el transporte público, dará lo mismo cualquier esfuerzo del gobernante que sea porque las cuentas son claras: cincuenta personas metidas en un autobús ocupan menos que cincuenta coches en fila.
Y es que somos muy cómodos y todo lo demás son milongas, pamplinas, cuentos de la buena pipa y mentiras socialmente bien vistas. La cuestión es diáfana: ¿Seguimos echándole la culpa al Alcalde de turno, al Presidente de la Junta de Andalucía o a quien mande en Madrid, rompeolas de todas las españas o nos decidimos a cambiar nuestro sino con una solución tan simple como barata y eficaz? Piensenlo la próxima vez que estén atascados y, por extensión, encabronados.