jueves, 1 de noviembre de 2007

Halloween

No me gusta Halloween. No me gusta porque no soy americano, norteamericano para ser más preciso. No me gusta porque mi manera de entender el mundo y la vida, me indican que me meten, con calzador, una tradición que no tiene nada que ver con nosotros. No me gusta porque para ser más moderno no hay que perder las señas que nos hicieron, colectivamente hablando, ser lo que somos expresándonos en términos de identidad nacional. No me gusta porque, en esa fecha, había, hay, otra fiesta muchísimo más ibérica. No me gusta porque disfrazarse es más de febrero, más de Carnaval. No me gusta porque me parece ridículo. No me gusta porque noviembre, en mi subconsciente, es una escalera que sujeta a una enlutada dama que encala una tumba, mientras le cuenta a la lápida como le va la vida a los que quedaron fuera. No me gusta porque no es lo que nos enseñaron nuestros mayores con lágrimas a punto de caer por las mejillas. No me gusta porque no hay nada más respetuoso que llegar con un manojo de claveles a la puerta de un cementerio, ese mismo ramo que marchitará y volverá a brotar frente a una cara sin vida en una fotografía en blanco y negro, frente a un blanco mármol, frente a unas letras de acero, frente a un difunto que no se merece que en torno a su recuerdo se haya montado una mascarada.