domingo, 4 de noviembre de 2007

La bodega

Sigues ahí, muda testiga del correr de los años y las modas, del discurrir de la vida. Desde mil ochocientos cincuenta y cinco, desde antes que el negro asfalto todo lo tomara, desde días en que caballo y hombre eran -mítico centauro- uno solo. Poseedora de mil secretos, mil historias, mil vivencias, mil tertulias. Templo de las raciones pequeñas de chacina fresca, en esa vajilla de La Cartuja que es un papelón de estraza para la gente sencilla, que no corriente. Paraíso del bollo mordido a pellizcos. Tan frágil y tan fuerte, erguida en unos cuantos arcos, sujeta a unos nerviosos cimientos, mirando pasar el mundo en tu rinconcito de La Pañoleta mientras dentro, se asoleraban los vermús, la mistela, el mosto, esencia que se fue, dejando un poso de sentimientos encontrados, desde la admiración por ese saber envejecer, al odio por no ser capaz de sujetar esas maneras tan irrepetibles que ya murieron.
Ayer, mientras te contemplaba desde el curioso observatorio que es el volante de un autobús, te noté triste, ensimismada en unos negros temores, temblorosa y empequeñecida ante un oscuro presagio porque tu espalda, ya no la protege del crudo invierno mas que la nada, eres islote de lo viejo entre futuras construcciones nuevas. Y yo me pregunto si es el sino de los tiempos que lo que es clásico lo determinen en las concejalías de urbanismo, quien es nadie para matar el alma de pueblos y ciudades, donde va a parar la amenaza de muerte para lugares tan nuestros como la Bodega San Rafael.
Aún crujen las cascaras de avellana en el adoquín de tu suelo, aun chirría el gozne tenebroso de tu portalón cerrando, aún es pronto para llorar por tu partida, esa que -Dios quiera- no tengan que ver estos ojos que se comerá la bendita tierra de ese Aljarafe, que cuando terminen con él no lo va a conocer ni la madre que lo parió.