miércoles, 14 de noviembre de 2007

Que es aquello

Postrado en una cama, convaleciente de una enfermedad, aislado en el retiro tranquilo de lo que entonces no eran más que una minúscula colección de casas apiladas, unas junto a otras, para dar forma a una hilera de calles de las cuales, algunas iban a morir a una alegre plaza donde amanecía oliendo a aceite de calentitos, las más a una larga avenida que dividía en dos la población y, la totalidad, al olivar circundante, el Maestro, esperaba ansioso lo que algunos días atrás le había llamado la atención para, anochecida a anochecida, irsele metiendo en la sesera. Un soniquete, un estribillo, le tenía vivamente cautivado. Primero se concentró en conocer de donde procedían los ritmos, quienes eran los cantores y que instrumentos eran capaces de producir tan bella sinfonía. Reconocía, a lo lejos, las voces de un coro que, en la ensoñación de una fiebre que le atacaba con especial virulencia al atardecer, se le antojaba enormemente conjuntado. Había deducido que lo conformarían, exclusivamente, hombres y tenía la certeza de que las edades eran dispares por las diferentes tonalidades de las voces, la especial gravedad de algunas y la fina agudeza de otras.
Era todo cuanto tenía, eso y una curiosidad que no lo dejaba concentrarse en otra cosa que no fuera el reloj de cuco que, en la sala, le cantaba el lento discurrir de unas horas que sólo alegraban esos momentos, tan esperados, de un Noviembre que marchitaba las hojas de un desgastado almanaque. Decidió que de esa madrugada no pasaría y llamó a la sirvienta. La mandó primero arreglar su cuarto y arrimar, lo más posible, el catre a la ventana. Luego, tendría que ir a la misa de las siete con un único cometido: atraer a la calle llamada Convento, donde moraba, a esos gentiles puesto que, ella misma le había contado que de allí partía la comitiva. Todo se dispuso como ordenó y así se consumieron los gozosos instantes previos al primer encuentro, cara a cara, con una idea que en su alma de músico ya llevaba el bendito germen de lo que, posteriormente, terminó siendo. No serían ni las nueve cuando la luna, llena por más señas, puso luz a la fina blandura que caía sobre las cabezas de aquellos niños y padres. Tintinearon las metálicas chapas enhebradas en un alambre que la periciosa mano de aquel labriego movía con un estilo muy peculiar, una alpargata golpeó un cántaro, el triángulo sonó y aquel cante, castillejano por más saber, rompió la negrura que sólo un quinqué alumbraba desde una mesita de noche... "Que es aquello que tanto reluce en lo alto de un cerro que tan bello está". Así nació la célebre marcha Pasan los campanilleros, el regalo que todo un pueblo hizo a la Semana Santa sevillana y que el maestro Farfán tan bien supo llevar al pentagrama, durante su estancia en nuestra población. Un cante que en las noches de Otoño del mes de los muertos recorre las arterias de una vecindad, que no deja de asombrarse ante lo sencillo y armónico de una manera tan especial de rezar.