martes, 8 de enero de 2008

Pepa

Hoy, esta noche, querida amiga, me vas a permitir que dirija a ti estas letras. A ti, precisamente a ti, que no puedes leerlas. A ti, que eres hija, madre, esposa y abuela. A ti, mujer de la bendita Puebla de Cazalla. A ti, orgullo de una tierra que no ha dejado de parir sacrificio, honradez, decencia, valores de un mundo que se muere irremisiblemente con la invasión de las ciudades y ese negro asfalto que tapa el adoquín que tanto simboliza: valor, constancia, dureza. Pepa, dejame que te cuente. Cuando uno se hace mayor, aunque aún no he hecho sino empezar a vivir, la soledad es una amenaza cruel y aterradora, su sólo nombre inspira miedo y Pepa -a ti que te voy a decir- aunque, como te repito soy y me considero joven, para ciertos asuntos el arroz se me empezaba a pasar -bendito seas lenguaje rústico-. Miraba en la inmensidad de los pueblos, buscaba entre las bulliciosas avenidas de las urbes y no aparecía mi compañera, esa a la que tanto necesitaba, esa que ahora ya tengo y por la que todas las noches doy gracias a Dios. Cuando apareció, Pepa, mi arma, sólo había resuelto la mitad del problema. Quién haya estado cerca de estos huesos que recojerá la tierra aljarafeña a la que pertenecen, quiera la providencia que sea después de muchas pisadas de mosto, sabía que lo que la rodeara, iba a ser igualmente importante. El día del examen se acercaba y mi mujer, que grande suena, mi mujer, repito, empezó a hablarme de todos los de su familia. Su Padre, su Madre, sus Hermanos, su Cuñada y, entonces, Pepa, te nombró a ti. ¿Y Pepa quién es?, pregunté inocentemente. Mira que tiene mundo Pilar, mira que sabe de gente y como tratarla... Pepa, no fue capaz de explicarme, exactamente cual era el parentesco, porque Pepa, tú, eres de la familia tanto como yo, más que yo, ¡que caray!. Por eso, me he sentado delante de este teclado, a intempestivas horas de la madrugada, porque llevo dándole vueltas al asunto muchas lunas, porque Pepa, tu labor, es necesaria en esa casa más allá de las tareas que realizas y, como no somos capaces de ponerle nombre vamos a tener, al menos que definirlo: Eres la alegría de un conjunto de paredes que cuando no estás, no son más que hormigón, cemento y ladrillo. Eres amoroso olor a café, en los desayunos de unos hijos que cuentan con una madre cuando no está la suya. Eres, una buena olla de cocido, unas papas con choco o cola de toro, para que no desfallezca la prole cuando viene del trabajo y el olor de tus viandas es capaz, mira si tienes arte, de cruzar Andalucía y llevar confianza a Motril. Eres la camisa o el pantalón a punto para esa reunión tan importante. Eres los ojos, el consuelo, la risa o el hombro donde echarse a llorar, cuando no se divisa a nadie en trescientos y pico de kilómetros a la redonda y Pepa, cuando te montas en el urbano cada mañana desde tu Parque Alcosa, allí, en ese autobús y, creeme, de autobuses entiendo un rato, el alma entera de un pueblo, del tuyo, del mio, del de mi suegra, entra por la puerta y hay que tener tela de gracia para picar una sola vez el bonobús y meter tantas cosas en el bolso que como corazón, lleno de buenos sentimientos, llevas en la vida, para regalarlos y no pedir, a cambio, nada.