lunes, 21 de enero de 2008

Mi amor, la radio

Viéndolo parecía que el reló se había parado. Cerrando los ojos, escuchabas al mismo que hace década y media. Escuchabas aquella radio de juguete, donde unos cuantos locos nos juntábamos a hablar de lo que nos gustaba, a hacer lo que nos gustaba, a disfrutar de la posibilidad de unir dos pasiones, contar y deporte, porque eso es lo que hacíamos y eso es lo que sigue haciendo ese pesado, un tipo que aunque algunos imbéciles se lo discutan, es periodista y además, dos veces, una en la Facultad como mandan esos vendeburras que te piden un carné, un titulo, un diplomita con un marquito dorado puesto en una paré con gotelé, para ejercer; la otra, pongan la tele, la de los pueblos como decimos por aquí arriba, esa donde según los mismos ilustrados que pretenden meternos en el saco de esa Gran Sevilla que andan inventando, solo salen catetos y catetadas, lo ven y luego me cuentan.
O mejor les cuento yo. Era otra vez domingo por la tarde, Javier Villanueva, el de Telecinco misma mente, venía de tomar café con Piedra y hablaban de baloncesto, del Caja San Fernando. Era otra vez domingo y, arriba, Chencho, había llamado a todas las casas, de todos los directivos, de todos los clubes de Segunda y Primera... Regional, claro está. Ya sabíamos como había quedado La Unión de Lepanto, el Mures, el Barriada. Era otra vez domingo y, Manolito, metido en el autobús del San Juan desde el alba, ya estaba con cable tirado por la grada del campo del Linense, del Puertollano, con un micrófono que ni Dios sabe como se las ingeniaban entre Paquirri y él para hacer que llevara sonido, presto para transmitir el partido, listo como los conejos de campo para hacerle el tocomocho, a la pobre infeliz que tenía la desgracia de tener su vivienda y un teléfono, lo suficientemente cerca, como para tener todas las papeletas para quedarse sin hablar con la cuñada las dos horas que duraba la historia. Era otra vez domingo y David Martínez, sí, el de las noticias de Telesur, nos contaba que Coco Torres Morote, Miguel Sánchez y toda la peña del Ciencias de rugby se habían vuelto a pasear camino de alguna de esas ligas que nos trajeron tan sorpresivamente aquí, donde el oval era un extraño. Era otra vez domingo, tenía dieciocho años, me acababa de enamorar, no sabía que sería para toda la vida y menos que ella, la radio, te iba a preferir a ti, Manolo Carlos.