miércoles, 13 de febrero de 2008

Los músicos

La memoria, a veces, me retrotrae a momentos que han quedado grabados en mi alma. Sentimientos que, no por ser ajenos, dejan de inspirarme ternura. Uno de ellos golpea con insistencia mi mente cada miércoles santo. No es propio pero me lo he quedado para mi porque si lo recuerdo es porque estaba allí. No sucedió en un lugar de los llamados cofrades, no lo protagonizó más que un músico, un músico de una banda de pueblo o puede que varios, que más da. Cierro los ojos y sin el menor esfuerzo los veo y aunque los había visto antes, se que esa fue la primera vez que me tocaron la sensibilidad, que me emocionaron. Lo se porque no lo hicieron con ninguna marcha, ni caminando con ese arrastrar de pies y el porte erguido, de quien se sabe en poder de una clave esencial del tránsito de una cofradía en su estación a la Santa Catedral: lo hicieron con algo simple aunque grande por lo maravilloso, su ilusión por ir a tocar al Baratillo.
Atrás habían quedado las frias noches, noches de relente de invierno, de humedad metida en los huesos acarreando la corneta o el tambor entre los murmullos y los comentarios de un populacho cruel que se burlaba de los locos que se ponían a ensayar. Le habían dado la vuelta a toda la localidad desgranando repetitivamente notas y más notas, corcheas, fusas y semifusas. Habían perfeccionado su arte, un arte efimero porque el viento se lleva la música y porque su gloria es sólo de siete días, pero no se habían aburrido. De un frontón a un garage, patios, campos, calles... La grabadora siempre atenta con el piloto rojo encendido... Repeticiones, broncas, llantos, denuncias y llamadas cobardes buscando el anonimato de la queja telefónica. Luego esos mismos serían los primeros que les pasarían la mano por el traje para felicitarles o irían a buscar su saludo entre la muchedumbre para darse importancia ante amigos o compañeros de trabajo:
"Los conozco, ensayan junto a casa".
Estaban allí aquella tarde de miércoles santo, aquel día era el que habían estado preparando todas sus vidas. Estaban, están y estarán siempre que vuelva allí cada año en ese día. Son los músicos de la Plaza con su inconfundible Tiquitá al frente y se están tomando ese café del Marengo antes de montarse en un autocar de Manolito Ruina camino de Sevilla: Jesús de los Remedios, eso se leía en el parabrisas. Un orgullo, una proclama. Jesús de los Remedios, el mismo que ha entrado, junto a la Rábida, por la autopista en Huelva, a asomar curioso en las cuestas de albero de Alcalá de los panaderos o en la misma mezquita de Córdoba. Jesús de los Remedios, el emblema, la seña de identidad de unos dementes de hacer sonar bien que ese día, me enseñaron que siendo constante, no desanimándose, preparándose, llega tu hora.
Aquel día, aquellos a quienes había visto detrás de un borrego en una banda infantil, gente que había crecido conmigo, recogieron el testigo de la vieja guardia, los que fueron con San Gonzalo o la Estrella. Aquel día, la calle Adriano fue más de mi pueblo que nunca y mirando para el cielo, entre los edificios y casi oculta la luz del Sol por la arboleda, desde ese cerro alto donde hay una Casa-Palacio y allí murió Hernán Cortés, donde huele a polvorón y cortadillo de cidra, una corneta y un tambor sonaron eternamente para gloria de Castilleja de la Cuesta.