martes, 25 de marzo de 2008

En la carretera

"Hola, me llamo José Miguel Navarro y ayer volví a nacer".
Quiero empezar mi escrito de hoy con esta frase que, seguro, habrán escuchado mil veces en las películas americanas y que refleja el inicio de las sesiones de Alcohólicos Anónimos. Quiero hacerlo porque, aunque mi nombre no saldrá reflejado en ninguna estadística de la Dirección General de Tráfico porque no fallecí, ayer padecí, sufrí, participé en un accidente de circulación. Si, verdaderamente, estuviesemos sensibilizados con este tema, habría, como las hay de alcohólicos, drogadictos, etc. asociaciones que agruparían a personas interesadas en esta problemática que está tratando de solucionar SOLA la Administración. SOLA y superando la incultura de una nación, que no ve bien absolutamente ninguna de las medidas que se ponen en práctica: Mayor control de como se conduce, mayor control sobre la velocidad a la que se conduce, mayor control sobre en que condiciones físicas se conduce. Mayor control porque nosotros, que somos los que tendríamos que hacerlo, no lo hacemos. Conducimos controlando el alcohol que tomamos en vez de no tomando ni una gota. Que levante la mano el guapo que vaya a cincuenta kilómetros por hora en casco urbano; del límite en autovía, mejor ni hablamos ni, de los cinturones traseros, esos que, algunos, piensan que son un extra del coche cuando lo compran.
Podría seguir. Lo muy fue muy aparatoso. Imaginen a un camión de más de veinte toneladas embistiendo por detrás a un microbús. El chófer del microbús soy yo, José Miguel Navarro, un día de vida. Estoy bien, guardaba la distancia de seguridad y minimicé el impacto. No fue grave. Un collarín, un mesesito de baja laboral y curro para los chapistas. No engordaré ninguna estadística ni perderé ningún punto, que es lo que preocupa al montón de gilipollas que hacen lo que les da la gana en la carretera y, después, cuando los enganchan mis amigos, los Guardias Civiles, es lo primero por lo que preguntan, pero, y es mi verdad, recibí una de las lecciones más duras que se pueden recibir, la de que los accidentes no son algo que les pasa a los demás, los accidentes te pueden pasar a ti y, con ellos, se acaban muchas cosas que son las verdaderamente importantes y no el minuto, de más o menos, que estás en el asfalto, ni los veinte euros que vale el taxi que te trae a tu casa, cuando te bebes ese Rioja tan bueno. Sí, ese que es del color de la sangre que se queda pegada a la carretera y en los ojos de tu mujer cuando te llora en un tanatorio.