lunes, 31 de marzo de 2008

El duro de doña Inés

Me sucede cada vez que voy a un supermercado y las veo envueltas, en ese característico papel en el que envuelven ese manjar que son las tortas de aceite. Es una sensación que me produce rabia e indignación. Es la sensación de que para eso no se deslomó esa señora, a la que, en mi imaginación, veo bajando por una trocha camino de lo que, en aquellos tiempos, sería una ciudad de provincias, con un pañuelo negro en la cabeza y un canasto cargaito de diferentes especialidades debajo de su regazo, a vender pregonando, a matar la hambre que se le metía de puertas para adentro y que, con dos... narices, ella solita se encargó de espantar a escobazos. ¿Por qué? porque es la triste constatación de que una tienda, sea del tamaño que sea, no produce riqueza o, entiendaseme, no en las cantidades que las produce una fábrica. Una fábrica, que era, por si alguno no lo recuerda o se le ha olvidado, lo que teníamos en ese pueblo que, de momento, se llama Castilleja de la Cuesta, el mio. Una no. Una grande que era el banderín de enganche y alguna que otra mediana. Por eso me rebela la tranquilidad con la que nos hemos quedado sentaitos, en las imaginarias puertas, viendo como se nos iba una cosa muy nuestra, para que nos metan con calzador el horror ese de los muebles embalados en caja plana, que desde Suecia, nos ha venido, como el maná que le cayó a los pueblos bíblicos a hacernos ricos.
Pero, que levante la mano, ¿quién se ha hecho rico con lo que han puesto en El Valero?. Y ya no rico, ¿a quién le ha ayudado a sacar un poquitín el pescuezo?. Te cuentan las viejas, que haberlas haylas, que en los tiempos de maricastaña, todo aquel que quisiera trabajar tenía una puerta abierta en Inés Rosales, en Cansino, en Andrés Gaviño, en De los Reyes. Entrabas ahí, te daban un oficio y te hacías hombre o, sobre todo, mujer en unas empresas que daban becas, engrandecían fiestas... y, sobre todas las cosas, creaban empleos duraderos.
Me contaba mi amigo Paco, del que ya les he contado alguna historieta antigua aquí, que, en Málaga, la necesidad la controló la Marquesa o Duquesa de Larios con un duro. Mandaba a un sirviente al mercado con la moneda, todos los días, con la orden de gastarla por partes en el mayor número de puestos posibles y, así, el frutero, el carnicero, el tendero de ultramarinos finos tenían, a su vez, para gastar y esa sinergia llegaba desde el Palo hasta Torremolinos. Pues eso mismo teníamos aquí, el duro de doña Inés, ese que tan alegremente le hemos regalado a nuestros vecinos, ese que se creían algunos listos que traían los suecos cuando, de toda la vida de Dios, los suecos sólo han traído a la Costa del Sol biquinis, bronceador y ligues para Alfredo Landa.
Y, ahora qué, pregunto: ¿qué hubiese sido mejor? Dejar a los dulceros el terreno, recalificarles los anteriores y, con escuelas-taller formar personal cualificado en las diferentes áreas de producción así como, pelear, por tener una denominación de origen para algo autóctono y único que hubiese creado, mantenido y ampliado con empleo directo e indirecto, la riqueza inmemorial o esto otro que tenemos. De verdad, si levantara la cabeza doña Inés y viese sus tortas hechas en Huevar, se le caía el canasto porque, me huelo, ahora que en nuestro pueblo no huele a ajonjolí, precisamente, que a los que decidieron en su momento, a esos, la cara de vergüenza no se les va a caer seguro.