viernes, 4 de abril de 2008

Mi regalo de cumpleaños

Hay personas para las que ciertos temas no tienen secretos. Su dominio les da una seguridad tal en sus planteamientos, que la confianza con la que expresan sus pensamientos les hace parecer, en muchos casos, soberbios.

Nada más equivocado.

A estos iluminados, visionarios o como quiera que les llamemos pertenece nuestro hombre: Miguel.

Miguel es experto en un complejo juego que se ha hecho universal y del que, por su popularidad, todos tenemos unas ideas y unos conocimientos, cuando menos, sobrados para opinar y exponer con criterio verdades que presentamos, así es el ser humano, como dogmas.

Ahora bien, de ahí a que esas verdades sean infalibles median -parecen pero no son pocos, noventa minutos-. "Noventa minuti" como decía Juan Gómez, Juanito para los catecismos balompédicos.

Es el Fútbol el juego del que hablamos, por supuesto. El Fútbol con mayúsculas. El Fútbol no como opio del pueblo sino como reducto de unos cuantos, no diré si pocos o muchos, locos románticos. El Fútbol como expresión de una vida interior rica en generosidad y altruismo. El Fútbol, en conclusión, en estado puro. Sin corruptelas, virtuoso aún, inmaculado como cuando los pross. Ese fútbol no es otro que el modesto y ahí, afirmo, Miguel es el mejor, el que más sabe. Nadie debería atreverse a cuestionarle sus aseveraciones pero por desgracia o por suerte, este tesoro lo estamos disfrutando sólo unos pocos.

Así es la genialidad. Genialidad, curioso término. Sí, yo diría que es genial, pero vayamos por partes.

A los genios una de las características que los define es su unánime sentimiento de incomprensión... y otra, su sensación de fracaso. A nuestro genio, pese a su seguridad en sí mismo, estos son argumentos que le rondan la cabeza con frecuencia. Se siente sólo y desamparado.

Miguel es... como explicaría su cometido... un luthier. Su arte, empero, no es la fabricación de instrumental. Es un artesano pero a otra escala y su última labor ha sido brillante. Armó una orquesta capaz de ofrecer un concierto en un auditorio de prestigio.

Miguel creó y afinó las piezas de un sueño hoy extinto: el CD Isla Cristina.

Creo, decidida mente, en el destino. Los hombres y mujeres caminan inexorablemente hacia unos pasos pre-escritos y donde el futuro depende de pocos factores sorteables. Todo nos conduce a los picos y depresiones de una vida repleta de sufrimiento, de un mañana huero de satisfacciones, defectuosamente concebido y donde la medida diferenciadora es el vil metal. Y como creo en el destino y aunque soy fatalista, espero que a nuestro héroe le corresponda antes del fin de su página, su instante de gloria. Espero, no; mejor, deseo.

Las historias tienen un principio y un fin. Lo corriente es la narración desde uno a otro pero en esta vamos a empezar por donde podamos, que no es poco.

Hace no tanto, en una noche de septiembre, vinieron a chocar en uno de los santuarios del deporte rey, dos escuadras en un litigio de desigual suerte: en un lado, el Sevilla CF, a qué hablar más. Enfrente, el CD Isla Cristina. Huelgan también los comentarios.

Vamos a empezar por el final. Sepan que estamos ante uno de esos encuentros en los que, tópico, David se come a Goliat. Aquel día los amarillos levantaron una eliminatoria imposible: habían perdido uno-dos en casa y vencieron dos-tres. Pasaron, para los neófitos, por el doble valor de los goles fuera.

He dicho que vivo en la certidumbre de que a nuestro hombre debe de llegarle, más tarde que temprano, su momento y muchos me dirán: ¡Ah! ¿Pero levantarle una vuelta copera al Sevilla no lo es? ¿Qué esperamos?.

Sinceramente, no lo sé, pero hay otra cosa que entendí hace un trecho de este nuestro caminar diario. Aquel momento no fue ese que anhelamos ver y, por eso, perdón que me repita, soy fatalista.

Dijo Jean Braudillard: "Todo aquello que pierde su idea es como el hombre que pierde su sombra". Todo esto viene a nuestro desvarío actual. En fin. Vamos a lo importante y no tengamos mala sombra.
En el Sánchez-Pizjuán, esta es mi teoría, el culmen llegó para un futbolista cuyo nombre es Mariano. Atención a la secuencia. Dos-dos, balón en el medio campo. Cuarenta metros en el agot. Preciso y duro golpeo. Monchi retrocede pero ya es tarde, el cuero le ha rebasado y besa la red. Dos-tres. Gritos de horror y asombro. Treinta mil almas calladas y el siete en medio saltando como un poseso con los brazos en alto. Veinticuatros horas después, todo el país sabe que el siete se llama Mariano Suárez, que acaba contrato ese año y que está en edad de merecer. Eso y cinco portadas, cinco, con su cara y sentencias sobre la gesta.
¿Ven por algún lado referencias sobre Miguel? No, definitivamente ese no es su cenit. ¿Ven por lo que les digo que aún debe llegar?.
Destripando finales y sin ánimo de parecer pedante, pocos hay como yo. Este es de esos que agarra Valdano y lo finiquita con uno como este:
"Y mientras el balón viajaba hacia la malla en busca de la justicia postrera, a Mariano, a Miguel, a Isla Cristina entera y a todos aquellos para los que el Fútbol es la vida, una sensación de paz y satisfacción, recorrió y estremeció".
No, yo no soy de esos. Aquello fue importante pero a España lo que le sobran son españolitos saltando del anonimato a la fama. Esta, mi patria, cuando nadie sabía que era el Golf, alucinó con Seve; cuando el Tenis era un desconocido, se topó con Santana y, Numancia, ya hubo otro poco antes y aquel sí que fue impresionante: tres primeras se llevó por delante y al BarÇa le costó lo suyo echarlos. ¡Qué tíos!.
Por eso, soy especialista en asesinar el suspense. Este podría haber sido el ordenado relato de aquel hecho pero no es esa mi idea (poco importa esta piedra en tamaña carretera), ni tengo el más mínimo interés en hacer una epopeya de él. Nuestro pro-hombre es Miguel y este cuento es para hacer justicia a su persona. Solo tengo un problema, no hay un punto que destaque para hacer énfasis sobre él. Es plano y, a los tipos así, no les ponen placas en las plazas. Es, perdón si me hago repetitivo, un antihéroe. Hace la jugada y disfruta viendo a otros meter el gol. ¿Ven ahora el por qué de aquello de altruista y generoso?.
He tratado de esbozar una línea de narración y he procurado desde hace mucho que esto sea un cuento pero, a que engañarnos, no se le parece en gran cosa y sigue siendo un tanto anárquico. Es de un estilo muy desenfadado y quizás soy muy directo. Descarado si quieren, dirigiéndome a ustedes para hablarles de algo que no es fantástico ni puede hacerles desarrollar su imaginación buscando un "The end" espectacular e inesperado.
Pero es la vida de alguien como usted, corriente, anónimo. Reflexione. No está en mi ánimo otra cosa que rebelarle. ¿Qué buscamos? ¿Qué es la fama realmente? ¿Llega? ¿Para qué la necesitamos?.
Encumbramos a necios, a señores que sólo tienen un golpe certero en su vida, a personajillos poco currantes, a mediocres (salvo excepciones). Llamamos grises a los que trabajan sin esperar nada a cambio, ni siquiera un gracias sentido a medias. Todos saben quien es el uno en muchos temas pero ¿y los segundos? ¿tan perdedores son?.
El tal Aldrin puso, instantes después que Amstrong, sus pies en la luna. ¿Sabían acaso quién era? ¿Conocen muchos su historia? No, fue el dos.
Miguel es un dos, pero un dos número uno. ¡Toma paradoja!.
A mi me gusta decir que soy de la camiseta, del estadio, de la historia, del sentimiento si me apuran. De los futbolistas, de los entrenadores, de los presidentes... que sean otros. Yo soy más espiritual. Mi Fútbol es más clásico. De cuando el engorde en Cedeira para los escuálidos que, a base de chuletones, aire lucense y carreras matutinas, pusieron volumen a su calidad en los tiempos, ¡ay, qué tiempos!, del Madrid de Don Santiago. De las camisolas sin cuello que había que lavar para volver a jugar otro y mil choques más. De los campos, campos y no estadios, sin publicidad. De los duelos al sol en las mañanas de las polvaredas.
Mi Fútbol, repito y repetiré, es sí, como el de Miguel.
Como el de Miguel Navarro, mi Padre.