lunes, 14 de abril de 2008

A Chema, el Panadero, de uno de sus niños

A los que nos hemos criado en una España de dos canales de televisión, nos parece, con razón, que lo que se ve en la pequeña pantalla hoy en día, es malo... De solemnidad, que diría el eterno José María García. A nosotros y a los que vivieron sin caja tonta. Por eso, idolatramos a los antiguos, clásicos que diría un castizo. Uno de ellos murió la semana pasada. No era un cualquiera: era uno de los actores de la serie que más han visto esos que hoy andan en la treintena, Barrio Sésamo. Nos dejó, Juán Ramón Sánchez.

¿Juán Ramón Sánchez? Sí o Chema, el Panadero, si prefieren. Tenía cincuenta y un años. Estaba casado con Chelo Vivares o Espinete, que tanto monta. Vivía de su trabajo en una sala de teatro independiente de Madrid. Retirado del curro, por los cojones, como alguna de esas vaginas con dientes que pululan por revistas y programillas de tres al cuarto.

Sobre este simpático personaje se hicieron algunas de las bromas más antiguas de este maravillosomundo. La más popular preguntaba que se hacía del pan que con tanto esmero preparaba, en cada capítulo, si los protagonistas no tenían garganta tras la boca.

Pero, si alguien tiene que agradecerle a este señor, son las madres de aquel país, que no volverá, por la facilidad con que se nos daba de merendar, la tranquilidad con que se nos sentaba, ante el aparato, sin temor a que escucháramos inconvenientes sobre el sexo de tal con cual y, sobre todas las cosas, por los valores alimenticios que nos inculcó, porque, digan me, ¿quién de los que hoy somos talluditos se zampó, sin complejos, un bollicao o un donut de esos en aquellos tiempos?. Como para hacerlo, con este martillo pilón hablando todo el rato de comer a sus horas, de engullir fruta... De hábitos alimenticios, ¡vaya!. ¡Igualitas esas tardes que estas! ¡Igualitos los payasos de la familia Aragón, Sabadabada con Torrebruno, Alaska y su Bola de Cristal que Pokemon, Bola de dragón y Oliver-Benji!.

Lo que la guadaña se ha llevado no ha sido un actor, ha sido un tiempo. El tiempo en que aún eramos tan inocentes como los menores de hoy en día no serán nunca, el tiempo en que este Panadero, con mayúsculas, le hizo la merienda a unos niños que aún tenían programación infantil propia, personalizada, educativa, seria, con valores. Lo mismo, en lo que ven o, mejor, en lo que no ven, está la clave de tanta violencia y tanta falta de educación de unos crios a los que, cada vez antes, dejamos que se hagan hombres y mujeres sin serlo.