domingo, 25 de mayo de 2008

Sobre los toros

En el suplemento de El Mundo llamado Campus, en su columna "La piedra imán", escribía, hace unos días, Carlos Marzal esto. Su título, Toros:
"Soy aficionado desde hace muchos años, y hubo un tiempo -una época feliz de juventud indocumentada- en que viví, si no del toro, sí de lo que lo rodea: dirigí, junto a unos cuantos amigos, una campaña cultural de difusión taurina, cuando la Diputación de Valencia, que es la propietaria de la plaza de la ciudad, decidió convertirse en empresaria y gestionar directamente los festejos. De todo esto -como de casi todo- hace cerca de treinta años.
En aquel trabajo inventamos una revista de literatura y arte, Quites, que -disculpen la inmodestia- es, en su género, tal vez la mejor publicación taurina de los últimos cincuenta años. Colaboraron allí José Bergamín, Ramón Gaya, Pablo García Baena, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Miquel Barceló, Luis Gordillo, Juan Luis Panero, Miquel Navarro, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello. Organizamos ciclos de cine, de pintura, renovamos la cartelería de la Feria de las Fallas, inauguramos una colección de cuadernos didácticos, hicimos un recortable de la plaza de Valencia, que necesitaba más de cincuenta horas de minucioso montaje artesano, obra de José Cardona, El Persa, un genio local -diseñador, inventor, escritor- poco aprovechado, para ser fieles a cierta enraizada indiferencia de la ciudad hacia las personas y personajes.
Me he declarado aficionado, y no espectador: conviene matizar, distinguir. Todas las grandes diferencias provienen de los matices imperceptibles. Un aficionado no es un simple espectador, y mucho menos un espectador simple. Un aficionado es lo más lejano a un hincha, y no digamos a un hooligan.El aficionado aspira a ser un cabal. Alguien que está orgulloso de pertenecer a una larga tradición de la cultura y que profundiza en ella, que lee al respecto, que trata de engrandecerla, aunque sólo sea de forma privada, interior. Los toros sin literatura, no es que no serían lo que son, es que no serían. Sin leyenda, sin relato, sin fabulación, no habría fiesta de los toros, porque cualquier aficionado que se precie, cualquier aficionado que merezca ser llamado así, constituye, a su manera un narrador: inventa para su recuerdo, las faenas que jamás ha visto, las tardes mitológicas sobre las que ha leído. Yo, que no estuve allí, guardo perfecta memoria, por ejemplo, del día en que don Juan Belmonte, El Pasmo de Triana, dio en la Plaza de las Ventas cinco verónicas sin enmendar, apenas salido del burladero, y dejó inscrito ese episodio en la leyenda. Al parecer, Belmonte había contraido un sifilazo, y andaba lleno de bubas hasta las orejas, por lo que apenas podía moverse.
Un aficionado es previsor, pero no previsible. Si ve nubes en el horizonte, se lleva el impermeable y el paraguas a la andanada de sombra, pero no está dispuesto a aplaudir a cualquier precio. Seguro que tendrá su torero, pero ese torero tendrá que ganarse, toro a toro, su respeto y su homenaje. Los aficionados son los que corrigen las derivas espectadoras de las plazas, y su ejemplo debería servirnos como metáfora en la vida de todos los días."
Post data: Me he permitido traer hoy aquí este humilde retazo de este autor, porque, si viviera, sería lo que pensaría un gran taurino de nuestro pueblo, gran amigo de una infancia perdida ya, la mía, en que ni siquiera sabía que me gustaban los toros. Es continuación de mi anterior escrito De profesión tertulian@ progre. Julian, Niño chico, va por ti.