jueves, 5 de junio de 2008

Consideraciones desde Zahara

Estoy sentado en la terraza del Clandestino mientras se oculta Lorenzo tras las lomas del Parque Natural de la Breña. Lo hace, dorando los tejados de Barbate, en una despedida que es sólo un hasta luego. Lo hace, dejando tras de si una penumbra que no hace agradable el flojo viento que sopla. Lo hace, jugueteando con la arena de la playa y el suave oleaje de la mar. Lo hace, como cada atardecer, desde que el mundo es mundo, porque todo se va para luego volver, de una u otra manera; porque mañana, otros afanes sustituirán a estos, aunque él siga ahí. Amanecerá y seremos nosotros pero, a la vez, otros nuevos. Es el ciclo de la vida, del que no escaparemos, ni las vacas retintas que pacen en las dunas, ni los pájaros que revolotean sobre sus cornamentas, ni los atunes que caen en las almadrabas de los pescadores, ni -claro está- nosotros. Todo se acaba para que todo vuelva a empezar. El Tiempo pasa aunque, a veces, parezca que las cosas se repiten, que vuelve el reló, que todo es como era antes. Falsas apariencias. Engaños de la memoria. Esta copa de Tierra Blanca que ahora me bebo, no es la misma de hace meses y, sin embargo, en ella están todas aquellas que bebí porque su sabor me trae aquellas sensaciones. Este Indiana Jones, no es el Harrison Ford al que idolatré, en las tardes de domingo en el cine Fantasio de Pagés del Corro, pero, sin embargo, ha llevado a este cateto igual de entusiasmado frente a la gran pantalla. Estos duelos de madrugada, entre Celtics y Lakers, no son los de mi infancia porque en aquellos días, no era yo amarillo californiano como ahora, quizá, porque el único español que había por allí era el tal Ramón Trecet y, sin embargo, tengo la impresión de que, este cuento, lo viví ya. Es la experiencia, esa señora que mata, poco a poco, a la inocencia. Veo, delante de mi mesa, unos niños que hacen rabiar a un perrillo blanco. Son mis hermanas, junto a uno que es clavado al enano que fui y a mi único chucho. ¿O son otros?. Entonces, andando, aparece mi mujer, Pilar, el faro que ilumina la travesía de mi barco, la ilusión y la pasión de mi existencia. La rubia cabellera se le enreda entre las patillas de las gafas. Viene sonriendo, como siempre, como desde que la conocí, hace dos años, ahora, en estas fechas y me pregunto: Como será una vida sin amor, viendo pasar los soles y las lunas y, pensando, que todo es lo mismo que ayer.