viernes, 27 de junio de 2008

El niño

Erase una vez, un niño que no hacía otra cosa que pensar en el Fútbol. Un niño que había nacido, bético, el año en que los alemanes le quitaron su Mundial a Cruyff. Un niño que se había criado, yendo los domingos tras cruzar por un taller, a ver jugar al equipo de su pueblo a un descampado donde, ahora, hay un Centro Comercial. Un niño que tenía un Padre que era taxista, mecánico, camarero, entrenador... y este, a su vez, tenía un primo con el que veía los partidos y que, ahora, es vecino de ese niño (¡que ironía!). Ese niño, tenía una ilusión, la de poder ver el partido con los mayores, en la Peña del Betis que había en la calle mariquita o, Hernán Cortés, arco abajo desde la Plaza, al Convento de la Calle Real. El partido era después de las notas y, ¡mira que desgracia!, ese año, a cierta gallega, a quién Dios guarde en su gloria y, que se llamaba, Señorita Suni, le dio por suspenderle matemáticas y lengua al niño. Pero el niño, no se iba a dejar vencer tan rápido. Había tenido que ir al cole por la tarde porque había más críos que clases (hablen nos a los de aquellos años de lo de la ratio y tal). El matón le quitaba la merienda y, encima, a la Selección (¡qué pamplina es esa de la roja!) le dio por jugar toda la clasificación en Sevilla y, su Padre, no le había llevado a ver ningún encuentro, ni siquiera el de Malta en el Villamarín, porque decía que con un resfriado no se iba y que, por la noche, los niños se resfriaban. Total, que allí estaba el niño, vestido para dar el paseo con su madre y hermanas, agarrado al carrito de la pequeña pero, deseando irse con su Padre a ver lo que era insólito, España, la de Gordillo y Rincón, en la Final de la Eurocopa. El rival era Francia, la de dos españoles, Amorós y Luis Fernandez, la del país que nos tiraba los camiones de fruta y que tanto coraje nos daba (y nos da, que al niño no se le ha olvidado), la de un canijo con el pelo rizado y con el diez en la espalda de su camisa azul, Michel Platini (el gordo (ahora), que se sienta junto al Rey en el palco y que preside la UEFA). ¿Qué podía hacer el niño?. Prometer aprobar en Septiembre. Y eso hizo. Su Padre, se conmovió y aceptó porque, el niño, era bueno... y noble... y le gustaba esto, como a él. Y él se iba a encargar de que le gustase más aún, pero eso el niño todavía no lo sabía. En fin, que se lo llevó a la Peña, con Vicente, el del Matadero; Paquirri, Ramón, el Moreno, su hermano Pepe y su hijo Hipólito, que ese verano le iba a dar clases para que aprobara. El niño se sentó en una caja de Coca-Cola, frente al ventilador. Pero no pudo ser. Por debajo del mandil de Arconada se fue la suerte de toda una generación y eso, al niño, no se le olvidó... ni sus promesas. Fue un buen chiquillo, aprobó, lo hicieron esa temporada socio del Glorioso y, fue a ver muchísimos choques de España con su Padre porque, al hacerse mayor descubrió que, poniéndote una bufanda y un buen chaquetón, también a las ocho y media de la tarde, se podía ir al campo. Eso sí, al niño no se le olvidaron las caras de derrota de todos los que allí estuvieron y juró, que viviría para ver esas camisetas que tanto corrieron y con tan mala fortuna, levantando ese ánfora plateada. Han pasado veinticuatro años. La Peña cerró y volvió a abrir en la calle Majón o Jesús del Gran Poder. A algunos de los de aquella tarde, los recojió la de la guadaña y se los llevó, camino de la cochera de Ruina. La hora de cumplir la promesa ha llegado. Venced para que se fastidien Urqullu o Puigcercós, o, para que se alegren todos los demás del país, o, mejor aún, venced por el niño, por este o, por ese, al que un Padre cualquiera, intenta aficionar al mejor y más bonito deporte que existe, digan lo que digan Sánchez Dragó, Marta Sánchez, Ramoncín o la madre que parió a todos esos intelectuales de tres al cuarto que, para destacar en su mediocridad, intentan poner a una mayoría de personas de amantes del balompie, la etiqueta de bárbaros e incultos.