domingo, 28 de septiembre de 2008

Robin Goldstein

Ya saben cual es mi opinión sobre la gastronomía. Saben que soy completamente autónomo a la hora de elegir mesa, mantel, botella y copa. Me gusta lo bueno, como a todo hijo de vecino. He comido en alguno de los templos gastronómicos de este país -España, creo que se llama-. En algunos, he pagado con gusto. En otros no. Hay garitos que son una delicia y presuntos santuarios, donde la pamplina pretende tapar el hecho de que lo que te dan, es corrientito. Por eso estoy con este tipo, con Robin Goldstein, un señor que se ha propuesto derribar todos los mitos culinarios. Los mitos y los prejuicios. Su empeño es devolver al consumidor el criterio para decidir que es bueno y que es malo, en comida y, especialmente, en la cata de vinos. Robin no es un cualquiera. Este estadounidense ha viajado por casi todo el mundo y tiene publicadas más de treinta guías de viajes y cuatro monográficos sobre los restaurantes de su nación. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Harvard e hizo un doctorado en derecho en Yale. Es el fundador y editor de las famosas Fearless Critic, unas publicaciones de crítica gastronómica independiente, donde animan al personal, a ser severos, con el que intente cobrar a precio de entrecot lo que no es ni filetito. Vamos, que no es el chofer que lleva a los niños al colegio en mi pueblo. Vive de esto y sabe de lo que habla y escribe.
Hay muchos modos, y muchos campos, donde convertirse en un artista aunque, personalmente, tengo debilidad por los que lo son en desmontar patrañas, en cargarse inventos con los que, el espabilado de turno, pretende ponerse las botas. Ya saben, el que roba a un ladrón... Por eso, este nota, es un artista. Porque no me digan que no hay que tener arte para inventarse un negocio, ponerlo en un sitio inexistente, hacerle una carta y otra de vinos, meter en esta última lo que peorcito ha puesto alguien y, finalmente, lograr que, para el mismo, sea considerado premio a la excelencia. Lo ha hecho con su L´Osteria L´Intrepido de Milán. Se lo ha hecho a Wine Spectator. Lo peor es que, en vez de callarse y tragarsela, los chicos de la revista se han justificado señalando, que ellos no visitan, personalmente, cada sitio que se presenta a concurso. ¡Toma ya!. Entonces, queridos mios, ¿podéis contarnos como coño sabéis que es excelente?. ¿Tenéis telepatía?, ¿sois videntes?... o ¿sobornables?.
¡Osú, osú, osú!, sirva este caso, traido a la negra página de mi maravillosomundo, como prueba irrefutable de que, ni hay gurús, ni nadie tiene la capacidad de decidir por ti, por mi, por nosotros. Intentemos ser como Robin y, pensar, que a estos, que tan alegremente te recomiendan desde sus cómodas poltronas, algunas veces -no digo todas- los mueve el interés económico. Intentemos ser críticos con lo que pagamos, sobre todo si es caro y, llegados a este caso, pensemos si lo que, como consumidores supuestamente libres y no condicionados, nos quieren cobrar, tiene ese valor y de que, en el precio final, no están cobrando lo que en un sobrecito, hay que meterle a unos simples vendeburras.