jueves, 6 de noviembre de 2008

Amanece en la carretera

Ni noche cerrada, ni día abierto. En el entreacto de la mañana que empieza a asomar, el ronco despertar del motor, despierta en mi sensaciones que creía olvidadas. Busco, callejeando por el terruño querido, el duro inicio de mi jornada laboral. La brújula señala el oeste, dirección Onuba. Primero Tomares, luego Castilleja de la Cuesta mirando a Espartinas, partiendo sus costuras mientras atravieso su alma para llegar a Villanueva del Ariscal, tierra de cepas ya vendimiadas, uvas que reposan en madera esperando su pureza, la de los almanaques también. Hace frío y tibios rayos de sol intentan abrirse paso, entre los verdes olivares que, aún escarchados por el relente matutino, esperan, a los últimos héroes, que aún verdean en el alto desde el que se divisa la urbe. Paisaje inmutable de una comarca que, a fuerza de reinventarse a si misma, ya no se conoce cuando se mira la cara en el remanso que, ahora, es el río Pudio. Son los usos, que no las costumbres, de un tiempo que se agota. Caras de una pobreza que cambió de continente para -quien sabe- lo mismo si sigue la cosa así, tener que volver a su primitiva faz, a sus primeras manos, a bañar de sudor la tez morena de aljarafeños de cuna y no de sudamericanos o africanos, hijos de otras como esta, pero no de nuestra madre tierra. Lentamente, una a una, van sacando de entre las retorcidas ramas, las aceitunas. Es el inicio de un parto que, una vez se acumulen, en los macacos, las suficientes olivas, proseguirá, con el traslado al molino de Gines, donde serán prensadas y transformadas, en oro líquido para terminar en cualquier tostada, de cualquier tasca o, a lo mejor, si su viaje es más corto y, simplemente, son machacadas y aviadas, terminar acompañando una cerveza o un mosto, cuando el rocío del alba, ese con el que se marchan carretas a Doñana y empiezan alegres dianas de romerías varias, sea un vago recuerdo y, plenamente, Lorenzo caliente el mediodía.
A lo lejos, aún, diviso Salteras. Gracias a los atascos, el caminar es lento y puedo recrearme, desde el curioso escaparate que es el parabrisas de un autobús, en la bella estampa de unas calles que se encaraman, hasta la torre donde reposan las campanas de la Iglesia. Olivares y el barroco esplendido de su plaza central, quedo en mi espalda. Me dirijo a Valencina de la Concepción, atravesando las inútiles -de momento- vías del ferrocarril cuando pienso que, por este canto sutil a la hermosura de las cosas sencillas que, cada amanecida vivo desde, va para catorce años, quizá quien debería pagar sería yo.