sábado, 15 de noviembre de 2008

De José María García a José Ramón de la Morena

Desde mi más tierna infancia, han sido pocas las cosas que me han gustado más que escucharla. Recuerdo, sin dificultad alguna, como cada día, llegada la hora bruja, me iba a la cama, contentísimo, sintonizando Antena 3 radio, en un aparato que también era despertador con una marca curiosísima, Oskar. Era gris, daba la hora en una pantalla frontal con unos números verde chillón que llenaban de luz todo el dormitorio y, tenía un mecanismo que hacía que cada cincuenta y nueve minutos, invariablemente, se apagase. Ahí, en esas vigilias escuchando al comunicador más grande que, dicen, ha dado este país, empecé a hacerme adulto. Descubrí que había un señor que presidía la Federación de Fútbol llamado Pablo, Pablito, Pablete Porta. Me enteré que usaba el coche oficial para pasear al perro y que había árbitros halcones y árbitros palomas. Estuve en el Congreso cuando el 23-F. Algunos de los que acompañaban a este presentador, que no estudió Periodismo, como hasta la saciedad luego nos han repetido como si con eso se deslegitimara su buen ejercer en el oficio, ahora son estrellas mediáticas de las ondas actuales: Alfonso Azuara, Javier Ares, Gaspar Rosety, José Manuel Estrada o Pipi y, por supuesto, José Ramón de la Morena.
José Ramón de la Morena fue su heredero en el liderazgo de las noches hispanas. A mi, como a una generación entera de jóvenes, nos cautivó por su frescura, por el tratamiento divertido que le daba al deporte, por la ausencia de polémicas en las que, las más de las veces, el periodista era protagonista de la noticia, por la pluralidad de temas, por el elenco de colaboradores. Llegó y desde los micrófonos de la SER, se hizo el amo del cotarro, borrando, poco a poco, cualquier recuerdo de aquel al que nos presentó como un dictador de la información, un manipulador, en suma. Butanito -así lo llamaba- fue languideciendo. Primero en la COPE, más tarde en Onda Cero. No fue, con todo, su caída inmediata. Fue suave, solemne, pausada, como sus palabras que, también, eran claras y concisas; como ese saludos cordiales, con el que nos daba la bienvenida a su programa. El nuevo mesías nos colgó de su Larguero prometiéndonos una nueva manera de comunicar, una nueva forma de contar las cosas pero, al poco, terminó por hacer lo mismo que tanto criticaba. En todos los circos se metía. Nada podía suceder sin que el lo mediatizara, lo condicionara: Colocar a sus amiguetes en los clubes. Juzgar si las sanciones eran o no proporcionadas. Mediar en las guerras por los derechos televisivos. Lo intenté en otros puntos con idéntico resultado. Todos querían el trono vacante del rey. Fue tal el hartazgo que llegué a echar de menos a José María García y, ante la falta de independencia en el dial, terminé por no encender el receptor y abandonar mi maravillosa costumbre. Por eso, aún hoy, me pregunto, para un viaje de ninguna parte a ningún sitio, ¿necesitábamos estas alforjas?.