martes, 2 de diciembre de 2008

Cincuenta años de amor a unos colores

Aquello sería el colmo. Imaginen se la situación: Unos disfrutando de una etapa de bonanza como no se conoció hasta hace poco y, los otros, aguantando estoicamente burlas, mofas, bromas de dudoso gusto, humillación tras humillación, un sufrimiento al que nadie parecía ponerle fin y, sus colores, esos tan hermosos y con tanta carga de sentimiento, los que enseñorean la bandera de una tierra que, como la filosofía de esa gente, tanto sabe de padecer, verde y blanco, blanco como la luz que cae del cielo y verde como la que nunca les tuvo que hablar para que no perdiesen, precisamente, su nombre, la esperanza, pisados, vilipendiados, arrojados a un abismo del que pocos, menos sus fieles, creían que sería capaz de salir.
Y fue tan grande que, para que esos días de fiesta, tan merecida, tan ganada a pulso, tanto tiempo esperada y, por fin, conseguida, para que esos gozosos momentos no se olvidasen, decidieron que iban a darle el homenaje máximo que darse puede a sus dos tesoros, al de toda la vida, a su Betis y, al nuevo, a ese icono que se había hecho mayor en la atardecida de un campo que se inauguraba, el de los que tanto se habían regodeado en el padecimiento ajeno, esos que, en una calle, habían colocado el cadáver de un animal fallecido al pie de un árbol pintado con cal, con una siniestra inscripción: "Cuando el gato suba a la palmera, el Betis será de primera".
No sé si un felino muerto es capaz de trepar, que pienso que no, pero lo que, seguro sé, es que el equipo de Heliópolis subió de Tercera a su sitio, la División de Honor, justo a tiempo de darles una lección a los que, tan rápido, mataron a los, inmortales, genuinos, únicos, representantes del pueblo, por mucho que ahora anden, por ahí, algunos, intentando reescribir lo que no es más que Historia. Ese ocaso de septiembre, sucedió para que, por los siglos de los siglos, quede constancia de que un tal Luis del Sol, Cascajares por su madre, abrió, no un estadio, el Sánchez Pizjúan, sino un tiempo, el de un grupo de locos que se liaron la manta a la cabeza y crearon ese monumento vivo de amor a un escudo, a una leyenda, a un mito, la Peña de Castilleja de la Cuesta del Real Betis Balompié, que, hace pocas fechas, cumplió sus bodas de oro, tan joven como siempre y dispuesta a que la verbena que se inició hace cincuenta años, no se acabe tan pronto como auguraron que iba a hacerlo.
Si miran bien, entre sus paredes, no solo encontraran fotografías de un pasado amarillento. Encontraran, recuerdos de un ayer que vuelve una y otra vez. La mano encallecida del Padrino que viene del campo, donde Meina, donde Las Cantoras, donde el Albajañez te lleva a Valencina, para llevar a ese niño chico a escuchar como Portu, Ríos, Soladrero, Bosch... vencen al Madrid de don Alfredo. Encontraran al Moreno, organizando el autobús del domingo para el partido con el Sabadell. Encontraran a Marquez, al Coca, a Vicente, el del Mataero y a Paquirri, de tertulia. Al Huerterito pronosticando victorias imposibles (y acertando). A Manolo Carmona, leyendo en la biblioteca y, escribiendo, cualquiera de los tomos de esa Historia que está por publicar. Eso es lo que tienen que buscar pero no lo hagan con la vista, haganlo con el corazón, ese que, ininterrumpidamente, lleva latiendo medio siglo, al son de los palillos de Jesús Rajita. Eso es lo que hay, ahí, en esas paredes de la calle Majón o Jesús del Gran Poder. Mucho amor a una escuadra y a un club, mucha buena gente, mucho Manquepierda y mucho Betis.