martes, 16 de diciembre de 2008

Sobre el Hotel Eme

De verdad, no se como empezar. Estas líneas que leen, son el intento número mil (o dos mil, que se yo) de hablar sobre algo que me va a ser doloroso, porque hay amigos por medio y, sobre todo, porque esta circunstancia, exige sacrificios que hay que realizar, en aras de una mejor convivencia. Eso sí, tengo claro que, el cariño sincero que siento por esas personas, no va a variar un ápice mi manera de conducirme por la vida y, mi honestidad, me pide que cuente mis experiencias. Vaya por delante que, el establecimiento que con el nombre Eme Fusión, sito en la calle Alemanes, de la muy noble, leal y novelera ciudad de Sevilla, no me parece la maravilla que, desde el minuto uno, los modernos de esta plaza, nos intentan vender. Vaya por delante que, hasta el día de la fecha, lo he visitado e, incluso, he disculpado detalles que, en cualquier otro lugar, hubiesen sido más perdonables, pero, ciertamente y, para ser justo, aunque haya profesionales en la nómina de ese sitio, que dignifican mi vida con su amistad, si a un hotel queremos darle la categoría que tanto presumimos que tiene, hay que hacerlo cuidando todos los detalles, no solo los estéticos y, las estrellas que adornan el currículum de la casa, me parecen excesivas para lo que te cobran, desde el instante en que pones tus pies en el zaguán que hace las veces de recepción, porque, cuando uno paga por estar en un cinco estrellas, paga por un trato especial, porque lo traten como si fuese el cliente más importante, por sentirse único. Paga por las experiencias, en suma y, aquí no se cumple el trato pues, la factura, supera con creces lo que te dan. Tengo que aclarar, que mi presencia allí, desde las trece horas, treinta minutos del Sábado, fue consecuencia del regalo maravilloso que una maravillosa pareja, María y Pedro, quiso tener para colmar nuestro respeto y conocimiento, por lo que, en consecuencia, creo que los más estafados fueron ellos, pues pagaron por algo que no es exclusivo, ni de lejos. De todos modos, Familia Gonzalez, muchas gracias, el detalle es lo que cuenta y, para nosotros, los Navarro Rivero, ustedes son, no seis, ni siete estrellas, sino diez... por lo menos.
La primera vez que fui a Eme, fui en una visita guiada por una magnífica Relaciones Públicas que, tras enseñarnos todo lo enseñable e, incidirnos en el carácter elitista, vanguardista y mega-fashion de las instalaciones, concluyó con la degustación de una manzanilla sanluqueña en una copa de champán. Este detalle, habría que consultarlo con un especialista de estos caldos, mi amigo Antonio Barbadillo que, no creo, lo hubiese aprobado. A cada cosa lo que es de cada cosa y, al Cesar lo que es del Cesar, inventar la pólvora, a estas alturas, está algo, repito, algo, complicado, luego, no poner este vino en su recipiente más característico, el catavino, solo puede interpretarse de una de estas formas: O es Moet lo que nos quieren dar y se han quedado cortos de presupuesto, o han abierto de prisa, corriendo más que Usain Bolt y no tienen el menaje completo, o están pretendiendo decirnos que, así, de esa manera, es como, los que tienen estilo, toman el manjar que se cría en la desembocadura del Guadalquivir. Si es la primera opción, triste me parecen los quiero y no puedo. Si es la segunda, la calidad se mide en esos imprescindibles elementos, que deben estar en el ajuar desde antes de abrir las puertas. Pero, si es la tercera, sólo decir -rico refranero, el hispano- que los experimentos... con gaseosa y, las lecciones de glamour, mejor que las de el Vogue.
La segunda vez, fue un almuerzo en su restaurante japonés, con servicio de Ikea, por que, por si no lo saben, la cosa funciona como en la escandinava tienda de mi pueblo. Te cascan en la mesa la lista en el oriental idioma, con un minilápiz y, tú mismo te lo administras, avisando al guaperas que tienen para atenderte, entre peinado y peinado, en las dosis que te apetezca y según estés de puesto en el idioma de los habitantes de Tokio. Tienen, además, lo que se denomina "show cooking" o, en garbanzos y chícharos, un cocinero guisando en el comedor. Dos puntualizaciones: Que el chef no tenga los ojillos rasgados, da que pensar, pues no es lo usual. Que la campana extractora de humos no tire como tiene que tirar, no da más que para reflexionar que las prisas, son malas consejeras. Casualmente, nos acompaña en ese refrigerio un amiguete que se dedica a la construcción y que, afirma, tajantemente, que de singular, el espacio tiene poquito. Cortar y pegar, como en el Windows. Esto de un edificio de Barcelona, este lavabo del Arquitectura y Diseño. Un refrito, vamos. Las copas nos las tomamos en su cafetería, Veinte pasos y, nos llevamos el sorpresón del año. Es el primer garito donde se han propuesto erradicar la fea moda de beber alcohol (ironía on) pues, solo así, se explica que en la carta de bebidas tengan más referencias de aguas que de whiskies. Te puedes tomar una de Nueva Zelanda pero no un Johnnie Walker. El servicio, es de línea cofrade. Lo que te vas a tragar, lo traen hermanos costaleros (ironía on, second time). Eso sí, guapos y guapas, un rato los tipos. En mi época de soltería, me hubiese gustado conocer esa escuela de hostelería.
Tercer intento, tarde de café con pareja amiga con bebé en cochecito. Creí entender que, las setas calefactadas a butano que se ponen en las puertas, se ponen para que, cuando no caben más en el interior y te tienes que sentar en la fría calle, el calorcillo te reconforte. Craso error. Estas estufas, se encienden a capricho del camarero y, las siete de la tarde del mes de Noviembre, según nos comenta el ínclito amigo, no es hora para que tengamos miedo al relente. Otro suceso: tras el café, hay quien gusta de tomar un vasito de un líquido elemento insípido, incoloro y sin olor. H2O, para que nos vayamos entendiendo. Si no lo haces de su celebérrima carta o, lo que es lo mismo, si quieres degustar la famosa especialidad hispalense de grifo, la espera, tiene el obsequio final de que tienes que engullirla en un vaso con los labios de una cualquiera. O eso, os es que también han abierto sin lavavajillas.
Cuarto intento. Paseando, con mi señora esposa, una tarde, aún no muy fría, del otoño de nuestra Híspalis querida, decidimos tapear en su Milagritos. Nos cae la noche en to lo arto, que diría Donmanué, y nos cobijamos en su interior. Parece ser que, el dueño tiene que ser de Bilbao centro. Sólo así se explica, la pertinaz costumbre de mantener la puerta abierta, pese al gélido viento que entra en el recinto. Lo mejor su tapeo. Lo peor, tener que pedírselo a un chico que, de español anda escaso o este cateto, de francés, pero que tiene que ser un crack, sirviendo... en Lyon o en Burdeos, y, por eso, lo habrán traido. Puestos a elegir, me quedo con mi Jesús que está muy, pero que muy, por encima de la media. Sólo él y Rafa, en el gourmet, salvan el tipo. Ellos y mi adorado Antonio, al que queda por delante un trabajo de enanos para poner el servicio a la altura de las expectativas.
He dejado, para el final, lo de mi presencia en sus renombradas habitaciones. Doy datos de la que conozco, la 314. Descripción general: Consta de puerta, no insonorizada, por la que penetran los ruidos del pasillo y de la escalera que te conduce, parece ser, a las suites, donde se sube cantando alborozado por lo que pudimos comprobar, en la tarde del sábado. Tras llamada al mostrador de admisión nos indican que nada pueden hacer. Prosigue con dos camas, orientadas a la citada puerta y a cuyos laterales, asoman dos balcones con cristaleras de climalit, a testar nuevamente en controles de calidad, por su escasa, nula mejor, capacidad de aislamiento. Cualquier intento de hacer que el aire de la habitación caliente, choca con la obstinación de la máquina. Avisamos al servicio de mantenimiento que, manipula de idéntico modo a nosotros los mandos y que, con un termometro digital, constata que la calidez de la estancia es la adecuada... si te has criado en Groenlandia y no en Castilleja de la Cuesta. Nos sugiere que coloquemos a tope la temperatura del termostato y que, una vez caldeada la sala, devolvamos la misma a parametros normales. Actuamos como se nos indica. A las dos de la tarde, situamos el aparato a treinta y dos grados. La abandonamos, al día siguiente, sin haber podido cumplir lo requerido. El cuarto de baño está dividido en dos partes. En el habitáculo, espejo y lavabo. En un reservado, water, bidé y ducha. Esta última, encajada en un rincón y aislada con una puerta de apertura frontal. O eso creiamos hasta que nos duchamos. Cuando el aseo termina, hay más jabón y charcos fuera de la mampara que dentro. Intentamos arreglar el desaguisado colocando toallas en el suelo y avisando a la camarera de piso. Nos asiste, rauda. Seca el piso con una fregona y retira las mismas. Lo malo es que las retira para siempre, sin traer otras nuevas. Tras estos incidentes, decidimos salir a dar un paseito y almorzar. Llueve. Solicitamos un paraguas en la entrada. Nos facilitan uno, (para dos), de publicidad y nos piden a cambio, el número donde estamos alojados. Tienen que ser caros, de... narices, para protegerlos con tanto celo. Si tenemos en cuenta como medida de valor, el precio de un patito de goma que se encuentra en nuestra habitación, diez euros, y medimos por la altura del elemento, lo mismo, lo barato es alojarse y no comprar su publicidad. Volvemos a las tres horas e, ilusos, pretendemos acceder a las instalaciones reservadas a los clientes alojados. En el bar, nos sientan, tras durísimas negociaciones en un mullido sofá donde nos soplan por un gin-tonic y un té, dieciséis euritos. En medio de la charla, hace acto de presencia una relaciones públicas del local y nos indica que, con prontitud, hemos de abandonar el mismo pues se encuentra reservado para un cumpleaños. Lo hacemos, no sin indicar que somos huéspedes. A la tipa el hecho se la sopla. Al ir a pagar, exhibimos la tarjeta de fidelización. El precio sigue inamovible. Luego, ¿a cambio de qué entrega uno sus datos?. No lo sabemos. Decidimos irnos a nuestra casa prestada. Allí pasamos la tarde-noche, acurrucados en la cama e, iluminados con las únicas luces que la habitación posee, las del cabecero. A las dos de la mañana, luego de múltiples intentos de conciliar el sueño, nos vemos obligados a llamar, de nuevo, sí, de nuevo, a los miembros del staff. Una de las salas, abierta al público tres plantas más abajo, es un hervidero. Nos indican que el ruido es el normal y que no desesperemos, queda poco para el cierre. ¡Para ese viaje, no necesitamos alforjas!. A la mañana siguiente, bajamos a desayunar. Buffet, minúsculo. Una máquina muy moderna de café, de esas que andan con pastillas, pan tostado, yogures varios y unos cuantos zumos, así como lo indispensable para afirmar que, bollería, hay. De la prensa ofertada, mejor ni hablar. Diario de Sevilla, El País y Herald Tribune. Punto y final. Máxima categoría en la hotelería sevillana, hoy en día, con un par. Del numerito de la llave de plástico, mejor no hablar. Depositen la en las manos de la recepcionista antes de que se la soliciten sino, el rapapolvo, puede ser de los que hacen época.
Esto es lo que hay, señores y señoras, he querido ser, lo más objetivo posible. El dueño de este negocio es constructor. Construyendo sueños, no es nada hábil, que digamos y, si el Eme Fusión es un sueño o no, del ramo y un lujo, para nuestra bendita provincia, sólo el tiempo lo dirá. A esta hora, lo mismo he perdido algún amigo. Me importa, pero no me quita el idem o, al menos, no más que me lo quitaron hace tres noches que, que se sepa, es a lo que se va a donde fui, a dormir pero no para tener pesadillas, sino, para descansar.