sábado, 20 de diciembre de 2008

El encargado del bar Laredo

Sucedió en el bar Laredo y, para mi, es el paradigma de que todavía quedan personas para las que, su trabajo y trabajar, son un bien sagrado, algo que hay que mantener a toda costa y para lo que, no basta con ir a hacer todo lo que se puede y lo que te piden, no; trabajar es ir a dejar lo mejor de uno mismo, el total de las capacidades que uno posee, esforzarse hasta el extremo e, intentar que la empresa que a uno le paga, tenga el máximo beneficio del salario que desembolsa por uno y, sobre todas las cosas, la máxima satisfacción por haber elegido nuestra presencia y no otra. Si esa ética, si esa honradez, si esa decencia, la tuviesemos todos y nos aplicásemos, con el mismo esmero con el que pedimos derechos, estoy seguro que, nuestros índices de eficiencia y de productividad, mejorarían y, lo harían tanto que, igual, esto que les voy a contar, no me hubiese sorprendido.
Como les digo, sucedió en el bar Laredo. Fue el pasado sábado y con el sitio, para variar, atestado. En otras circunstancias, el hecho me hubiese tirado para atrás porque no me gustan, especialmente, los espacios masificados pero, el caso es que, desde la barra, me hizo una señal el encargado del local indicándome que, en un rincón de la misma, iba a quedar libre, en breve, un sitio. Y como llovía, le había dado la vuelta a todos los bares del centro y no había estado nunca allí...¡Blanco y en botella!. Total, que me acomodé, me senté en un taburete y descubrí, con entusiasmo, que comer en esa ubicación, iba a ser una buena idea. Mi primera sorpresa fue descomunal. Había espacio. Parece ser que, en la reforma, a alguien se le ocurrió poner algunos centímetros de más para que, aparte de platos, cupiesen también copas, un servilletero, la cestita del pan... y alguna cosilla más. Para colmo, no más estuve colocado, ya tenía al camarero ofreciéndome la carta y tomando nota de la bebida. El resto fue, en la misma línea de eficiencia, disponibilidad y amabilidad. Entenderán que, que le sirvan bien a uno, no es noticia, aunque viendo algunas cosas que uno ha visto y hasta contado aquí, quien sabe, lo mismo, sí. Las viandas, como corresponde a un establecimiento del grupo Robles, sensacionales, por supuesto.
La anécdota, no obstante, vino a los postres, cuando la bulla ha aminorado. El mismo chico que no ha dejado que, una vez he entrado en el local, me pire; el mismo que no pierde de vista ningún aspecto que haga que los clientes allí presentes, sientan la mínima incomodidad; el mismo que, laborando como el que más, se preocupa de vendernos lo mejor de su carta, en lugar de aprovechar el receso, para echar el cigarrito, una charla y, pongan el etcétera que quieran, suelta, para que todos lo escuchásemos, la siguiente frase: "Camarero parado, soy un gasto, pidan me". Y me ha dado por pensar que, esa es la política que hay que seguir en el mundo laboral. Verse como un gasto e intentar, trabajando, que nos vean como una inversión. Hacer que nuestras acciones personales suban en el mercado. Ser más competitivos. Como el encargado del Laredo al que, auguro, una larga carrera profesional, no solo en la hostelería, sino en el sector al que quiera acceder.