domingo, 21 de diciembre de 2008

Veinticinco años de una hazaña

Esta noche, cuando, desde mi butaca de voladizo, del estadio más mágico del maravillosomundo, vea, como dirimen, como litigan, como porfían, por los tres puntos en juego, mi Betis y ese histórico dirigido por un histérico, denominado Athletic de Bilbao, del País Vasco, región de España, mi imaginación, me llevará a un miércoles de hace la friolera, de veinticinco años, y, me atrasará a ese día porque, esa atardecida de invierno, sucedió, acaeció, lo más insólito que vieron mis ojillos de niño. La selección de Miguel Muñoz, la de Santillana, Maceda, Rincón y don Rafael, Gordillo el de las medias caídas, se llevaba por delante, a unos malteses que habían aterrizado en nuestra urbe, pensando que los milagros no existían. El marcador lo conocen de sobra. Las connotaciones históricas y sociales, también. Lo que supuso para nuestro país, ídem. Lo que no saben es lo que significó para mi.
Sé que, esa fecha, todo el mundo recuerda donde estaba. Es un día clave para entender la infancia, la juventud, la madurez de uno. Es, como el día de la Comunión, el de la Boda o el del nacimiento de un hijo. Es un día llave, si me permiten el símil. Yo era un niño de apenas nueve años. Esa semana llovió, se cayó la tapia de la finca de los Maristas y, todos los de mi edad, nos pusimos ciegos de comer naranjas recién pilladas de los árboles, gratis total, ante la desesperación de los Hermanos. La Calle Real era un río que corría desde Monterreyes al Embrujo y, mi amigo Sergio Adorna, inventó un juego que consistía en colocar dos papeles, uno para él y otro, lógicamente, mío, pintados uno en rojo, el de España y otro en blanco, el de Malta, que poníamos en la puerta de su casa, en la cuneta por donde bajaba el agua y que perseguíamos, hasta el cruce de la carretera de Tomares, entonces, donde hoy se encuentra la rotonda de acceso a la población, mientras los arrastraba la corriente. Siempre llegaba primero el papel de los extranjeros y aquello, nos mal traía. Jugamos en el campo de albero de la barriada, dos o tres partidos y, como nadie quería ser de los de la cruz, terminamos por hacer Betis-Sevilla. La noche de marras, nos sentamos, todos en pijama, en un sofá que entonces había en casa, marrón oscuro con rayas color chocolate, que se componía por módulos. Mi padre, mi madre, mi hermana Mari Luz, que no aguantó el choque entero, durmiéndose y, quien escribe. A mi hermana Lorena, en aquellos días, un bebé, la acostaron antes. En el entretiempo, ninguno de los allí presentes pensábamos en lo que, posteriormente, sucedió. Corrijo, ninguno de los allí presentes, ni el resto de ciudadanos de esta bendita nación. Por eso, creo que pasó. Porque así somos los españoles. Imprevisibles, heroicos, quijotescos, inauditos. Por eso y porque nos lo merecíamos. Fueron tiempos de desgracia. Atentados, accidentes aéreos... mucha penuria y, la victoria, fue como cuando sale el Sol luego de una tormenta. Lo más emotivo fue, sin duda, cuando Señor metió el último gol en la portería de Gol Norte. El tresillo salió despedido por todo el salón, mientras nos abrazábamos y los chillidos se escuchaban por todo Castilleja. La explosión de alegría, además, fue compartida en el municipio entero.
Veinticinco años ya, toda una vida. En eso pensaré mientras ruede el balón. En eso, en como corre el reloj, en como hemos cambiado y, en como un partido de fútbol, puede ser el símbolo de la llegada de los buenos tiempos y el pistoletazo de salida para una nueva era.