miércoles, 24 de diciembre de 2008

El puente

Han tirado el puente que unía, desde tiempo inmemorial, Castilleja de la Cuesta y Tomares. Lo han dejado caer de noche, pero con luz y taquígrafos, eso sí, pues aunque tarde, la demolición era no necesaria, sino imprescindible y, en esta acción, creo que existe la unanimidad ya que, hemos pasado de tener uno incomodo y peligroso, a dos amplios y, sobre todo, seguros. Seguros para los que pasen, por arriba y por abajo, que ahí, era donde la historia llevaba más urgencia dado que, los incidentes, con el tráfico pesado procedente de Huelva, eran, si no constantes, digamos que habituales. Luego, hemos ganado todos. Los de la zona castillejana y los de la zona tomareña.
Saltar la A-49 es parte primordial de mi existencia pues, como sabrán, habito a caballo entre las dos poblaciones. Llevo haciéndolo -va camino- tres años. En ese tiempo, me ha dado lugar a vivir, si se me permite la expresión, las realidades de ambos pueblos y, ese elemento tan nocivo, dañino si se quiere, para la construcción de un Aljarafe más vivible, la envidia, se me ha curado. De todos modos, quiero aclarar, que tampoco era de los que no podían ver al vecino de la localidad adyacente, aunque, eso sí, siempre sentí que ser de donde soy, era y es, un sello distintivo, un motivo de orgullo, una satisfacción.
Que esté enamorado de Castilleja de la Cuesta, no quita, de todos modos, que no le vea defectos, pues soy crítico con lo que quiero porque, considero, es la única manera de ayudar a mejorar, a crecer y, a fuerza de ser sincero y con todo el dolor de mi alma, actualmente, se vive mejor en Tomares. Alguno de los que aquí me leen, se va a escandalizar e, incluso, me va a tildar de incoherente pero, llegados a este punto, quiero hacer una aclaración: La Castilleja que sueño, no es la que veo y, uno puede haber caído en el amor, pero no en la locura... ni mucho menos en la idiotez. A ver, si poder decir esto, voy a querer menos que los que no le ven defectos, el sitio donde crecí y me hice hombre.
Los motivos por los que hago esta afirmación, personal y por tanto cuestionable, van fundamentados, en la calidad, absolutamente constatable, de todos los servicios que se ponen al alcance del ciudadano. Hay más limpieza en las calles, más presencia policial, una ordenación más racional de la circulación, más parques y mejor conservados, más zonas ganadas al recreo y la diversión, una mejor oferta comercial, gastronómica, cultural, deportiva y educativa. Mayor implicación del vecindario en todas las actividades programadas, mayor deseo de consolidar sus nuevas tradiciones como la Feria o el Carnaval, mayor accesibilidad a la vida municipal con información constante de todas las decisiones, de lo cual es, ejemplo máximo, la retransmisión a través de un canal propio de televisión de todos los eventos, con especial interés en los Plenos.
Lejos queda, en el tiempo, la fortaleza de quien se presentó, como el paradigma de la calidad de vida. Quizás, la causa de este descomunal adelantamiento, habría que buscarla en la idiosincrasia de unos habitantes, que no se han conformado con lo que se les daba y que, como garantes máximos de sus derechos, al asumir obligaciones, en forma de pago de tasas e impuestos, no han transigido con la política del trile y del enchufismo que, desde las Alcaldías de los diferentes partidos que les gobernaron, trataron de imponerles quienes, una vez alcanzaron el bastón de mando, creyeron logrado algo más que el respaldo de unos vecinos que, gracias a ser tan exigentes y poco aplaudidores de sus mandamases, han logrado lo que, algunos, no es que no vean, es que no les interesa ver y, lo que es peor, pretendiendo tapar sus propias incapacidades, confundiendo al personal. En la formula de este éxito, los más importantes han sido ellos, sin distinción de procedencia pues aquí, a nadie se le pidió ni pasaporte, ni certificado de pureza de sangre, ni se lo excluyó, tampoco, por razón de ideología o por la pertenencia a determinada Hermandad. Aquí, lisa y llanamente, se ha seguido la mejor estrategia posible, buscar de entre quienes se ofrecieron, al mejor gestor, prestarle que no darle, las llaves de la finca y, conminar le, a ser trabajador, eficaz y humilde, sin más y cuando lo ha hecho mal o no ha sido honrado, ponerlo, que para eso era un empleado pagado por el público, en la puerta de la calle. ¿Simple, verdad?. A ver porque no lo hacemos en la acera de Ikea.