jueves, 26 de febrero de 2009

Aufwidersehen

Estoy triste. Muy triste. Rematadamente triste... Y es que -acabo de enterarme- falleció, hace unas semanas, el padre de unos amigos mios que, seguramente, son los mejores que he tenido y (puede que) tendré, en toda mi existencia. Se ha ido muy mayor, con ochenta años y sé, o eso quiero creer, que fue tan feliz, como lo fui yo con sus hijos. Era extranjero, se llamaba Hans y no lo vi nunca, puesto que, se tiraba todo el día trabajando al ser diseñador industrial.
Mis amigos nacieron, igual que quien aquí firma, en 1974. Procedían de una familia numerosísima donde había, desde soldados hasta conductores de ambulancia, pasando por bomberos, médicos, vaqueros y futbolistas. No eran de aquí y, lo que es peor, ni siquiera sé donde pueden estar ahora, pues hace mucho que les perdí la pista. Tenían graves problemas físicos. Sólo podían mover los brazos y piernas, cuando llegaron por vez primera a mi vida. Eran además, muy, muy bajitos, enanos y, lo que es peor, mudos.
Si, donde os encontráis, os llegan estas palabras, escritas desde lo más profundo de mi ser, quiero que sepáis que lo siento, queridos clicks de Famobil. Que siento de corazón la perdida de quien os dio la vida. Transmitir, mi más sentido pésame, a vuestros dos mil doscientos millones de hermanos de siete con cincuenta centímetros.
Dios tenga en su gloria a Hans Beck.

domingo, 22 de febrero de 2009

Esta, también, es memoria histórica

Escribo estas líneas, sentaito en una mesa-camilla que calienta mis piernas del frío invierno que se muere, de manera irreversible. Sobre la mesa, cubierta con un hule, humea una blanca taza de loza de La Cartuja con un café recién hecho y, justo a su vera, reposa abierta una torta de aceite a la que sirve de plato, un fino e inconfundible papel, su propio y característico envoltorio. A mi derecha, en un sillón orejero, mirando por la ventana, mientras un tibio sol la broncea en su pertinaz y diaria observación, de lo que fuera la Huerta de Leocadio, se sienta una señora de ochenta y muchos años, con el pelo blanco, pulcramente peinado; ojos azules vivarachos, rostro arrugado, conversar fácil y que responde al nombre de Carmelita. Aunque ha sido, es en algunos casos, hija, hermana, madre, nuera, abuela y tía, en una familia que la quiere y la escucha -a veces con poca paciencia- su papel, en esta historia, es, el de una moza que se levanta con las primeras claritas del día, baja con pasos ligeros por la calle Mariquita, gira a la derecha y avanza, acurrucaita en una toquilla, dejando los barrancos a un lado, cruzando la calle Majón, santiguándose ante su Iglesia, la de la Calle Real y, entrando, finalmente, por las puertas de una fábrica que desde hace muchos soles y lunas, ni siquiera está donde debiera.
Su papel en este relato es, por más que me pese, el de una simple obrera, una de esas que entrega su vida por un jornal, ganaito a base de matarse moviendo las manos con destreza y rapidez, poniendo su empeño y corazón, en una labor ingrata, callada, oscura, sorda pero eficaz. Es una de tantas que, solo sabe hacer esto desde que en una pubertad aún no muy lograda, entró como aprendiz, para comprender lo que valen las cosas, lo que cuesta ganarlas y lo que se sufre por no poder tener todas las que se quisieran, aún así.
Está criando un niño que, a media mañana, a cambio de los pedacitos que se rompen, le lleva un jarrillo de lata con un brebaje, que es mezcla de achicoria y agua, pero que, pese a que le quema las manos y la garganta, le sirve para meter en calor un cuerpo que pasa muchas fatigas en las naves de altos techos. Va quitando, de esta rutinaria guisa, almanaques de la puerta de la cocina. Ve hasta como su empresa beca a su hijo para que aprenda un oficio. Pasa por los diferentes puestos y, un buen año, su carrocería dice basta teniendo que irse a casa, jubilada. Pero no por completo. Su cabeza sigue trayendo constantemente momentos de un ayer que está muy vivo para quien fue feliz haciendo lo que le tocó, en el sorteo divino, como le había tocado a todo un sitio en el mundo.
Y al cabo, ¿quieren saber cual es el pago que está encantada de recibir?. Se lo digo. Su pago es seguir viendo, a la compañera de ese humeante café líquido que se enfría, a su lado, como la esposa perfecta de un matrimonio que lleva casado cien años, el de Saimaza, o Catunambú, o Bonka, con Inés Rosales, una dama que es el nombre más dulce y que tiene razón social en mi patria chica, Castilleja de la Cuesta. Una señora que se partió el lomo para dejar su legado a Carmen Navarro, mi abuela y, a todas las abuelas de este rincón de mi maravillosomundo, para que tengamos, un motivo, como otro cualquiera, para sentirnos, orgullosos miembros de la comunidad donde vimos la primera luz y le partimos las rodillas a los pantalones, en esos juegos de niñez que nunca, nunca, se olvidan.
Su pago es saberse parte importante de la centuria de un negocio que, no me voy a cansar de decirlo por ahí y de escribirlo por aquí, hemos dejado, muy alegremente, que se vaya de donde nunca tuvo que irse, para ir corriendo a abrazar a los suecos esos de los muebles planos. Pero, saben otra cosa, aunque sea el único pago que acepta, el homenaje que en pasadas fechas, la familia Moreno le dio y el que, colocando su imagen en esas cajas que parten las costuras del Aljarafe, viajando por todo el globo terráqueo, le vienen dando, no son más que, la prueba evidente, de que los culpables de que la industria repostera y todos nosotros no sigamos unidos, no son quienes salvaron de la muerte a esta empresa -solo hay que ver el cariño con que te hablan de mi, nuestro, su, pueblo, aunque sean chiclaneros-. Los culpables, siguen estando, aún, sentados en los sillones desde donde se paga en nombre de este colectivo que atiende como castillejano, los de nuestro Ayuntamiento y si no, explicadnos a todos, por ejemplo, y si podéis, ¿por qué coño votáis en contra, queridos miembros (y miembras), del PSOE, para ponerle un monumento a las torteras? ¿Será porque sólo os interesa hacer política? ¿Será porque este municipio os importa un pimiento? ¿Será porque no teneis la sensibilidad para reconocer la importancia de este invento en nuestro existir?.
No voy a seguir, porque me caliento, pero así son los que nos gobiernan desde hace más de dos decenios. Se les ve tela el plumero y, si te sientas en el patio de butacas a escuchar en un pleno cualquiera, como el que les conté hace poco que tuve la suerte de presenciar, te sueltan un mitin sobre la memoria histórica y, lo importante que es tal propuesta para reivindicar la figura de su abuelo (Ojo, que no estoy diciendo que no sea esta proposición necesaria y justa que, pienso que sí y lo escribo, en esta negra página, para que conste).
Retrataitos quedáis, con cositas como estas, muchachos.

lunes, 16 de febrero de 2009

Raúl

Que todavía haya, idiotas que cuestionen al ciudadano que atiende por Raúl González Blanco, de profesión, futbolista del Real, es una sinrazón que escapa al común de los sentidos. Que sostengan que es, un ex-jugador que compite en el club de más exigencia del mundo, por su influencia, una soberana tontería. Que le nieguen cualquier reconocimiento, es una ignominia, una mera cuestión de celos y, sobre todas las cosas, la muestra más constatable de que, dentro de muchos españoles, lo que hay, no es más que envidia visceral a los logros ajenos que se consiguen con esfuerzo, constancia, dedicación y tenacidad. Que, tengamos, a estas alturas, que andar haciendo esfuerzos por encontrar motivos para creer, en quien durante tres lustros casi, de actividad profesional, no ha sido jamás expulsado, ha defendido con honra nuestra zamarra nacional en ciento dos ocasiones, siendo, su máximo goleador, además; ha obtenido dos pichichis y un balón de plata (habría que ver por qué no, de oro), venció en seis Ligas, cuatro Súper-Copas españolas, tres Copas de Europa, una Súper-Copa europea, dos Copas Intercontinentales y es, máximo goleador, de siempre, de todas las competiciones del continente y, principalmente, de la denominada Champions League, además de lo que consiguió ayer que, por si no se han enterado, es convertirse en el máximo goleador de la más que centenaria y gloriosa leyenda, de uno de los muchos motivos -creánme, lo he constatado viajando por tres continentes- que poseemos los ibéricos para sentirnos orgullosos, el Real Madrid, es -perdón por enumerar la lista enorme de méritos que posee el individuo- de ciegos que no quieren ver, que son los peores. Pero que digan, como, he escuchado, ha dicho, esta mañana, un señor mientras desayunaba en el Horno San Buenaventura de la Calle Real, que este muchacho no sabe jugar a ese deporte que nos trajeron los ingleses por Huelva, es, únicamente, para contestarle como le ha contestado otro: "Pos menos mal, porque si supiera, la fila para levantarlo en hombros iba a salir de la Puerta del Sol y tendría, a los que dan la vez, en Puerta Tierra".
En fin, si quieren saber mi impresión personal, soy raulista, aparte de por todos estos hitos (a los que sólo falta ser el máximo goleador en las enciclopedias de la Liga y quién más se vistió con el célebre siete merengue, amén de una Copa de Su Majestad, que -estoy convencido- conseguirá) porque, particularmente, a mi, en casa, mi Padre, me enseñó a ser del bando de los currantes y, completó su lección añadiendo que, intentase, aparte de dominar algo especialmente bien, hacer alguna que otra cosa decentemente y cuando miro a este nota, vestido siempre con la misma camisola desde que debutó, sólo puedo pensar que, eso precisamente, era lo que quería él que fuese, un tío integro que, lejos de dejarse llevar por los debates que se hacen sobre su persona, hace bien su trabajo, admirablemente bien, añado y que no compite más que consigo mismo en, una carrera que, cuando se vaya a sentarse en la pila de millones que está juntando, será motivo de admiración y de reverencia unánimes.

lunes, 2 de febrero de 2009

La peatonalización

Ahora que ha pasado un tiempo más que prudencial y luego de haber paseado, a conciencia, repetidas veces y con espíritu crítico, por esta zona de mi, su, nuestra, muy noble, leal y novelera ciudad, tengo que decirles que, a mi particularmente, me encanta la peatonalización del centro de Sevilla y la aplaudo. Es más, la aplicaría a otras zonas como, por ejemplo, a la calle Asunción de Los Remedios. También, me parece una extraordinaria idea el Metro-Centro. Sí, sé, que van a decirme que va de ninguna parte a ningún sitio, que el recorrido es corto, que es lento y que ha costado un pastón. Lo que dicen todos los que -aunque no lo reconozcan y alardeen de lo contrario- también se han montado. Lo que piensan quienes pretenden que la capital de Andalucía se quede como en las postales. Pero les digo ahora yo: Si fuese la inutilidad, que algunos individuos de esos que se creen que su verdad es la buena, nos dicen que es, ¿iba a tener los niveles de uso que tiene?.
Queda claro que nunca llueve a gusto de todos (rico refranero el hispano) pero, con esta iniciativa, como con Sevici, el alquiler de bicicletas, como con las propuestas arquitectónicas tipo Plaza de la Encarnación o Torre Pelli, en La Cartuja, como con la construcción del Estadio mal llamado Olímpico, como con el traslado de la Feria al Charco de la Pava, como con tantas y tantas cosas que se pueden y deben hacer en la vieja Híspalis, estamos poniendo a nuestra urbe en el camino de la modernización. ¿Qué deberíamos mejorar nuestros niveles de seguridad?. Por supuesto. ¿Qué deberían construirse más aparcamientos y mejorar el transporte público?. Claro que sí. ¿Qué habría que mejorar las instalaciones deportivas y aumentar nuestra oferta cultural, más allá de eventos multitudinarios puntuales?. Sin duda. Pero a ver si vamos a ser más papistas que el Papa y cuando una cosa se haga bien no vamos a disfrutar de ella porque falten las otras. Sevilla es una ciudad que está muy viva y que tiene que recuperar la alegría y el orgullo de sus habitantes y, ¿saben por qué? Porque, en nuestra mano, está el hacer todas estas cosas tan nuestras, como hicieron nuestros antepasados todas aquellas, de las que nos sentimos tan satisfechos ahora.