lunes, 27 de abril de 2009

El tesoro del viejo Municipal

No es San Siro, ni Old Trafford, ni el Parque de los Príncipes. No tiene una leyenda como The Kop, ni una estatua como la de Batistuta en el Artemio Franchi, ni sus puertas tienen el nombre de viejas glorias como el Calderón. No tiene la vitrina del Bernabeu, ni una Copa maldita como Ibaigane, ni el museo del Camp Nou. No tiene leyendas como la del doce a uno del Villamarín, ni un cesped de última generación como los estadios del mundial de Corea y Japón, ni los palcos Vips del Allianz Arena. No se han cambiado en sus vestuarios ni Pelé, ni Muller, ni Koeman. No han saltado a su terreno de juego ni el Ajax, ni el Steaua, ni el Oporto. . .
Pero tiene un tesoro, como todos estos míticos lugares. Un tesoro que viste de blanco y azul. Un tesoro que nunca jugará en Primera, ni será Campeón de ningún trofeo de fuste. Un tesoro con el que nadie podrá especular, quizás, porque su verdadero valor sea no ser rentable económicamente. Ese tesoro, que es tuyo, es nuestro, es de todos, este año, joven, vigoroso, fuerte, potente, cumple sus primeros ochenta años de vida. Ochenta años desde aquel 1929, en que Wall Street hizo crack. Ochenta años desde que se inauguró la Exposición Iberoamericana que transformó Sevilla. Ochenta años donde se han sudado cientos de camisetas, partido miles de botas y jugado millones de encuentros. Ochenta años en los que, tras pasar por varias casas, decidió instalarse en ese viejo Municipal que ahora lleva el nombre de uno de sus más ilustres defensores, Antonio Almendro.
Ocho décadas que, si tomamos como medida de tiempo el legendario tango de Gardel, son cuatro veces nada. Ocho décadas en las que se ha entretenido en dejar tras de sí, tres escalones, desde el averno de la Segunda Provincial hasta la Primera Andaluza que ahora detenta. Ocho décadas que le han dado para formar, a unas cuantas generaciones de canteranos alguno de los cuales -incluso- fueron profesionales de la máxima categoría, siendo, no obstante, lo más importante que, todos, se llevaron, los valores y la ética que permanecen inalterables como sello, personal y único. Ocho décadas de esfuerzo, sufrimiento, dedicación, esmero en la labor eficaz y callada de unos cuantos Presidentes con sus correspondientes Juntas, porque, como dijo Jorge Valdano: "Un club es una inteligencia colectiva que compromete a cientos de personas y, cada directiva, recibe ese legado institucional y debe fortalecerlo en el triunfo pero, también, dignificarlo en la derrota".
Un club que representa un pueblo, honrando su Historia, defendiendo su escudo, sirviendo de ejemplo. Nuestro orgullo y corazón hecho casaca. Ochenta años, ocho décadas, toda una vida: ¡Felicidades, Castilleja Club de Fútbol!.

lunes, 20 de abril de 2009

Quien no esté contento con el Metro, es para que se lo mande mirar

Verán. Primero, me gustaría explicarles como entiendo algunos términos. Ojo, esta es una interpretación personal y, por tanto, sujeta a rectificación con el diccionario en la mano, luego, pensándolo bien, mejor, hagamos esto. Si prefieren, van a hacer como si leyeran la versión Miguénavarro-Castellano, Castellano-Miguénavarro. ¡Ea!. Solucionado.
Cotilla no es lo mismo que chismoso, aunque lo parezca. El cotilla escucha. El chismoso va más allá y lo cuenta. Oír no es lo mismo que escuchar pues, no necesariamente, implica entender. Escuchar, sí. Se puede criticar con ánimo constructivo o destructivo. Que uno sea crítico no significa que sea anti. Hechas estas aclaraciones, vayamos al asunto.
Si la cuestión es ser crítico, creo que soy sospechoso. A mi, me va escudriñar hasta el detalle más insignificante, analizar hasta encontrar donde está el o los fallos, ver las imperfecciones. Así que, si de lo que se trata es de ver donde se puede mejorar porque, nos hayamos equivocado, y, quien lo ha hecho, para depurar responsabilidades, cuenten conmigo. Soy crítico, constructivo mas no anti. Ahora bien, si lo que estamos intentando es sumar adeptos a la injustificable causa de acabar con el uso del Metro, dudando de su utilidad, por favor, diganme donde está la próxima parada que yo me apeo. Me bajo del vagón donde, como sevillanos que somos, estamos todos montados. Dimito. Renuncio. Porque, a ver, ¿cual es el argumento convincente que se puede dar, para vender que, este medio de transporte, no es la solución al evidente problema de movilidad que tiene, esta conurbación de millón y medio de habitantes, que es la capital de Andalucía?.
Y todo lo demás, son cotilleos o chismes. Que si, me ha dicho un primo mio que es Ingeniero que, es un trenecito de juguete que no se puede acoplar a otro, porque las curvas son muy pronunciadas y puede tener un accidente. Que si las estaciones son muy pequeñas y, los propios obreros, se quejaron a los arquitectos pues, por no tener, no tienen ni aseos. Que si es caro porque hay que pagar, con los beneficios, los demás metros de la región. Que si no tiene sentido el recorrido. Que si es lento. Que si la frecuencia de paso es insuficiente. Que si nos ha costado un pastón y nos han engañado. Que si las líneas 2, 3 y 4 veremos si las hacen porque se pueden caer la Giralda y la Catedral. Que si el horario es corto. Que si hay pocas unidades. Que si, como se ha caído un quiosco, la Estación Puerta Jerez, no la podrán acabar y no se lo quieren decir a la gente para no alarmarla...
De verdad, ¿qué pretendemos? ¿por qué somos así?. Las cifras de uso, camino del primer mes de vida son espectaculares. Más o menos, vamos a estar en el millón de pasajeros. Luego, que es necesario no debe ser el debate. El debate debe ser cuando vamos a meterle mano a lo que falta para tener la red completa y, con todos mis respetos, para ese todo lo demás, como dice el anuncio que cascan antes del fútbol, Mastercard.

viernes, 17 de abril de 2009

La tertulia

Y, el caso, es que, si lo pienso bien, aquello tenía una liturgia que se iniciaba, irremediablemente, cada viernes en el Instituto Alixar. Como a mi me gustaba sentarme en la primera fila y, él, mi amigo Sai, era de los de la última, en un momento indeterminado que, las más de las veces, dependía del nivel de aburrimiento que tuviese, a esas horas del mediodía, me giraba, lo reclamaba con la mirada y le hacía un gesto con el que lo conminaba a vernos a las cuatro, donde siempre... Y, donde siempre, era, fue, en los inicios la -tristemente- desaparecida Sayca, para luego, terminar siendo el Marengo. No había palabras pues todo lo que teníamos que decirnos era, siempre, allí, en nuestra guarida pegada a la cristalera que daba a la Calle Álvarez Quintero, nada más entrar y bajar, aquellos dos escalones a cuya diestra estaba la cabina del teléfono y a cuya izquierda, la gloria: una mesa chiquitita, con cuatro sillitas que terminaban siendo, que sé cuantas, más la atención esmerada y cariñosa de Gerena, Irene, Pedrito, Rafa, Carmen amén de un largo etcétera en el que, a base de apretar y de dar cartas verbales de recomendación a la Santísima Trinidad, que era la propiedad, terminamos metiendo a nuestro Pepe, ese rubio que hoy es familia mía y que es, él te lo reconoce con gracia, un camarero metido a electricista (añado, de los buenos).
Y eso que, cafés, eran, a que mentir, más bien pocos los que nos tomábamos. Ahora, charlas con voces estentóreas, discusiones que no conducían más que a arreglar y desarreglar el mundo, bromas y guasa, de esas, aquellas paredes que hoy cobijan un Caja Madrid si tenían, pa pará un camión. Tenían las porfías de Manué Emilio, la retranca de su compadre Josema, a los heavys más cachondos que he visto en mi vida, Carlitos Casado, Javi y Happy; un hippie, Sañudo; un exnortao, mi hermano Juanato, a mi compadre... y a nosotros dos, no creo que los más importantes, pues allí todos teniamos nuestro minuto de gloria. Aquel tiempo deparó historias que hoy, tengo entendido, son leyendas urbanas o catetas, como la que se cuenta de cuando por estar mal aparcado y llegando, justo, cuando la Guardia Civil multaba su coche, uno de estos aplaudió pero le recordó al agente que, enfrente, y para que las leyes fuesen para todos, tenía las veintitantas motos del Telepizza y que, empezase, porque si no, de aquella se lo tenía que llevar detenido y se subió en el techo del Patrol, con lo que logró que, como no se iba a poner a escribir más que Lope de Vega el picoleto, su multa terminó rota en mil pedazos... O como cuando, una vez cerrada la cafetería, se presentó otro con el termo y se tomó el café, donde siempre, que coincidía, con un silloncito de sala de espera, del banco que sustituyó nuestro garito ante la perplejidad de las señoras y señores que iban a cobrar sus pensiones... O la no carrera desde la puerta, a Sanlúcar la Mayor, de uno que se estaba preparando para entrar en el Ejercito y de otro que decía que estaba en mejor forma, sin entrenar, que terminó con dos metros de lengua y una caminata desde el Colegio Europa.
Allí, lejos de los vicios de la calle y de las sentadas de plazoleta, cerquita los unos de los otros, nos fuimos a la mili, sacamos los carnés de conducir, encontramos nuestros primeros trabajos, ligamos y nos dimos compañía varios años. Entonces, nos hicimos mayores, la vida nos tiró a cada uno para un lado, lo que nos pegaba se fue rompiendo y terminó por reemplazar, a aquel parloteo y aquellas gamberradas, una lejanía que, en cualquier caso, no me hará renegar de esos amigos a los que, aunque no vea nunca, no alejaré jamás de mi corazón. No fue ayer, ni antier, hace casi una década ya, pero, para mi, aún huele y humea, el néctar de un brebaje que me bebí a sorbos rápidos, el de mi niñez y mi inmadurez, y, cada vez que paso por aquella puerta rememoro, los felices ratos de mi tertulia querida.