domingo, 22 de febrero de 2009

Esta, también, es memoria histórica

Escribo estas líneas, sentaito en una mesa-camilla que calienta mis piernas del frío invierno que se muere, de manera irreversible. Sobre la mesa, cubierta con un hule, humea una blanca taza de loza de La Cartuja con un café recién hecho y, justo a su vera, reposa abierta una torta de aceite a la que sirve de plato, un fino e inconfundible papel, su propio y característico envoltorio. A mi derecha, en un sillón orejero, mirando por la ventana, mientras un tibio sol la broncea en su pertinaz y diaria observación, de lo que fuera la Huerta de Leocadio, se sienta una señora de ochenta y muchos años, con el pelo blanco, pulcramente peinado; ojos azules vivarachos, rostro arrugado, conversar fácil y que responde al nombre de Carmelita. Aunque ha sido, es en algunos casos, hija, hermana, madre, nuera, abuela y tía, en una familia que la quiere y la escucha -a veces con poca paciencia- su papel, en esta historia, es, el de una moza que se levanta con las primeras claritas del día, baja con pasos ligeros por la calle Mariquita, gira a la derecha y avanza, acurrucaita en una toquilla, dejando los barrancos a un lado, cruzando la calle Majón, santiguándose ante su Iglesia, la de la Calle Real y, entrando, finalmente, por las puertas de una fábrica que desde hace muchos soles y lunas, ni siquiera está donde debiera.
Su papel en este relato es, por más que me pese, el de una simple obrera, una de esas que entrega su vida por un jornal, ganaito a base de matarse moviendo las manos con destreza y rapidez, poniendo su empeño y corazón, en una labor ingrata, callada, oscura, sorda pero eficaz. Es una de tantas que, solo sabe hacer esto desde que en una pubertad aún no muy lograda, entró como aprendiz, para comprender lo que valen las cosas, lo que cuesta ganarlas y lo que se sufre por no poder tener todas las que se quisieran, aún así.
Está criando un niño que, a media mañana, a cambio de los pedacitos que se rompen, le lleva un jarrillo de lata con un brebaje, que es mezcla de achicoria y agua, pero que, pese a que le quema las manos y la garganta, le sirve para meter en calor un cuerpo que pasa muchas fatigas en las naves de altos techos. Va quitando, de esta rutinaria guisa, almanaques de la puerta de la cocina. Ve hasta como su empresa beca a su hijo para que aprenda un oficio. Pasa por los diferentes puestos y, un buen año, su carrocería dice basta teniendo que irse a casa, jubilada. Pero no por completo. Su cabeza sigue trayendo constantemente momentos de un ayer que está muy vivo para quien fue feliz haciendo lo que le tocó, en el sorteo divino, como le había tocado a todo un sitio en el mundo.
Y al cabo, ¿quieren saber cual es el pago que está encantada de recibir?. Se lo digo. Su pago es seguir viendo, a la compañera de ese humeante café líquido que se enfría, a su lado, como la esposa perfecta de un matrimonio que lleva casado cien años, el de Saimaza, o Catunambú, o Bonka, con Inés Rosales, una dama que es el nombre más dulce y que tiene razón social en mi patria chica, Castilleja de la Cuesta. Una señora que se partió el lomo para dejar su legado a Carmen Navarro, mi abuela y, a todas las abuelas de este rincón de mi maravillosomundo, para que tengamos, un motivo, como otro cualquiera, para sentirnos, orgullosos miembros de la comunidad donde vimos la primera luz y le partimos las rodillas a los pantalones, en esos juegos de niñez que nunca, nunca, se olvidan.
Su pago es saberse parte importante de la centuria de un negocio que, no me voy a cansar de decirlo por ahí y de escribirlo por aquí, hemos dejado, muy alegremente, que se vaya de donde nunca tuvo que irse, para ir corriendo a abrazar a los suecos esos de los muebles planos. Pero, saben otra cosa, aunque sea el único pago que acepta, el homenaje que en pasadas fechas, la familia Moreno le dio y el que, colocando su imagen en esas cajas que parten las costuras del Aljarafe, viajando por todo el globo terráqueo, le vienen dando, no son más que, la prueba evidente, de que los culpables de que la industria repostera y todos nosotros no sigamos unidos, no son quienes salvaron de la muerte a esta empresa -solo hay que ver el cariño con que te hablan de mi, nuestro, su, pueblo, aunque sean chiclaneros-. Los culpables, siguen estando, aún, sentados en los sillones desde donde se paga en nombre de este colectivo que atiende como castillejano, los de nuestro Ayuntamiento y si no, explicadnos a todos, por ejemplo, y si podéis, ¿por qué coño votáis en contra, queridos miembros (y miembras), del PSOE, para ponerle un monumento a las torteras? ¿Será porque sólo os interesa hacer política? ¿Será porque este municipio os importa un pimiento? ¿Será porque no teneis la sensibilidad para reconocer la importancia de este invento en nuestro existir?.
No voy a seguir, porque me caliento, pero así son los que nos gobiernan desde hace más de dos decenios. Se les ve tela el plumero y, si te sientas en el patio de butacas a escuchar en un pleno cualquiera, como el que les conté hace poco que tuve la suerte de presenciar, te sueltan un mitin sobre la memoria histórica y, lo importante que es tal propuesta para reivindicar la figura de su abuelo (Ojo, que no estoy diciendo que no sea esta proposición necesaria y justa que, pienso que sí y lo escribo, en esta negra página, para que conste).
Retrataitos quedáis, con cositas como estas, muchachos.