viernes, 17 de abril de 2009

La tertulia

Y, el caso, es que, si lo pienso bien, aquello tenía una liturgia que se iniciaba, irremediablemente, cada viernes en el Instituto Alixar. Como a mi me gustaba sentarme en la primera fila y, él, mi amigo Sai, era de los de la última, en un momento indeterminado que, las más de las veces, dependía del nivel de aburrimiento que tuviese, a esas horas del mediodía, me giraba, lo reclamaba con la mirada y le hacía un gesto con el que lo conminaba a vernos a las cuatro, donde siempre... Y, donde siempre, era, fue, en los inicios la -tristemente- desaparecida Sayca, para luego, terminar siendo el Marengo. No había palabras pues todo lo que teníamos que decirnos era, siempre, allí, en nuestra guarida pegada a la cristalera que daba a la Calle Álvarez Quintero, nada más entrar y bajar, aquellos dos escalones a cuya diestra estaba la cabina del teléfono y a cuya izquierda, la gloria: una mesa chiquitita, con cuatro sillitas que terminaban siendo, que sé cuantas, más la atención esmerada y cariñosa de Gerena, Irene, Pedrito, Rafa, Carmen amén de un largo etcétera en el que, a base de apretar y de dar cartas verbales de recomendación a la Santísima Trinidad, que era la propiedad, terminamos metiendo a nuestro Pepe, ese rubio que hoy es familia mía y que es, él te lo reconoce con gracia, un camarero metido a electricista (añado, de los buenos).
Y eso que, cafés, eran, a que mentir, más bien pocos los que nos tomábamos. Ahora, charlas con voces estentóreas, discusiones que no conducían más que a arreglar y desarreglar el mundo, bromas y guasa, de esas, aquellas paredes que hoy cobijan un Caja Madrid si tenían, pa pará un camión. Tenían las porfías de Manué Emilio, la retranca de su compadre Josema, a los heavys más cachondos que he visto en mi vida, Carlitos Casado, Javi y Happy; un hippie, Sañudo; un exnortao, mi hermano Juanato, a mi compadre... y a nosotros dos, no creo que los más importantes, pues allí todos teniamos nuestro minuto de gloria. Aquel tiempo deparó historias que hoy, tengo entendido, son leyendas urbanas o catetas, como la que se cuenta de cuando por estar mal aparcado y llegando, justo, cuando la Guardia Civil multaba su coche, uno de estos aplaudió pero le recordó al agente que, enfrente, y para que las leyes fuesen para todos, tenía las veintitantas motos del Telepizza y que, empezase, porque si no, de aquella se lo tenía que llevar detenido y se subió en el techo del Patrol, con lo que logró que, como no se iba a poner a escribir más que Lope de Vega el picoleto, su multa terminó rota en mil pedazos... O como cuando, una vez cerrada la cafetería, se presentó otro con el termo y se tomó el café, donde siempre, que coincidía, con un silloncito de sala de espera, del banco que sustituyó nuestro garito ante la perplejidad de las señoras y señores que iban a cobrar sus pensiones... O la no carrera desde la puerta, a Sanlúcar la Mayor, de uno que se estaba preparando para entrar en el Ejercito y de otro que decía que estaba en mejor forma, sin entrenar, que terminó con dos metros de lengua y una caminata desde el Colegio Europa.
Allí, lejos de los vicios de la calle y de las sentadas de plazoleta, cerquita los unos de los otros, nos fuimos a la mili, sacamos los carnés de conducir, encontramos nuestros primeros trabajos, ligamos y nos dimos compañía varios años. Entonces, nos hicimos mayores, la vida nos tiró a cada uno para un lado, lo que nos pegaba se fue rompiendo y terminó por reemplazar, a aquel parloteo y aquellas gamberradas, una lejanía que, en cualquier caso, no me hará renegar de esos amigos a los que, aunque no vea nunca, no alejaré jamás de mi corazón. No fue ayer, ni antier, hace casi una década ya, pero, para mi, aún huele y humea, el néctar de un brebaje que me bebí a sorbos rápidos, el de mi niñez y mi inmadurez, y, cada vez que paso por aquella puerta rememoro, los felices ratos de mi tertulia querida.