jueves, 23 de julio de 2009

Por qué de un odio

Los franceses no son santo de mi devoción y, no lo son, porque, debajo de esa capa de maravillosos vecinos que miran por nuestros intereses comunes, lo único que se oculta es una envidia descomunal y un complejo de inferioridad terrible, debajo de ese patriotismo ridículo solo veo celos, debajo del orgullo de ser de esa nación, solo observo una pena tremenda por no ser españoles. Sí, sí, españoles. Tienen sus magníficos vinos de Burdeos pero les gustaría echarle el guante a nuestros Riojas. Tienen magníficos futbolistas pero les gustaría que el Real, no fuese de Madrid, sino de París. Tienen el Tour, pero vale menos si lo gana Contador. Tienen Roland Garros, pero lo asfaltarían para que no lo ganase Nadal. Tienen el Louvre, pero quisieran vaciarlo y llenarlo con el contenido del Museo del Prado. Tienen a Dumas, pero lloran por Cervantes. Tienen una Historia para sentirse muy, pero que muy, gabachos, pero tienen que compararla con la nuestra y, como la ven menor y no pueden cambiar ni la suya, ni la de España, tienen que ensuciar la ajena para que parezca inferior. Esto, no obstante, no es de ahora, es de toda la vida.
Lo que pocos de ustedes sepan es, que en nuestra Sevilla del alma, a los franceses los podemos llamar, con todas sus letritas y sin estar mintiendo, ladrones. Los podemos y los debemos de llamar así. Los hijos de la bandera tricolor que, cuando vienen, se tiran todo el viaje tratando de menospreciar nuestros aeropuertos, carreteras, el servicio que se les da, la falta de validez del personal que los atiende (creanme, lo he visto con mis propios ojos en un hotel donde trabajé y donde lo hace, aún, gente preparadísima y a la que adoro), los súbditos del enano y de su amantísima y cantarina Primera vedette (¿o era Dama?), son unos mangantes y, no precisamente, por llevarse pastillas de jabón, las toallas u otros objetos de los establecimientos donde se alojan. Son unos mangantes porque, algo de lo que verdaderamente vale de sus colecciones de arte, algo que está documentado y detallado, lo sustrajeron de nuestro Hospital de los Venerables, de nuestro Hospital de la Caridad, de la Iglesia de Santa María la Blanca... Obras pictóricas de Murillo, Pacheco, Zurbarán, Roelas o Herrera "el viejo". Lo hicieron de manera perfectamente organizada y premeditada pues, estos lienzos, fueron a parar a manos de las tropas francesas, con el propósito de crear el Museo Real de París, en honor a Napoleón, siguiendo la guía pictórica del Diccionario de Artistas Españoles de Cea Bermúdez. Reunieron novecientas noventa y nueve piezas en el Alcázar. Se llevaron cuatrocientas. De todas ellas, ciento cincuenta partieron a su capital en 1812 y, el resto, permaneció en la nuestra, a disposición del imperio francés que, una vez terminada la Guerra de la Independencia, las repartió entre generales y funcionarios. Después, Franco, sólo Franco, las reclamó, consiguiendo que volvieran algunas, pero nunca a su genuino hogar, a la sombra de la Torre del Oro, sino a Madrid y, de todos modos, gratis no fue. Por ejemplo, la célebre Inmaculada de Murillo, nos costó una "Infanta" de Velazquez.
Conviene que se sepan estas cosas. Conviene que se le cuente a la gente. Conviene que se haga por escrito. Por eso, gente tan válida como el Catedrático de Historia del Arte, don Enrique Valdivieso, prologa la magnífica reedición que tengo junto a mi, del Inventario de cuadros substraídos por el Gobierno intruso en 1810, que edita Renacimiento, en colaboración con el Centro de Estudios Andaluces. Hagan se con uno, como lo he hecho yo y pasmen se. El volumen merece muchísimo la pena. Es un recorrido por el casi millar de obras mangadas a Sevilla durante la ocupación. El libro fue escrito, en 1896, por Manuel Gómez Ímaz (La Habana, 1842- Sevilla, 1922).
Así que, cuando nos volvamos a sentar en la mesa con estos amigos de lo ajeno que, alguna que otra vez, recibimos y que, inevitablemente, a la sobremesa, con el mantel y los cafelitos puestos, nos sacan el temita de nuestro pasado, de la violencia, de los expolios y, de ese larguísimo etcétera que nos suelen echar en cara, de agravios cometidos por nuestra patria, en muchísimas partes del globo terráqueo, les sacan el grueso tomo y le dan con el en las narices. Que tiene mucha guasa que los griegos y egipcios, anden reclamando lo que vendieron y que, nosotros, no tengamos... tariles, de pedir lo que es nuestro, nuestro y sólo nuestro porque, ni lo subastamos, ni lo ofrecimos y tuvimos que ver, como unos chorizos se lo llevaron y, encima, pretendan darnos lecciones de moral.
Post data: Domingo, 26 de julio. Acaba de ganar el Tour de Francia Alberto Contador y, en la ceremonia de entrega de premios, en el podio, le han dado su merecido premio mientras suenan los acordes del himno danés. Suscribo las afirmaciones de Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid. Esto le sucede a los franceses y arde Roma. ¡Gabachos!.