martes, 29 de diciembre de 2009

La triste historia de Sindelar, papierene

Se llamaba Mathias, aunque la historia lo recordará, siempre, como Sindelar o, como Papierene, el hombre de papel, por su extraordinaria habilidad para escaparse de los contrarios que le acosaban. Había nacido en 1903, en Moravia, en la frontera con Bohemia, Chequia, si bien fue con Austria, con quien jugó durante toda su carrera futbolística. Hijo de unos pobres emigrantes, se crió en el distrito obrero de Favoriten, Viena. Su Padre, era un albañil que desapareció en la Primera Guerra Mundial. Su Madre, lavandera.
Inició su carrera deportiva en el Hertha con solo quince años, para, cinco después, tras haber aprendido el oficio de cerrajero, pasarse a uno de los grandes clubes de Europa, el Austria de Viena, con el que se proclamó Campeón de Copa en sus tres primeras temporadas y con el que hizo seiscientos goles en setecientos partidos. A los veintitres debutó como internacional con la Selección Nacional. Lo hizo frente a Chequia y marcó el tanto de la victoria. Fue el primero de los veintisiete que anotó en cuarenta y cuatro contiendas. El primero y el inicio de su triste historia, la historia del designado mejor deportista austriaco del siglo XX.
En aquellos tiempos, a los centroeuropeos se les conocía con el sobrenombre de Wunderteam, el equipo maravilla y no tenían rival. En 1931, fueron los primeros que ganaron a Escocia, una de las cunas del balompie, a domicilio. Fue un cero a cinco. Luego, sucesivamente, cayeron otras potencias como Francia, cuatro cero; Alemania, seis a cero; Hungría, ocho a dos... fue tan grande el espectáculo que el mismísimo Manchester United, intentó la contratación de Sindelar, la auténtica estrella del combinado. Nos referimos a tiempos donde, el profesionalismo, no estaba tan introducido como ahora. Pero es que, el Mozart del fútbol, se había convertido en uno de los primeros iconos del incipiente deporte. Austria, igual que casi todas las selecciones europeas, había declinado participar en el primer Mundial. Era muy costoso y muy fatigoso, el desplazamiento en barco a Uruguay. En el segundo, disputado en Italia en 1934, eran los unánimes candidatos al título pero, Mussolini tenía otros planes. En la eliminatoria de cuartos, fueron los españoles los eliminados en un arbitraje canallesco. En semifinales, tras ver como les eran anulados cuatro goles, los transalpinos, se deshicieron de sus vecinos ganando por un solitario uno a cero. Il ducce, tenía claro que su país tenía que vencer y no reparó en medios para lograrlo. Cuatro años más tarde, Alemania ocupó Austria y la rebautizó como Ostmark. Era el año del Mundial de Francia y si el dictador italiano había manipulado un Campeonato de Fútbol, Hitler había intentado hacer lo propio con unos Juegos Olímpicos. Ostmark, al ser una provincia germana, no podía competir. No, al menos, como estado soberano. Los planes de los nazis eran que lo hiciera con la bandera de la cruz gamada.
Mathias tenía, en aquellos instantes, treinta y cinco años. Su edad, fue la excusa que usó para no ponerse la camiseta de la esvástica y levantar el brazo mientras sonaba el himno. Los jerarcas nazis, inventaron, a modo de entrenamiento, un amistoso en el que los alemanes jugaban contra lo que quedaba de la selección austriaca. Ese día, Sindelar jugó con su casaca de toda la vida, marcando, tras fallar intencionadamente varios, un precioso gol de vaselina, en la humillante victoria de Ostmark por dos a cero. Al termino del choque, Seep Herberger, entrenador de los teutones, intentó otra vez más que Papierene, reconsiderase pero, este, lo tenía claro y volvió a rechazar la propuesta.
Llegados a este punto, habría que precisar que, Sindelar, estaba casado con Camila, una judía. Fueron condenados al ostracismo y perdieron su modo de vida, una cafetería. Durante ocho meses, estuvo refugiado intentando pasar a Suiza. Nausch, compañero de selección, tuvo suerte y lo consiguió. Él, no. Las autoridades ofrecieron una recompensa por su cabeza, estrechando el cerco. Sucedió lo inevitable. Unos dicen que se suicidó en su escondite. Otros que fue asesinado. Su esposa solo le sobrevivió veinticuatro horas.
Lo que no pudieron impedir los nazis, fue el extraordinario tributo de quien se convirtió en un símbolo de la resistencia. Su calle, Laaerberg, cambió su nombre por el de Sindelarstrasse y, pese a prohibirse las manifestaciones de duelo, quince mil personas asistieron al funeral y, los telegramas, atascaron los servicios de correos.
Han pasado setenta años pero, su memoria, la del más grande que vistió la camisola de su nación, sigue viva. Es la desgraciada historia de Mathias Sindelar, el hombre de papel.