domingo, 28 de marzo de 2010

Lo que aprendí durmiendo bajo un plástico o mirando las estrellas

Yo, pecador, confieso que no soy campista, que a lo de dormir en el suelo no le encuentro ningún atractivo, que he huido tenazmente de las acampadas al raso, que soy cómodo. Hecha esta confesión, reconozco que, en la última semana, he dormido -y no una sino dos noches- mirando la luna y las estrellas. No ha sido por un súbito interés en comprobar las bondades de tan popular práctica. No ha sido por ningún tipo de apuesta. Ha sido por necesidad, por obligación y por imposición. Fueron las noches del martes al miércoles y del miércoles al jueves. Sucedió en el antiguo Acuartelamiento de Las canteras en Alcalá de Guadaíra. De lo que aprendí durmiendo bajo un plástico van estas líneas.

Una cuerda, tirada de árbol a árbol y un plástico, de los que venden en las ferreterías para que no se ensucie el suelo cuando pintas. Esa ha sido mi casa dos noches. El suelo, la fría y húmeda tierra. El techo, las estrellas y la luna, la señora de la noche. El viento y el agua, el sonido de las ramas de viejos y cansados eucaliptos, las pisadas de perros callejeros entre el follaje, olisqueando restos de comida, el canto de las lechuzas, todos, tercos acompañantes de este aspirante a Técnico en Emergencias Sanitarias y Catástrofes del SAMU.
Cuando me plantearon lo de la acampada, no entendí bien cual era el sentido. Aún ahora me cuesta trabajo discernir si todo padecimiento buscado de manera artificial y no sobrevenido, es necesario. Mas si sé, que no es tan malo dormir al raso, que recrear las condiciones donde trabajan los voluntarios de sucesos como el terremoto de Haití, las inundaciones de Canarias, el incendio de Guadalajara, el atentado de las Torres Gemelas o el de Madrid, el maremoto del Índico o la desgracia de Chile, es necesario para que quienes sienten la llamada de la solidaridad, sepan que no van de turismo, que es lo que parece que ocurre cuando el portero del equipo tal, la modelo cual, el actor fulanito o la cantante menganita, aparecen por África, Sudamérica o India a colaborar en una de esas visitas express con reportaje fotográfico incluido. Que lujos cotidianos como ducharse, ir al baño a realizar las necesidades corporales, beber agua sin cargarla, comer sentados, tienen un coste y que, en esta sociedad que tenemos la inmensa fortuna de disfrutar, las comodidades no son valoradas mas que cuando se pierden. Por eso, allí, tirado boca arriba, metido en un saco de dormir, comido literalmente por la mugre y los insectos, lejos del calor del hogar y del cariño de los tuyos, sin teléfono móvil con el que hablar con quien te quiere y tu extrañas, entendí que determinados obsequios que te hace la vida y que te suponen felicidad, no se valoran pues no se sudan y que, el lujo no es yacer en un mullido colchón con sábanas de seda, sino poder dormir tapado; que la suerte, no es comer tu plato favorito, sino tener siquiera uno enfrente con algo que te alimente; que ser rico, no es poder elegir determinada bebida, sino beber; que darle la mano a tu mujer o a tu hombre, tener a tu familia junto a ti, poder conversar con algún amigo sobre como le va a tu equipo, que vas a hacer esa misma tarde, son regalos que nos dan y que no tienen precio. Todo eso que, repito, nos viene sin sudar, dado por razón geográfica de nacimiento o residencia, a un coste relativamente barato, no lo vamos a valorar en tanto no nos lo quite la caprichosa Naturaleza. Por eso, queridos lectores, aún a riesgo de ponerme místico y, antes que la ternura que me invade haga que se me salten las lágrimas, quisiera dedicar toda esa vivencia a todos los que quiero y me quieren, incluidos ustedes, pero, principalmente, a mi suegro, un tío que es un regalo que la vida me ha hecho y que me animó a estudiar, a formarme, a prepararme. Lo he pasado mal y llevo todo el fin de semana haraganeando y haciéndome el remolón a la hora de levantarme. ¡Me lo merezco!. Suegro, tenías -como casi siempre- razón: no sabemos apreciar lo bien que vivimos. Te quiero, tu lo sabes y, al próximo chuletón en cierto restaurante de Salobreña, invita el abajo firmante.

jueves, 11 de marzo de 2010

11-M

¿La verdad?. Ahí va. Hoy es once de marzo. Sí, once de marzo. Los calendarios no deberían tener once de marzo, ni once de septiembre. Al menos no en España. Al menos no en EEUU. Tampoco deberían tener cierto número de julio. Al menos no en Inglaterra. Pero claro -dirán- si vamos a andar quitándole las fechas que no nos gustan a los almanaques, ¿en qué va a quedarse un año?.

Un año son trescientos sesentaicinco días. Me da igual lo que digan ciertos tocapelotas que vienen aquí a poner el punto sobre mi i. Repito, alto y claro: un año son trescientos sesentaicinco días y el de febrero, me la trae al fresco. ¿Comprendido?. Conque me entienda yo, a ustedes, los que vienen aquí a leer de buena fe, les sobra. ¿Por donde iba?. ¡Ah, sí!. Once eme. ¡Uff!.

¿La verdad?. Claro que sí. El once eme un trocito de este país se partió en mil pedazos. Para mi, ciertas cosas sucedieron, como dice mi gran amigo Enrique Santos, porque estaban escritas. El once de marzo estaba escrito en la sangre de nuestra vieja España, muchísimo antes de que pasara. Estaba escrito en la política exterior de todos los Presidentes, que unas veces se sentaban a comer en una mesa y otras en la contraria. Estaba escrito en las caras de todos los que cruzan el Estrecho, o vuelan desde Iberoamerica, o desde China. Estaba escrito en lo que sembramos entonces y en lo que estamos sembrando ahora. En las amistades de Bush y Blair y en las de Chavez y los Castro. Estaba escrito en el alma de una nación que no es capaz de encontrar su sitio en el mundo. Ni antes, ni ahora.

Así que, por la misma regla de tres, como aquello nos lo teníamos merecido los habitantes de este cachito de tierra, ahora también podemos estar en peligro. Porque el mal, está a un lado y al otro. Porque tan tenebrosos, tan peligrosos, son los radicales de la derecha, como los de la izquierda. Lo de siempre. El maniqueísmo barato. Lo que hagan los míos está bien y lo que hagan los otros, fatal.

Pobre España que ni muriendo doscientas personas aprende.