martes, 25 de mayo de 2010

Unas preguntitas impertinentes

Señor Alcalde de Castilleja de la Cuesta:

¿No fue usted quien hace unos días, con motivo del triste suceso acaecido en un bar de nuestra localidad, afirmó que, nuestro Ayuntamiento, no tenía dinero para los costes laborales de la Policía Local?.

Se lo digo porque, la verdad, cuando no hay dinero para seguridad (y de padecer inseguridad en este pueblo, sabemos taco):

¿Como hay para darle una comilona a los abuelos (y abuelas, querida Ministra de Igualdad) en Chipiona?.
¿De donde ha salido el taco para pagar autobuses, cubiertos y actuaciones, si por sus palabras, se deducía que no había un euro en caja?.
Si se tenía que hacer, ¿no podría haberse efectuado este banquete, en algún restaurante de los muchos y buenos que tenemos, para que repercutiera en empresas autóctonas?.
¿Es más importante este evento que la vigilancia de la población?.
¿Ese es su concepto de ayudar al empresariado castillejano?.

¿Por qué ha vetado la asistencia de los partidos políticos de la oposición?.
¿Es que hay algo que vaya a suceder que no deban conocer?.
¿Un mensaje electoralista? ¿otro poquitín de demagogia?.
¿Tan necesitado está del calor de los vecinos, que tiene que ganárselos por el estómago?.

De verdad, Manolo Benítez y miembros (y miembras) de su equipo de gobierno:
Vais a hacer que añoremos a la del burladero.
¿O es que tenía razón cuando os ninguneaba por cortitos?.

lunes, 17 de mayo de 2010

La sabiduría de ayer

Cicerón, en el año cincuenta A. C., dijo lo siguiente:

"El presupuesto debe equilibrarse; las arcas públicas, rellenarse; la deuda, reducirse; la arrogancia de los gobernantes, frenarse y controlarse, si no queremos que Roma caiga en la bancarrota. Los ciudadanos deben aprender de nuevo a trabajar, en vez de vivir de la ayuda pública."

Lo mismo, ZP debería leer más a los clásicos y menos a Marx... don Groucho.



lunes, 10 de mayo de 2010

El número cinco

Caminaba, bajo los naranjos que hay entre los chalecitos del viejo Heliópolis, sorteando los charcos, que el chaparrón mañanero había dejado en la acera. No era, ni muy mayor, ni joven. Andaría en la decena de los sesenta, buscando la de los setenta si no ya, rozándola. Paso decidido pero pausado. Resuelto a consumir dos horas de un domingo de Mayo, probablemente, escaqueándole tiempo a la Primera Comunión de algún familiar o amigo. Con seguridad, tras discutir con su esposa por no faltar ni en ese día tan señalado. Vestía pantalón y camisa de tono verdoso. Mirada al frente, vislumbrando la inmensa mole del viejo coliseo encalado de blanco y con una estructura característica de escuadras de hormigón, rematadas con una visera de chapa. A su Betis, como un fin de semana cualquiera, con mariposas en el estómago e incertidumbre. Mucha incertidumbre. Y miedo.
Me llamó la atención porque hablaba solo. Un pirado, pensé inmediatamente. Pero no, no era un demente. Era un aficionado más del club más especial del universo. Uno de esos que cuando ve, desde la lejanía, la tribuna de voladizo, piensa que el ritual es el mismo, que el santuario sigue en pie pero que, allí, no habita el espíritu indomable del equipo del pueblo. Pasé con celeridad a su lado y sus ojos y los míos, cruzaron un breve segundo la mirada. En ese breve instante, entendí su jerga y sus -aparentemente- extrañas palabras.
Hablaba de un tiempo, que nos han robado, como nos han robado el alma inmortal de una escuadra que solo se parece a la que era, en la disposición de bandas verdiblancas verticales, que sigue viendo pasar la vida, desde la atalaya del escudo de las camisolas. Hablaba de un funesto año, el noventaidos. Hablaba de una brecha cada vez más enorme. Hablaba de un calvario que se eterniza desde hace cinco años.
Seguí mi camino escuchando cada vez más lejos su monólogo.
Luego, el Real Murcia, se llevó su botín con facilidad.
Cuando desandaba mis pasos, buscando el coche y la salida a tanto horror concentrado, bajando la escalera de gastado cemento, huyendo de la suciedad en que vive mi amor futbolístico, lo volví a ver. Me miró y me llamó. Me acerqué más por educación que por interés y entonces lo ví. Tenía en su mano un carné como el mío. Uno de esos que han servido para ponerse la pata de caoba de don Rogelio Sosa, las gafas con las que don Julio Cardeñosa veía, entre un bosque de piernas, el hueco para ponérsela a don Rafael Gordillo. Tenía en un trozo de plástico con código de barras, los siete pulmones de don Luis del Sol, las manos mágicas de don Vicente Montiel, la medalla del Rocío que se tiró, pegada al pecho de don José Ramón Esnaola, para traer la Primera Copa del Rey, el sombrero de Finidi, las botas blancas de Alfonso, el bigotito y la seriedad de don Lorenzo Serra y a Joaquín, Sánchez o Sierra "Quino", que más da, toreando en el Manzanares. Tenía el sudor de Biosca, el tarro de las esencias de Benítez, la ceja enarcada de Cobos, la cartera que le quitaron al tito Ferenc Szusa el día que se fue a hombros, el pañuelo de un legendario vasco del Athletic, de Iriondo, tenía el sonido de las gaitas irlandesas de Patricio O´ Connell, que nos trajo la Liga...
Y, mientras me enseñaba su abono, un abono con el número cinco, lloraba. Lloraba de impotencia y frustración. Lloraba sin hablar, mirando como salían por la puerta de cristales, todos esos chuflas que dicen representar, a quien no necesita que lo representen conserjes. Lloraba como tantos lloramos calladamente, sin lágrimas, por dentro. Lloraba y maldecía a quien solo puede ser Manolo, tras tanto don antes mentado. Entonces, me agarró la mano, quizá, buscando ser confortado por alguien hermanado en el padecimiento, y me dijo, solo una breve sentencia: Manquepierda.

domingo, 2 de mayo de 2010

La vergüenza de ver el nombre de tu pueblo, asociado a prácticas mafiosas.

Adoro Castilleja de la Cuesta. Hago gala de mi pueblo allá donde voy. Sufro por vivir exiliado en Tomares aunque -aclaro-lo haga como un rey. Por eso, como mi Abuela -que en paz descanse- y mi Padre, sobre todo este último, que es un auténtico enamorado de nuestra población, me enseñaron, me siento orgulloso de mis raíces y hago lo posible por mantener tan rica herencia y perpetuarla. Por eso, me indigna sobremanera, ver el nombre de la capital de mi maravillosomundo, asociada a prácticas mafiosas. Por eso, me fastidia, hasta los huesos, que alguien sea capaz, de arrastrar la seña de identidad principal que tienen las cosas, su denominación, con actos que recuerdan a épocas pretéritas de España, en quienes decían nos iban a librar de los privilegios por casta.
Porque eso es lo que ha hecho (lo pueden ver en sevillataurina.com), la señora que tuvimos que padecer como Alcaldesa durante unos interminables añitos, Carmen Tovar. Se ha valido de su cargo, para hacer de la Real Maestranza, o el Maracaná del toreo, o la Scala del arte de Cuchares, su cortijo particular y, más concretamente, del burladero de la Junta de Andalucía, su abono privado.
No les voy a contar nada que no puedan saber leyendo ustedes mismos esa página. Esas son las formas, ese el estilo, esos son ellos pero, sobre todo, esa es ella. La reina del conmigo o te vas a enterar. Nada nuevo bajo el sol. Esto mismo, lo hemos padecido una multitud de vecinos a los que, sus sucesores, nos parecen más de lo mismo. Nos parecen una pléyade de ignorantes a sueldo (y que sueldo). Nos parecen una colección de aprovechados que viven como nobles. Nos parecen un pie en el freno y una traba al desarrollo. Nos parecen un canto al franquismo, desde las siglas de un partido que se dice obrero.
No les quiero calentar la cabeza más. A mi me duele Castilleja de la Cuesta, a ellos, no. Si no, siquiera por la vergüenza de que, un periodista cualquiera, no pudiese publicar Castilleja conexion, refiriéndose a actuaciones personales mías y, con estas dos palabras juntas, pudiese perjudicar a un conjunto de personas honradas y honorables, dando a entender que esto es la Sicilia de Sevilla, pagaría las entradas de mis invitados, no colocaría a dedo a nadie y, sobre todo, no me pegaría un paseito por el callejón, mientras, un torero, se juega la vida en el ruedo. Esta claro que, solo a algunos, la educación que hemos recibido, nos dignifica para usar el término castillejano como gentilicio. Y pensar que, esta misma, declaró persona non grata a un industrial repostero por cerrar su fábrica. ¿Ahora qué, Carmen, hacemos lo mismo contigo?.
Por último, quiero finalizar, poniéndome en pie y aplaudiendo a don Ruperto de los Reyes, un torero de tronío, un empresario de éxito, un embajador de esta tierra, un asesor taurino de los grandes, generoso y desprendido (lean lo de su asignación y lo que hacía con ella) pero sobre todas las cosas, un señor que se viste por los pies y que, viendo en lo que la Delegada del Gobierno quiere convertir la Presidencia de ese sagrado templo, le ha dado las gracias y se ha ido por la Puerta del Príncipe, para no tener nada que ver con estos tejemanejes. A esto, don Ruperto, lo llamo hacer una faena de antología y si no le damos las dos orejas, sepa usted que no es por su actuación, sino porque el ganado, cada vez esta peor.