domingo, 24 de enero de 2010

El futuro ya está aquí

No seré tan pretencioso como para considerarme cinéfilo. No por las connotaciones del término, sino porque, a fuerza de ser sincero, no tengo memoria de aficionado viejo y mis exigencias, terminan en cuanto apagan la luz y se inicia la proyección. No soy de los que exige una realización impecable, ni una fotografía magnífica, ni unos guiones elaboradísimos. No soy de directores de culto, ni de actores o actrices favoritos -aunque muero con Julia Roberts-, soy, un espectador fácil, uno de esos a los que, con que la historia lo entretenga, se da por satisfecho.
Lo que si soy es riguroso en la demanda de originalidad. Necesito que por lo que pago, me transmita emoción, sensaciones. Necesito que sea diferente a lo que, gratis total, me pasan por la caja tonta o que, compense lo que, por muchísimo menos, puedo traerme a mi televisión previo pago de peaje en el video-club. Porque, ir al cine, es caro, carísimo si comparas. Diez euros de media -según día y hora- la pareja. Por la misma pasta, ves cinco películas de alquiler sin restricción de visionantes. O sea que, no hay color y, a mi, la excusa de la espera, no me vale. En pocos meses, tienes en tu salón, con la comodidad que tu mismo te regalas, en pijama si te apetece, parando cada vez que te de la gana la proyección, lo que cada viernes, estrenan en este país. Así que, la guerra de las salas, tiene que ser esa. Tiene que ser, dar ese plus. Hacer que lo que inventaron los Lumiere vuelva a ser un evento que, forzosamente, hay que disfrutar en pantalla grande. Hacer que los cines sean cada vez más cómodos (y que la limpieza no sea un artículo de lujo, por favor), que solo en esos templos, guarden al Dios con más apóstoles y ángeles de la creación.
De ahí, la importancia de Avatar y de Up. Avatar y Up son el futuro. No por las cintas en sí, que cumplen mis sencillos parámetros de satisfacción. Avatar y Up son una nueva forma de hacer cine: el 3D. ¿Por qué? porque con este formato, quien se encuentra físicamente viendo la película, tiene la sensación en muchos momentos de la historia, de estar tan metido en la misma, que es parte de ella. Porque, casi se puede tocar a los intérpretes (por cierto, en vez de a Sigourney Weaver, podías haber puesto a mi Julia de mi corazón, James Cameron) y, todo ello, pagando el pequeño tributo de colocarte unas gafitas. Por esto, si merece la pena, abandonar el mullido sofá propio. Por esto, si merece la pena que te abran la cartera y te saquen las perras. Por ahí van los tiros. Verán como, en menor medida, aquí no valen ni el pirateo, ni el top manta, porque la gente no es tonta y sabe que, aunque los pueda ver, estos son filmes de visionado obligatorio en sala de cine. Esa es la reinvención, ese es el toque. La apuesta del mañana, hoy. El futuro que ha llegado. A ver si, ahora, no se pierden todos los que manejan esta industria, en discutir si son galgos o podencos, si hay que adaptar los habitats o si esto es una moda pasajera, si hay que cobrarlo más caro (que lo están haciendo) o si hay que darlo al mismo precio. Lo tenéis a huevo, queridos muchachotes y muchachotas. Habéis vuelto a recuperar la iniciativa. A ver que nos dais.