lunes, 1 de febrero de 2010

Una historia fantástica

Había recibido el encargo varias horas antes, mientras empaquetaba sus pertenencias. Un último favor, así lo plantearon. Al parecer la fotógrafa que iba a ocupar su puesto en la revista acababa de tener un pequeño accidente doméstico y le iba a ser imposible viajar para cubrirlo... Y no había podido negarse. Así que allí estaba Carmen, en Milán, frente a la estatua de Giuseppe Verdi, en la plaza dedicada a Michelangelo Buonarroti. Se trataba de ilustrar con fotografías un reportaje sobre la vida del músico, sobre todo como su casa había terminado siendo el hogar final de compañeros de profesión sin familia. Se trataba de sus últimos disparos tras el visor.
Carmen era una mujer pequeña, aunque nada frágil, de tez morena y modos refinados. Andaluza, sevillana, aljarafeña, tomareña. Fotógrafa vocacional desde que con once años, había recibido como regalo de cumpleaños, una vieja Werlisa con la que se dedicó toda su pubertad a hacer fotos a todo lo que se le puso por delante. Vecinos, casas, monumentos, fiestas... Hasta que con veinte años, mucha ilusión y nada que perder dejó atrás su vida y se plantó en Madrid. Quería trabajar en lo que le gustaba y en su tierra pocas oportunidades de hacerlo se le iban a presentar. ¡Qué lejanos habían quedado esos tiempos!. Perdida toda la ilusión y el empuje de su juventud, había decidido aceptar el puesto que se le ofrecía con insistencia desde la redacción del más clásico periódico de todos los de la capital hispalense, ABC, donde necesitaban una jefa de archivo. Era el retiro dorado que le iba a permitir disfrutar de su familia, de su pueblo, de sus amigos de toda una existencia: pero antes tenía que finiquitar el trabajo por el que estaba allí, ensimismada frente a la Casa Verdi.
Danila Ferretti, la secretaria de la Fundación, la recibió nada más cruzar la puerta de hierro que hacía las veces de parapeto de tan particular parnaso frente al mundo real. La guió a través de los corredores, estancias y patios. Le mostró hasta la cripta donde reposa el genio junto a su esposa Giuseppina Strepponi. Todo fue registrado, no quedó casi ningún lugar por escrutar. Sólo un sitio fue vedado, en principio, a la curiosidad de la notaria gráfica. Un viejo piano que, arrinconado al fondo del salón principal, una anciana custodiaba con verdadero respeto pues, sostenía, era el que el maestro tocaba e, incluso, en su delirio, que en ese mismo instante, estaba haciéndolo. Pero aunque la dama trató de impedirlo, Carmen, agudizando el ingenio, disparó varias veces, mientras fingía no tener el más mínimo interés en hacerlo. Este gesto infantil, hecho por fastidiar, por divertirse, sin la más mínima intención de ser incluido en la selección final que presentaría a su editora, ni la misma tomareña sabía la repercusión que iba a acabar teniendo.
Fue esa misma noche, mientras repasaba en el ordenador las instantáneas, cuando reparó en la trascendencia de lo que, al descuido, había captado el objetivo de su Nikon. Allí, entre los oscuros muebles de la casona, entre una multitud de objetos cubiertos de polvo, de personas con la maleta de cosas de una vida que se les iba, hecha. Allí, junto a una vieja que se deleitaba, o al menos eso parecía, estaba el piano del salón y, sentado en la banqueta, un señor vestido de época tocándolo. No podía ser -se dijo- allí, no había nadie. Pero, era obvio, alguien estaba allí. Ella lo veía y sus cansados ojos no iban a mentirle una y otra vez. Lo veía, como la vieja lo hacía. Aterrorizada, resolvió apagar la computadora y acostarse. Mañana vería las cosas de otro modo.
Amaneció con una Carmen que no pudo dormir en toda la noche. Lo primero que hizo fue encender el PC, buscar entre las imágenes y comprobar si no había sido todo una alucinación. Mas todo siguió igual que la noche anterior: una vieja miraba un piano donde un señor vestido de época tocaba. Resolvió llamar a Danila quien corroboró su versión de lo visto. Nadie había en ese instrumento mientras lo tomó con su cámara. Eso sí, le pidió le enviara la foto en un correo electrónico.
En las siguientes horas, en la italiana morada del más grande músico que vieron los teatros del mundo, varias cámaras digitales hicieron retratos del piano polvoriento y en ninguna volvió a aparecer el supuesto Verdi. Es más, ni siquiera volvió a aparecer la misteriosa guardiana que, extrañamente, había desaparecido. El reportaje vio la luz, fue una sensación y Carmen abandonó la capital acompañada de un éxito tan inesperado como gratificante.
Pasados cinco años, una mañana un repartidor tocó el timbre de su casa en la calle peatonal de Tomares. Carmen abrió la puerta y este le hizo entrega de un sobre. Leyó el remitente y lo abrió. Violetta, la heroína romántica de La Traviata, se despidió como en el triste acto final:
"Cessarono gli spasmi del dolore. In me renasce... m, agita insólito vigore! Ah! Io ritorno a vivere. Oh, gioia!".
Encendió su portatil, buscó la célebre foto y... ¡sorpresa! Lo que encontró fue sólo un antiguo piano sin nadie a su alrededor.