lunes, 12 de abril de 2010

Puratasca: las cosas bien hechas.

La gran ventaja de cumplir años es que has visto muchas cosas y cada vez menos te sorprenden. Lo que no quiere decir que seas inmune a la novedad. En gastronomía, contrariamente a lo que algunos mamarrachos estrellados piensan, no todo es innovar y buscar el golpe. Es más, me reitero y los asiduos conocen mi parecer, lo más moderno hoy, es lo de toda la vida. Ni deconstrucciones, ni gasificaciones, ni gaitas. Lo que no quiere decir que alguna de las cositas que se hacen y que no se hacían antes, estén ricas. Lo que no significa que me alimente, únicamente, de cocidos, paellas y pucheros. Lo que, para abreviar, no esconde el hecho de que me guste probar, experimentar y descubrir. Por mi mismo y sin injerencias de pseudo-críticos de tres al cuarto, pagados de unos conocimientos que no son cátedra, inventores de pólvora que no explota y vendedores de burras cojas.
Y, como repito, siempre salgo de safari, a la caza y captura, de candidatos a la Estrella Miguelín, hace algunas noches, caímos, la que manda en mi casa (a Dios gracias), una amiga y este humilde juntaletras, en un garito de la trianera calle Numancia, a probar, lo que nos quisiesen ofrecer, los -últimamente- muy nombrados chicos de Puratasca. Porque, Puratasca, está en las afiladas lenguas de todos los entendidos en la cosa de comer y beber. (Para bien, por suerte para estos tipos). Así que -me dije con una mijita de guasa- vamos a hacerles una visita, de incógnito que tampoco es plan que me vean entrar y, automáticamente, me extiendan la alfombra roja, temerosos de lo que pueda soltar aquí, en esta negra página que, aunque sólo la lean cuatro gatos (y uno de ellos es el de La Carboná, que es de cerámica) no vean que felinos son. Y allí que nos encajamos.
Lo primero que te encuentras es un problemón y es que, como el Alcalde está por fastidiar todos los negocios que medio marchen de la ciudad, en esa calle, precisamente, no ha puesto zona azul. Por lo que, como en las demás sí, todo el que vive, trabaja o va a Sevilla, aparca allí. Eso sí, una vez solventado el engorro de colocar el coche, la cosa se arregla. Puratasca es, como su nombre indica, un bar de los de toda la vida: Chiquetito, donde no se puede correr en el WC, ruidoso, con su tele sobre la puerta, para que todo el que esté sentado pueda fisgonear como vienen vestidos los clientes, con el cuento de mirarla, aunque esté apagada -pues dudo que semejante cacharro se encienda nunca más-, con su cocina requetelimpia y caravista, con sus veladores en la puerta, sus camareros llamándote por tu nombre (¿se puede tener título nobiliario más grande en esta ciudad, que un camarero sepa quien eres?), sus comandas apuntadas en una libretita con un boli (y no la pamplina esa de la Pe-de-a) y su carta de tapas pintadas con tiza en una pared. ¡Como cuando éramos chicos! ¡Como si los setenta se hubiesen acabado ayer!. Puratasca es una vuelta a lo bueno del pasado, a la ausencia total de artificio ornamental, a la comodidad de poder estar allí sin tener que ponerte un chaqué, para no desentonar. Puratasca es una taberna de pueblo, en el corazón de Triana. Igualito Puratasca que la lección de estilo hecha barra, sillas, estanterías, copas y platitos, que nos quiso dar Raquel Revuelta, con el felizmente clausurado Comensal, en una clarísima muestra del por qué del españolísimo refrán, ZP a tus zapatos.
Mas, el encanto de Puratasca, no es recrear como era el ambiente de la hostelería de hace treinta años; su verdadero encanto es, que te trasladan a esos días, mientras te proyectan hacia el futuro, con lo que te ponen por delante. Piruletas de chorizo, arroz meloso con setas, salmorejo de fresas y ventresca de atún, unos vinos fantásticos, a un precio ridículo y unos postres caseros que te sirven en vasitos. Además, para terminar de buscarse la ruina, pues les veo poco recorrido en esto (os acabo de bendecir sin que lo sepáis), no son caros y es que, algo tendrá que ver, el hecho de que las sillas no sean tipo IKEA, los platos parezcan platos, las bebidas te las den en vasos normales y corrientes y, la decoración, sea un sabio ejemplo de que, con una buena mano de pintura y aprovechando lo que ya hubiese en el local, se monta un bar por cuatro duros y no hay que cobrárselo al cliente porque, y ese va a ser (ahora en serio) su éxito, lo que de verdad importa no es el diseño, ni las modas: lo realmente necesario en los sagrados santuarios del tapeo, es el buen trato, el buen gusto, el buen producto y, el buen precio con lo que, a ver si, todos los que andan subiéndosenos a la parra, hacen una excursión a este recóndito rinconcito del viejo arrabal, a aprender de quienes tienen que enseñar, tela.