miércoles, 28 de abril de 2010

La historia de Agapito

Hubiera cumplido ochenta años el próximo dos de Diciembre. Pero, Agapito Pazos Méndez, cuyo domicilio, desde hacía setenta y siete años, era la Calle Loureiro Crespo, en el Hospital Provincial de Pontevedra, falleció el pasado sábado, acompañado de la única familia que se le conocía: los profesionales sanitarios que, durante toda su existencia, le acompañaron, cuidaron y miraron por su salud, dándole el cariño que, unos egoístas desaprensivos, le negaron abandonándolo, con una discapacidad psíquica y distrofia muscular, en la puerta de la Residencia, cuando solo contaba con tres años de edad.
Nunca caminó y nunca habló. Sólo conoció el exterior en una ocasión. Fue cuando, Elías, un celador tristemente desaparecido, le acompañó durante el viaje de su vida: una excursión de apenas cuarenta y ocho horas, en la que conoció el mar desde la atalaya primorosa de las Rias Baixas. Así que, Agapito, era, por derecho propio, el inquilino de la única habitación que figura en el padrón como domicilio fijo, la 415, cuya cama número dos, estaba girada hacia la ventana, para permitirle otear la calle y es que, sin discusión, el niño mimado de ese centro, cuyos bienes o sea, su pensión, gestionaba la Fundación Sálvora, era él. Como prueba, las múltiples atenciones que recibía, entre las que se contaban comer chocolate, tutelar ciertas llaves de importancia y servir de vigilante, de cientos de compañeros de habitación, algunos de los cuales no quisieron faltar a su sepelio.
Mas no siempre fue así. Hace unos veinte años, este enfermo pasó de pediatría a cuidados generales e, incluso, estuvo a punto de ser dado de alta. ¿Pueden creerselo?. Lógicamente, su caso fue tratado con el amor con que se trata a los enfermos en la sanidad española y se estimó que, trasladar a este buen hombre a cualquier otro lugar, sería contra producente, por lo que se decidió, sorteando los vericuetos legales, mantenerlo en la única morada que había conocido.
Agapito fue feliz y murió, como muchos quisiéramos, en su casa de siempre, en su cama y acompañado de su gente. ¿Se imaginan que Agapito hubiese nacido con la Aido y la Trini de Ministras?. Después de todo, tuvo suerte.