lunes, 10 de mayo de 2010

El número cinco

Caminaba, bajo los naranjos que hay entre los chalecitos del viejo Heliópolis, sorteando los charcos, que el chaparrón mañanero había dejado en la acera. No era, ni muy mayor, ni joven. Andaría en la decena de los sesenta, buscando la de los setenta si no ya, rozándola. Paso decidido pero pausado. Resuelto a consumir dos horas de un domingo de Mayo, probablemente, escaqueándole tiempo a la Primera Comunión de algún familiar o amigo. Con seguridad, tras discutir con su esposa por no faltar ni en ese día tan señalado. Vestía pantalón y camisa de tono verdoso. Mirada al frente, vislumbrando la inmensa mole del viejo coliseo encalado de blanco y con una estructura característica de escuadras de hormigón, rematadas con una visera de chapa. A su Betis, como un fin de semana cualquiera, con mariposas en el estómago e incertidumbre. Mucha incertidumbre. Y miedo.
Me llamó la atención porque hablaba solo. Un pirado, pensé inmediatamente. Pero no, no era un demente. Era un aficionado más del club más especial del universo. Uno de esos que cuando ve, desde la lejanía, la tribuna de voladizo, piensa que el ritual es el mismo, que el santuario sigue en pie pero que, allí, no habita el espíritu indomable del equipo del pueblo. Pasé con celeridad a su lado y sus ojos y los míos, cruzaron un breve segundo la mirada. En ese breve instante, entendí su jerga y sus -aparentemente- extrañas palabras.
Hablaba de un tiempo, que nos han robado, como nos han robado el alma inmortal de una escuadra que solo se parece a la que era, en la disposición de bandas verdiblancas verticales, que sigue viendo pasar la vida, desde la atalaya del escudo de las camisolas. Hablaba de un funesto año, el noventaidos. Hablaba de una brecha cada vez más enorme. Hablaba de un calvario que se eterniza desde hace cinco años.
Seguí mi camino escuchando cada vez más lejos su monólogo.
Luego, el Real Murcia, se llevó su botín con facilidad.
Cuando desandaba mis pasos, buscando el coche y la salida a tanto horror concentrado, bajando la escalera de gastado cemento, huyendo de la suciedad en que vive mi amor futbolístico, lo volví a ver. Me miró y me llamó. Me acerqué más por educación que por interés y entonces lo ví. Tenía en su mano un carné como el mío. Uno de esos que han servido para ponerse la pata de caoba de don Rogelio Sosa, las gafas con las que don Julio Cardeñosa veía, entre un bosque de piernas, el hueco para ponérsela a don Rafael Gordillo. Tenía en un trozo de plástico con código de barras, los siete pulmones de don Luis del Sol, las manos mágicas de don Vicente Montiel, la medalla del Rocío que se tiró, pegada al pecho de don José Ramón Esnaola, para traer la Primera Copa del Rey, el sombrero de Finidi, las botas blancas de Alfonso, el bigotito y la seriedad de don Lorenzo Serra y a Joaquín, Sánchez o Sierra "Quino", que más da, toreando en el Manzanares. Tenía el sudor de Biosca, el tarro de las esencias de Benítez, la ceja enarcada de Cobos, la cartera que le quitaron al tito Ferenc Szusa el día que se fue a hombros, el pañuelo de un legendario vasco del Athletic, de Iriondo, tenía el sonido de las gaitas irlandesas de Patricio O´ Connell, que nos trajo la Liga...
Y, mientras me enseñaba su abono, un abono con el número cinco, lloraba. Lloraba de impotencia y frustración. Lloraba sin hablar, mirando como salían por la puerta de cristales, todos esos chuflas que dicen representar, a quien no necesita que lo representen conserjes. Lloraba como tantos lloramos calladamente, sin lágrimas, por dentro. Lloraba y maldecía a quien solo puede ser Manolo, tras tanto don antes mentado. Entonces, me agarró la mano, quizá, buscando ser confortado por alguien hermanado en el padecimiento, y me dijo, solo una breve sentencia: Manquepierda.