martes, 22 de junio de 2010

Las bicicletas son para el verano

Se fueron Lejarreta, Alberto Fernández, Arroyo y Cabestany; Gorospe, Belda, Recio y el gran Perico Delgado. Se fueron, como antes lo hicieron Luis Ocaña, Julito Jiménez, Federico Martín Bahamontes y, remontándonos a la prehistoria de este deporte, Loroño y Berrendero. Se fueron, para dejarnos, al más grande, a un mocetón navarro de Villaba, Miguel Indurain, que nos trajo la gloria y que era tan generoso, que le regaló el primer Mundial en ruta, con los colores españoles, a Olano.
Entonces, los ciclistas hispanos, se dieron cuenta que ya no quedaban barreras por caer, que en el ADN de los nuestros, figuraban desde antiguo, los códigos genéticos de los colosos y se pusieron a ganar, con la continuidad que no habíamos tenido en las grandes pruebas del calendario. O sí y nosotros no lo sabíamos aún. Un día era Mauri, otro Chava Jiménez, otro el cántabro Oscar Freire... Sastre, Samuel Sánchez, Alejandro Valverde, Pereiro o Alberto Contador. Daba igual que corriéramos un Criterium, una Clásica como la Milan-San Remo, o la Flecha; o una prueba de una semana, como el Tour del Porvenir. Daba igual que fuera llana y se resolviese al sprint. Daba igual que hubiese que vestirse de héroe y escaparse en el pistoletazo de salida. Daba igual que hubiese montaña, viento, lluvia o nuestro querido sol.
Así, casi como quien no quiere la cosa, los nuestros ganaban: doce Tours, tres Giros y veintinueve Vueltas. Cinco Mundiales en la prueba en línea y los Oros Olímpicos de contrareloj y ruta. El record de la hora, ciento cuatro podiums más, en las verdaderas reinas del calendario, las tres grandes y otras trece preseas, de plata y bronce, en los Campeonatos universales.
Ganaban mientras nosotros aprendíamos. Ganaban para nuestra sorpresa. Ganaban como era costumbre aunque no nos lo habían dicho, y mira que nos lo repetía el llorado Canuto, que era quien ponía la senectud al pelotón, regalándonos sus conocimientos de la vida. Y, por eso, cuando se presenta el verano, como hizo ayer, treinta minutos después de la una, trayéndonos, con todo su rigor, los calores propios, el sofoco y las siestas para refugiarse a la sombra. Cuando en la sobremesa se paraliza una nación, recitando cimas en francés, para desesperación de las féminas de la casa, que se quedan sin ver los culebrones venezolanos que nos manda don Ex-propiese Chavez, a mi me da por pensar que, si llega el estío es, simplemente, para que mi compadre Pepe Montero, nuestro Manué Emilio, Happy, Sai, Josema, Carlitos Casado, Juanato con su despiste habitual y Javi Garrido, cuando se sienten en sus casas, se acuerden de los ratos tan intensos que, el White Westing House del Marengo, nos ha regalado, a cambio de un café, que no se lo daban ni a los presos de Guantánamo. Que si llega otro mes de Julio es, para que recontemos experiencias, recordemos las tertulias y nos veamos con veinte años menos. Que si gana otro español, que más da quien sea, donde los gabachos habitan, será porque, a fuerza de contar éxitos, nos estamos haciendo viejos. Tanto que, si miramos a nuestra vera, no somos capaces de encontrar a ese joven que no se creía que, un día no tan lejano, cuando lo de Indurain se acabase, iba a seguir el recital. Tanto que, ahora que ya ni nos vemos, no sabíamos que, lo otro que nos contaba Juan Antonio, lo de hacerse mayores, ser Padres de familia y tener responsabilidades, también nos iba a tocar vivirlo, como lo de las bicicletas, con la excitación propia de quien descubre que, esta carrera, es tan apasionante que no merece la pena esperar que llegue otro ciclo victorioso porque, con solo seguir pedaleando, ya has triunfado.