viernes, 6 de agosto de 2010

Toy story 3

Y, como me había quedado, con el amargo regusto de una elección equivocada de la cartelera, decidí, repetir paso por taquilla, apostando, esta vez, por una elección segura: Toy story 3. Porque, eso es lo que es, el filme de Pixar. Un valor que cotizará al alza, así pasen quince años que, precisamente, son los que habían transcurrido, desde la presentación de la primera película de esta trilogía, donde ninguna de las partes decepciona.
Se supone que esta es la secuela final. Quien sabe. Desde luego, todo apunta a que será, así, como terminará la historia de Andy, un zagal que ha crecido hasta el punto de marcharse a la Universidad que, como sabrán, y si no se lo cuenta un servidor, en Yankeelandia, supone el paso de la infancia a la vida adulta. Los que no se han hecho mayores son, el vaquero Woody, Buzz, el señor y la señora Patata o Barbie, por citar alguno de los personajes. Siguen igual. Igual de divertidos, igual de fieles e igual de encantados de pertenecer, a quien ya no juega con ellos pero tampoco puede prescindir de su presencia quizás, como reflejo de un tiempo que ya no volverá pero donde fue muy feliz. La trama va del difícil tránsito, de la inocencia de la niñez, a las responsabilidades de la madurez. De lo duro que es ir dejando atrás las cosas. De la crudeza de saber que no volverán los juegos infantiles. Se nos hacen hombres y mujeres todos los personajes, hasta los que están hechos de plástico. Memorable, la secuencia final. De lágrima incontenible.
No les puedo contar más. No estoy aquí para destripar finales. Corran a verla y dejen que el niño que llevan dentro, salga a tomar el fresco. No se van a arrepentir. Palabra de cateto de Castilleja de la Cuesta.