domingo, 26 de septiembre de 2010

Come, reza, ama

Esto que voy a hacer aquí, es lo mismo que hacen una multitud de críticos: la crónica de la película sin verla. Para ello, me dejaré llevar por idéntico egocentrismo. Pensaré que nadie en el mundo, sabe más de cine que el menda, hoy, un periodista especializado. Ni público, que a fin de cuentas, es el único indicador fiable del éxito de un filme. Ni opiniones de otros actores. Ni impresiones de otros directores. Ni jurados de premios varios. Nadie sabe más, que el experto que vive de la crítica. Nadie tiene más legitimidad para dar su veredicto. Por eso, creo que, desde Lo que el viento se llevó -según estos señores- no se ha vuelto a hacer algo, que haya hecho medio aconsejable ir a las salas. Así que, no se de que han vivido, todos estos años, los exhibidores. Lo mismo, ha sido de vender refrescos y palomitas.
Porque, la leña que le han dado a lo último de Julia Roberts y de Bardem, ha sido, sencillamente, para que, cualquiera que haya escuchado en radio sus apreciaciones o, leído en prensa, sus escritos, decidiese no ver esta historia que, me reitero, aún no he visto y de la que estoy hablándoles, por la cara. Pero bien, he ahí la diferencia. Pues, a diferencia de vende burras enfadados, no busco, cuando gasto mi dinero en ir a este espectáculo, otra cosa que me entretengan. Y, en ese punto, la novia de América, es un valor seguro.
Así que, mi consejo, al contrario que el de los expertos, es asistir a ver lo que les apetezca, cuando les plazca, sin prejuicios, con la única pretensión de participar en un acto cultural y pasar un rato agradable. Que es lo que voy a hacer esta tarde, pasándome, por la entrepierna, las intolerables patrañas, de quienes viven del trabajo de los demás. Y, si dos ganadores de Oscar, están de pena, mala suerte. Todos los días no se está igual de acertado en el trabajo. Pero, películas checas, dirigidas por norcoreano, producidas por griego y que no entiende ni la misma madre que los parió, pero que, a estos vainas, les parecen geniales: No, gracias. Por mucho que os las deis de geniales incomprendidos. A mi, como al resto del planeta, lo que me gusta es lo de toda la vida. El happy end, con beso de tornillo y la lágrima facilona. Que le voy a hacer, soy un burro, pero, las orejeras, me las quito cuando quiero y no, cuando a ustedes les de la gana. Es lo que hay, majos.