miércoles, 13 de octubre de 2010

El orgullo de Chile

Resulta conmovedor, ver salir a los mineros, del pozo en el que estaban sepultados. Es, uno de esos momentos, en los que vuelves a tener fe en el hombre. Treinta y tres personas que se quedan atrapadas en el fondo de una mina. Treinta y tres seres aguantando en la profundidad de una sima. Sin luz del Sol. Con aire escaso. Racionando víveres y agua. Soportando estoicamente. Sin saber, si van a poder abrazar, si quiera una vez más, a sus seres queridos. Tratando de encontrar fuerzas y de no perder la cabeza. Luego, la fortuna, la casualidad, determina que no es su hora aún. Vuelve la esperanza. Se activa un país entero, buscando la solución para que salgan a la superficie sus paisanos. Cueste lo que cueste, porque nada es más valioso que una vida. Llega el hoy. La pesadilla termina. Triunfo.
Todo eso, nos han mostrado, en cada uno de los interminables días de espera, los chilenos con su Gobierno a la cabeza. Que el todo trabaja para la unidad. Que el esfuerzo debe emplearse en mejorar la vida del ciudadano (en este caso, en salvarla). Eso, en un país de Sudamérica, olvidado, por estar a la sombra de Argentina, de Uruguay, de Brasil y, que está dando un ejemplo de desarrollo al mundo entero.
Luego, comparas este drama, con el de una ordinaria barrio bajera, que parece ser, ha nacido para ser cornuda y, observas la infinidad de tiempo, que ocupa lo intrascendente, en televisión. El poquísimo interés que tiene lo importante. Vuelves a mirar a Chile, donde ha triunfado el verdadero amor, el amor por el prójimo. Y sientes una mezcla de orgullo, de rabia, de envidia. Orgullo de una nación, de lo que ha movilizado para salvar, de la muerte, a simples mineros. Rabia, por no tener como amigos, a estos españoles del otro lado del charco y sí, al patea-entrepiernas que se ha presentado allí, a figurar. Envidia de esa unión, en torno a una bandera que se ve por todos lados, mirando altiva y contenta, de no ser un simple trapo ondeando al viento, manoseado por todos, denostado por muchos.
Y entonces, te hierve la sangre. Te indignas.
Y le pides a Dios, que se vayan mucho al carajo, todos estos come ollas, que se hacen llamar políticos, que solo son unos mierdas, viviendo de todos nosotros, incapaces de arreglar el más mínimo problema y satisfechos de no hacer nada.