miércoles, 24 de noviembre de 2010

Mi colaboración para Calle Real

LA FOTOGRAFÍA

Noviembre es un mes triste, nostálgico y muy duro, cuando empiezas a peinar canas. Aunque el recuerdo de los que ya no te acompañan, no te abandona durante toda tu vida, la realidad es que, hay instantes, en que se hace más presente la falta del ser querido. Este periodo del año, popularmente conocido como el de los difuntos, es un ejemplo de esto. En estas fechas, hace un año que se fue con Ellas y con Él, mi abuela, una chorreona que, muy a su pesar, se sumó al eterno Domingo de Resurrección que, a diario, se vive en esa Gloria, que es tan celeste como nuestra Castilleja de la Cuesta en la Madrugá.
Carmelita Navarro, que así se llamaba, en lo material dejó poco pero, en lo emocional, legó una cascada de cariño a su Inmaculada Concepción, a su Virgen de los Dolores y, a su Jesús del Gran Poder, que, en gran medida, ha pasado a sus familiares. Les he dicho, que no fue grande la herencia pero, de las pocas cosas que dejó, guardamos como una joya, en su casa de la Plaza de Santiago, una fotografía que tiene el privilegio de haber permanecido, siempre, en ese hogar partido por un arco. En ella, una orgullosa señora, agarra de la mano a un mocoso, delante del altar mas, aunque el primer plano lo ocupemos ambos, quien, realmente preside, es la soberbia imagen, que corona todos y cada uno de los pensamientos de los que son azules.
Estoy seguro que, en muchísimas paredes, están colocados testimonios gráficos de momentos parecidos, en la vida de personas que, desgraciadamente, no vemos a diario aunque sintamos su presencia. No necesariamente han tenido que fallecer. Muchos, solamente, han partido a lugares que les han hecho dejar aparcadas sus costumbres, aunque no olvidarlas. Son devotos que viven exiliados por amor, por trabajo o por gusto pero que, cuando se van acercando los momentos más solemnes, sienten como les hierve la sangre en las venas y como, sus pensamientos, se dirigen desbocados a ese cerro donde, entre una Casa Palacio y una Iglesia, nació una Hermandad, para meter un mismo sentimiento en los corazones de un pueblo.
Y, a mi personalmente, me da rabia que, todo ese caudal de amor que nos hace estar, aunque no estemos; que nos hace ver, aunque no tengamos delante lo que miramos; que nos hace más humanos, se pierda el resto del tiempo y por eso, aconsejo que, como hago yo, miren su foto, la inimitable, la genuina. Y piensen en todos los que no están, aunque nunca se vayan a ir. Y en como les gustaría que pusiésemos esa vela en el templo, que rezásemos ese Padrenuestro por ellos, que no nos desviásemos de la senda que pisamos por vez primera, agarrados de su brazo.
Porque pocas cosas hay más bellas, que vivir la cercana Pureza en fraternidad, con los que aún no se fueron, con los que nada saben y tenemos que enseñar, con los que ya no estarán más, con todos y cada uno de nuestros Hermanos en Dios. Porque el reloj, corre inexorable hacia delante y nunca sabemos que es lo siguiente que va a pasar. Porque, lo mismo, mañana, los que estemos colgados en la pared seamos nosotros y, aunque ahora lo dudemos, también miraremos y, como me acaba de pasar ahora que me he fijado bien, sonreiremos satisfechos, como sonríe mi abuela, viendo el tesoro que derramó sobre su familia: el tesoro de ser de la Calle Real.