miércoles, 1 de diciembre de 2010

No seamos como los koalas

Les voy a sugerir una lectura que no les resultará difícil obtener. No tienen que ir a ninguna librería. No tienen que comprar ningún ejemplar. Busquen en google un artículo, del día veintiocho de septiembre del dos mil ocho. Lo escribió un periodista de El País, diario que a más de uno sorprenderá saber que leo. Cosas que tiene no dejarse comer el tarro fácilmente. El texto se puede encontrar tecleando "El ejemplo del koala."
Pero, como uno es muy buena persona y, puede pensar que, lo mismo, se encuentran cansados, no tienen ganas o simplemente, no les apetece ni hacerse con el, ni entretenerse en su tiempo libre en estos jueguecitos, les hago, con sumo gusto, un resumen de la idea.
Enric Gonzalez -que así se llama el autor- nos habla del koala, un marsupial arbóreo y herbívoro. El koala era un mamífero que, antes del enfriamiento del clima, que dio lugar a la sustitución de la selva por los eucaliptales, allá en la lejana Australia, era de los más avanzados. Al contrario que otros compañeros de hábitat, el bicho ni se extinguió, ni se mudó. Optó por lo más cómodo, se adaptó y, básicamente, lo hizo a la alimentación. Así, pasó a comer hojas de eucalipto. Parece ser que, las citadas hojitas, son, fundamentalmente, incomibles. Por eso, este curioso animalito, no tuvo más remedio que, en el último paso conocido de su evolución, desarrollar un microbio estomacal que le facilita su pesada digestión.
No se vayan que, ahora, viene lo bueno. La bacteria, no es propia de su organismo y, por tanto, no la traen de nacimiento. ¿Como la consiguen? Simple. Las crías, pasan un período que va, de los seis meses al año, acurrucados junto al ano materno, comiendo los excrementos que vienen enriquecidos de su particular digestivo.
¿Encantador proceso, verdad? Aún hay más.
Gracias a su dieta, pobre en elementos nutritivos, el koala, cuyo peso oscila entre los cinco y doce kilos, ha visto como su cerebro se va reduciendo, hasta suponer el 0,2 % de su masa corpórea. Usando como referencia nuestro propio cuerpo, podemos decir que, nuestro coco, pesa un kilo cuatrocientos, más o menos. De haber seguido su evolución, serían unos cien gramos. Llegados aquí, he de decir que, en el caso de la mami que asesinó a su hijo y, lo troceó en pequeñas partes, para que cupiesen en una maleta que enterró o, en el del gilipuertas que se hartó de beber este fin de semana, montándose luego en su coche y atropellando mortalmente a una pobre chica de Olivares o, en el de tantos y tantos mal nacidos, cabría pensar que, finalmente, lo que comen, ha determinado una pigmeización de su parte pensante. Esta, es una hipótesis que me permiten formule en voz alta.
¿Qué les quiero decir con esto?
Me explico. Haciendo un símil, podría decirse que, nuestra querida Castilleja de la Cuesta, era una selva, en la edad oscura, hasta que llegó el cambio climático, o sea, la Democracia. Muchísimos de los espécimenes, a Dios gracias, desaparecieron de la vida pública. Aparecieron sustitutos para estos. Los demás, se adaptaron para sobrevivir.
De entre estos últimos, algunos, parece ser, se han atiborrado de mierda y ya no tienen capacidad para pensar. Su estómago, está agradecido a sus papis, por haberlos enseñado a comer de su culo y, pretenden, que los demás hagamos lo mismo. Nada puedo hacer, por los que quieran comer, de la ideología que nos están poniendo en la mesa.
Me dirijo a usted, que acaba de llegar a este bosque. O, a usted, que no termina de adaptarse al menú que le ofrecen, pese a llevar toda su vida. O, incluso a usted, al que acaban de decirle que no le van a dar, ni lo que sale de su trasero. O, finalmente, a usted, que no tiene más cojones que comer de ahí pero que, no quiere que sus hijos lo hagan.
Está en su mano no seguir así, créaselo. Solo tiene que decirse a sí mismo:
No soy un koala.
Yo lo hice y no me he muerto, como ven.