domingo, 19 de diciembre de 2010

El último bailarín de Mao

El cine, de todas las opciones de ocio, es la más recomendable porque, en el cien por cien de las veces, auna diversión y conocimiento. Por eso me reconozco cinéfilo. No solo por el hecho de que es una manifestación cultural económica. Si no por la facilidad con que se accede a ella, lo cómoda que es y lo que entretiene.
Normalmente, suelo ir a las salas un par de veces mensuales. Ha tocado hoy. La elección me ha venido impuesta por una amiga de mi mujer. A ella, pues, he de dar gracias de haber visionado El último bailarín de Mao.
En esta película, se hace un recorrido por la vida de Li Cuxin. Bruce Beresford, su director, nos ofrece un producto que emociona e incita a la sonrisa, a partes iguales. Rodada en China, USA y Australia, resulta enriquecedor, comprobar las dificultades que atraviesa, este oriental, desde sus inicios en una escuela rural del interior de su país, hasta que logra triunfar en América. Nos muestra lo que significa desarraigo, sufrimiento, lucha, tesón, constancia. Nos hace partícipes de los esfuerzos ímprobos de un muchacho que, a base de sacrificio, logra hacerse un nombre en su campo, el ballet clásico.
Pero, por encima de todas estas cuestiones, brilla una que es primordial en la existencia. El compromiso con uno mismo aunque las renuncias sean tan grandes. Li Cuxin pasó más de cinco años sin tener ningún tipo de contacto con su familia. En ese tiempo, fue un apátrida y sintió como se las gasta la dictadura comunista que sufren en su nación. Convendría no olvidarlo porque, cuando hablamos de totalitarismos, caemos, frecuentemente, en la frivolidad de dulcificar los regímenes de Cuba, de Corea del Norte y, sobre todos, de China.
Recomiendo esta cinta que no sobrepasa las dos horas y que, es apta para todos los públicos.