sábado, 25 de diciembre de 2010

Un belén en abril

La cara de Manolo lo decía todo. No quedaban ni un par de horas de guardia cuando, sobre las seis de la mañana, avisó desde el umbral de la puerta del dormitorio, el coordinador. Había una incidencia en Utrera. En las literas, solo estábamos los cuatro de la móvil dos. No había sido un día fácil, ni mucho menos y mira que, hasta el almuerzo, el relax presidía la jornada. Fue, justo en el postre, cuando sonó el teléfono de la médica. Era un traslado. Huelva-Cádiz, Juan Ramón Jiménez-Hospital Puerta del Mar. Cuatro horas, por la cuenta de la vieja.
El problema vino cuando, sobre las cinco de la tarde, mientras retornábamos por la autopista, volvió a sonar el cacharro pidiendo presencia en Morón, en una intoxicación alimentaria. Así, entre un asunto y otro, solo se había parado para cenar, a deshoras, en el comedor de la Maternidad de Virgen del Rocío y, el cuentakilómetros, estaba cerca de los mil, a la hora de ir a descabezar, un sueño que estaba claro, había sido corto.
No cabía la queja. En SAMU, las cosas son así. Unas veces es plácido y otras, un no parar. Unas veces, se sale lo imprescindible y otras, se vive en la carretera. Los ángeles de la Salud, no entienden de horas. El material, siempre tiene que estar en estado de revista. El personal, dispuesto.
El tema era que, allí íbamos cuatro sanitarios al rescate. Carretera de Utrera para arriba. Luces y sirena encendidas. A una chica, no le había dado lugar de llegar al CHARE y, muy cerquita, en una acera, había traído a su crío al mundo. Un buen hombre que pasaba por allí, dio el aviso e, inmediatamente, los de urgencias salieron y, con una camilla, la metieron dentro. El bebé era prematuro, la noche fría y la mamá, drogadicta. Peligrosa mezcla. Mejor nos los llevamos a Sevilla... y, en esas estábamos. Dos técnicos, una DUE y una facultativa colombiana. Ocho manos para que, ni a la mamá, ni al renacuajo, les faltasen calor, mimos y amorosos cuidados.
Manolo era padre tres veces. Los demás, tíos todo lo más. En su cansada cara, se dibujaron mil sonrisas de pasión, por un trabajo, que es duro pero que te recompensa, con la satisfacción de salvar vidas. Me pidió que mirase, por la ventana que separa el puesto de conducción y la cabina. Lo que vi, hizo que se me saltaran las lágrimas. Es el belén que quiero compartir con ustedes:
La madre tirada en la camilla, dormitaba con una sonrisa de oreja a oreja. La enfermera, vigilaba de cerca la cápsula, donde recibía calor un mocoso que, les juro por Dios, tenía los ojos más abiertos que he visto en mi vida. Entretanto, la doctora, ángel celestial que vino de América, tomaba la tensión a la parturienta. Me giré, miré al frente y, atónito, noté que, pese a que se había hecho de día, una estrella continuaba brillando en el cielo. Quise pensar que señalaba nuestro particular nacimiento, el de un Jesús cualquiera, que vino al mundo rodeado de paz y cariño. Entonces supe que, no tenía que ser veinticinco de Diciembre, para que hubiese un milagro.